Nuestro sino es el melodrama

Por: Daniel Céspedes

Los hijos soñolientos del abismo
Los hijos soñolientos del abismo

Al comenzar Geovannys Manso su novela Los hijos soñolientos del abismo (Editorial Letras Cubanas, 2016) con la certeza: “Hoy ha muerto mi padre”, el lector puede suponer que va a enfrentarse a un recorrido hacia atrás, donde las relaciones filiales, amén de estar mediadas por la añoranza, serán lo invariable. Si bien así ocurrirá, advertiremos también que las relaciones siempre fueron tensas entre el protagonista y su padre, entre el protagonista y su hermana hasta repercutir entre él y su exesposa.
La consanguinidad no fortalece afectos. No es suficiente saber de dónde se viene y quién queda en el camino. La convivencia solo es pasadera mientras no ponga en peligro los descuidos del amor propio. El egoísmo es muy notorio cuando experimentamos la muerte ajena o el retroceso personal. Si no lo estimulan, inquietud e indiferencia conspiran contra el personaje centro de Los hijos soñolientos del abismo. Ha motivado la reiteración de un adverbio de negación (cuatro veces ya en este aparte menciono el no) quien, sin nombrarse aún, insiste en un obsesivo para sí.
Por ser el protagonista un constante crítico de su padre y del propio contexto que lo rodea, notamos a un sujeto de una indiferencia aparente, pues pronto tiene anhelos: “Todo ser humano debería descubrir la libertad absoluta”. Su actitud será alarmante. Consistirá una y otra vez en confrontar lo utópico con lo irónico: “Cada día puede llegar a ser, si me lo propongo, una aventura inolvidable”. Binomio opuesto que recorrerá los impulsos y pensamientos de quien parece estar más pendiente de sus impares verrugas que de la muerte de su progenitor. A propósito, en “El largo preludio hacia la noche” hay tanto resumen argumentativo como revelación estética (“Pudiera narrarle una vida que cabría en una novela de difícil clasificación: a ratos densa, a ratos vana, a ratos lentificada por ciertas manías del lenguaje”) y ética (“nada como las utopías ajenas –presiento– para desenmascarar las nuestras”). Estética y ética están en entredicho. Es como si el autor preparara las páginas de los por qué hacia el capítulo segundo.

Geovannys Manso.
Geovannys Manso.

Pasado y muerte, memoria y soledad conforman una novela de sintaxis corta, donde lo fragmentado de las notas o del diario expandiera lo fragmentario de la existencia. “¿He sido verosímil hasta ahora?”, se pregunta el personaje narrador para luego responderse: “No es que pretenda que estas anotaciones se conviertan en una novela de culto. Ni siquiera que las nimiedades de mi vida se transformen en referentes estéticos para toda una generación”.
Se defiende el todo por muchos momentos reflexivos y connotaciones estéticas y filosóficas innegables. Para ello se erige un cuerpo escritural de reveladas dependencias genéricas. Justamente Manso anima una narración en la que el humor pacta con lo existencial. En un momento se lee: “Corrí y me alejé tanto, que luego no supe volver”; en otro: “Para tener enemigos hay que tener personalidad y eso es algo que nuestro padre nunca tuvo”. ¿Negación de la paternidad? ¿Saldo de cuanto dejó? ¿Quién fue en realidad ese que no pudo escogerse? En el posterior apartado (“Breve Cuadernos de los por qué”) pretende explicarse –hablando de él mismo en tercer persona–: “¿Por qué tu padre te confunde con una larva, un coleóptero, un experimento fallido, un maleficio?”.
¿Conviene clasificar esta novela? No, por ahora conviene leerla, aunque uno advierta enseguida que el personaje existencialista de Los hijos soñolientos del abismo no es de enormes pretensiones. Sin embargo, al irnos dando más de aquel, Geovannys Manso nos entrega a un ser que, a pesar de sus miserias humanas, alcanza a examinarse hasta su final. Aun así, la utopía no quiere ni puede superar lo irónico –casi escribo histórico. Ω

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*