Discurso por la primera graduación de Licenciatura en Humanidades de la Láurea Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela La Habana, 20 de octubre de 2018

Por: Yohana Beatriz Martínez Abreu

Yohana Beatriz
Yohana Beatriz

El 20 de octubre, Día de la Cultura Cubana, se celebró la ceremonia de graduación de los primeros diez licenciados en Humanidades, del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela, perteneciente al Arzobispado de La Habana. Por su importancia, publicamos el discurso de una de las egresadas, quien revela con sus palabras la esencia de esta “aún joven” opción de estudios (la Láurea).

Yohana Beatriz, graduada de Licenciatura en Humanidades
Yohana Beatriz, graduada de Licenciatura en Humanidades

Buena tarde tengan todos:

Dicen que una imagen vale más que mil palabras –creo que algunas valen más– pero ciertamente las palabras nos ofrecen una amalgama de significados y expresiones que intervienen en la comunicación. Así, mediante palabras, supe en el año 2013 de una nueva opción de estudio que para algunos sería un profundizar, para todos un comenzar. Llegó el día de los exámenes de ingreso. Leer el temario y no poder responder varios incisos, aun después de terminada una carrera universitaria, fue la confirmación primera de estar en el sitio adecuado, fue el primer deseo de aventura, fue la necesidad de empezar aun sin pensar en terminar.
Comenzó la inauguración, la primera, y entre tanta solemnidad pude atisbar una imagen común de mezcla de ansiedad con esperanza de quienes tenían la voz y de quienes, atentamente, teníamos la escucha. La lectio inauguralis de entonces, a cargo del profesor Baggio, me dejaba una pregunta implícita: “¿Cuál es mi verdad?”. Contesté en silencio: “el conocimiento”. Cinco años después no hallo una respuesta categórica, ya ni siquiera me preocupo en hallarla. Y no se trata de relativismo (uno de los primeros conceptos que re-aprehendí), sino de búsqueda, de diálogo, de vivir intensamente ese conocimiento aglutinante, de certezas que se vuelven incertidumbres, de dudas que se vuelven certezas…En un “conocer por conocer” no se sustentan ideas más nobles e imperecederas; no se sale de la vanidad intrínseca al hombre para vivir la experiencia de una auténtica humildad (también, por qué no, intrínseca al hombre); no se descubren las herramientas precisas para hacer de nuestra sociedad una Cuba más justa y libre.
Éramos aproximadamente sesenta y cuatro en la primera clase. La heterogeneidad ha sido la más indefinida definición de nuestro grupo. Cada uno se fue construyendo su propia Láurea, una Láurea personal, interior, que demandaba relación. Muchos de los estudiantes que no pudieron seguir hasta hoy también se llevaron su Láurea. De esta forma, la dimensión de la relacionalidad soportaba las diferencias en una convergencia fecunda de estudiantes y profesores, en una convergencia alrededor de las nociones de amistad y libertad. He aquí el punto unificador en el que confluyen las más diversas perspectivas.
Desde el propio nombre de nuestro Instituto, rebautizado coloquialmente como el Varela, se establece la concordancia entre espacio de libertad y deseo de libertad; desde la primera carta a Elpidio, hay una profunda reflexión sobre la libertad humana que debe sobrevivir a doctrinas e ideologías impulsadas por los impíos que destruyen la esperanza; desde la selección del nombre del destinatario ideal de las epístolas, Elpidio, se asocia las nociones de esperanza y libertad, a las que se alude en el siglo xix y que nos actualizara monseñor Carlos Manuel de Céspedes en memorable conferencia del 23 de noviembre de 2013, titulada “Legado del padre Félix Varela para la Cuba de hoy: las Cartas a Elpidio”, donde escuchamos lo siguiente:

“[Varela siempre llevó] a Cuba en su corazón y en su entendimiento […] pensando no solo en los Elpidios contemporáneos de él, sino también en nosotros, los Elpidios que hemos nacido y vivido después; diversos en muchas realidades, pero todos portadores de su antorcha y responsables de la misma tarea fundamental: Cuba. Porque no lo olvidemos: Cuba es la cuna que nos arropa y protege, pero es, simultáneamente, la tarea que nos llama y estimula sin cesar nuestra indoblegable nostalgia de futuridad de la Casa Cuba”.

Dicha actualización viene también del profesor padre Luciano, a quien coincidimos en reconocer como el primero que nos enseñó a pensar filosóficamente y del resto del claustro del Varela, comprometido con una educación cívica, patriótica, humanista. Las asignaturas se sucedían, unas más sorprendentes que otras, unas más abiertas que otras, unas más controvertidas que otras. Fue ineludible entonces buscar un modo para socializar tales controversias. Aparecen imágenes y palabras asociadas al boletín estudiantil Escal(er)a. Y así, la participación se volvió una costumbre, una riqueza, un asombro y una obsesión… pues la política va más allá de un discurso vacío, la filosofía es más que marxismo, la economía también puede ser social y solidaria, la teología está dirigida igualmente a los no creyentes, la historia y la cultura cubanas aún deben ser estudiadas en los documentos históricos y no solo en manuales facilistas y parcializados. Es por ello que quizás hoy la celebración del 150 aniversario del Himno Nacional tenga una connotación peculiar que trasciende las esquematizaciones de las visiones más ideologizadas.
Esto es, precisamente, el resultado de estar en un espacio idóneo de valientes para no pensar en censuras: valientes profesores, valientes estudiantes, valientes programas que no temían (ni temen) expresarse autén-ticamente en la confianza que se genera aun cuando sea esporádico y hasta ocasional el encuentro más allá de las aulas. Quizás por eso, cada lunes, miércoles y viernes, los quince minutos entre turnos de clase nunca alcancen.
Participación, libertad, búsqueda, certezas…, imáge-nes y palabras anunciaron el feliz encuentro con otra institución. Se trata del Centro de Investigaciones Sociales Avanzadas (CISAV) que llegó desde Querétaro con propuestas originales y sugerentes que complementaban (y complementan) armónicamente la iniciativa de la Láurea.
Tercer año fue decisivo: tesina, exámenes y la convicción de subir un peldaño más, bueno, dos, hasta quinto año. La investigación se volvió fundamental junto con la docencia y con la libertad de poder investigar.
Septiembre de 2015, el frente del edificio fue cambiando vertiginosamente a causa de la visita del Papa Francisco. Nuevas imágenes y palabras llenaban cada instante, dentro, fuera y más allá. Se escuchó un discurso sobre amistad social vs cultura del descarte, sobre soñar y vivir. Si la Láurea alguna vez fue un sueño, ahora es vida, y hoy el simbolismo de esta graduación, en la que cambiamos togas azules por negras, no solo se convierte en premio y compromiso, sino también en gratitud a quienes soñaron y hacen posible “este sitio en el que tan bien se está”: al cardenal Jaime, cuya voluntad y perseverancia por fundar esta escuela como un espacio armónico entre tradición, memoria, presente y esperanza espero sean premiadas con las tesis y títulos y con un infinito gracias, a nuestro rector padre Yosvany que tanto nos alienta a aplicar lo aprendido en el contexto cubano, al arzobispo Juan, cuyo regalo personalizado en Biblia tras la graduación de bachilleres nos sorprendiera sobremanera y, por supuesto, a nuestro profesor y amigo Jorge Suárez, tan cercano y solidario, sin él y sin Leidis muchos de nosotros no hubiésemos podido graduarnos hoy. Estas palabras también son un homenaje a su memoria y por eso permítanme dedicarle estos versos de Martí:

El musgo, la oropéndola, las flores
Que brotan de esta tierra, nunca fría,
Son besos, son suspiros, son amores:
Muertos que están amando todavía.2

El espíritu fundacional al que me refería está en la biblioteca (la mejor), en computación, en los grandes corredores y escaleras, en el juego de luces y sombras que nos despiden al anochecer. Aquí mismo he experimentado la agonía de no alcanzar el tiempo para terminar de repasar un contenido antes de un examen, pero también he tenido la sensación, estudiando, compartiendo y escuchando música, de ser inmensamente feliz.
El intercambio de ideas, opiniones, imágenes y palabras aumentó durante quinto año, tal vez porque no se conoce con certeza qué pasará después de la definitiva graduación y se sienta el inminente fin de un período para el que no se nos preparó conscientemente, para el que no quisimos prepararnos conscientemente, escudados en la versión de la Láurea como experimento. Si bien es cierto que la idea del experimento ha funcionado en ocasiones como justificación para los errores, pues la Láurea es una obra perfectible, resulta innegable sentir ese orgullo de ser los primeros, además, como dijese Ratzinger en Introducción al cristianismo…: “sólo el que se implica, experimenta. Porque sólo se pregunta cuando se participa en el experimento, y sólo al que pregunta se le responde”.3
Por eso, a la pregunta: ¿para qué te sirve el título de la Láurea? Prefiero responder con otra: ¿qué significado encierra el título de la Láurea? Uno de esos significados para mí es la profunda gratitud hacia ustedes, mis condiscípulos durante estos cinco años. Muchas felici-dades. Y también, a los profesores, a mi familia: mi mamá y mi mejor amiga, aquí presentes.
El servicio y el amor sabrán orientar nuestras respuestas y sabrán orientarnos cuando ya los lunes, miércoles y viernes dejen de ser una obligación presencial física. Se trata de la mezcla entre certeza e incertidumbre que aflora cuando para muchos de nosotros la Láurea ha sido de lo mejor que nos ha sucedido, pues nos ha colmado de esperanza, esperanza en la patria, estemos donde estemos, esperanza en las personas, esperanza en las imágenes y las palabras, esperanza en la Palabra.
¡Que el privilegio de un espacio y un tiempo de reflexión y libertad llegue a quienes están comenzando esta aventura con el asombro que da sentido a lo eterno! Estar aquí no es huir ni perseguir sino ser.
Muchas gracias. Ω

Notas
1 Monseñor Carlos Manuel de Céspedes: “Legado del Padre Félix Varela para la Cuba de hoy: las Cartas a Elpidio”, conferencia impartida por monseñor Carlos Manuel de Céspedes, vicario de la Arquidiócesis de La Habana e importante pensador cubano, en el Centro Cultural Padre Félix Varela, el 23 de noviembre de 2013, Espacio Laical núm. 4, La Habana, 2013, p. 4.
2 José Martí: “Sin amores”, en Poesía completa, edición crítica, La Habana, Letras Cubanas, 1993, t. II, p. 56.
3 Joseph Ratzinger: Introducción al cristianismo. Lecciones sobre el credo apostólico, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2005, p. 150.

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