Conciencia de clase

Por: Jorge Fernández Era

Transporte en Cuba

–Pírate tú, yo me quedo.
Era su socio y habían fraguado una salida ilegal. En la terminal donde trabajaba resolvió el chasis de un viejo Volga dado de baja, al que su amigo, con mucha paciencia y no poco trabajo, logró convertir en una flamante lancha con motor de turbina fuera de borda y una estabilidad en el agua fuera de todo cálculo. Pero las cosas son como son y no como uno las sueña.
Dos meses atrás iba manejando su P6 Calzada de Diez de Octubre cuesta arriba, y por entretenerse con la muchacha que recogía a diario en el Mercado Único, no vio a tiempo el bache y metió el frenazo que metió. La gritería fue lo de menos: lo de más fue el chupa-chupa del puñetero chiquillo que reposaba en las piernas de su mamá en uno de los asientos de embarazadas. Y no es que se cayera el caramelo, seguro su madre lo hubiera obligado a recogerlo del piso, sino hacia dónde lo hizo: esófago cuesta abajo para estrellarse en pleno estómago infantil.
El bebé salvó la vida gracias a la operación que le practicaron unos estudiantes de tercer año de medicina en una sala de urgencias, y él se salvó de ser juzgado e ir a prisión porque el Código Penal cubano no dice nada sobre ingestión forzosa de chambelonas y otros adminículos.
La decisión del Consejo Disciplinario realizado ejemplarmente con la participación de sus compañeros de la terminal de metrobuses fue aplicarle una medida de corte educativo: realizar una investigación sobre las condiciones de trabajo infrahumanas en que laboraban en la primera mitad del siglo xx los trabajadores del transporte, y la posterior elaboración de una ponencia que tendría que presentar en el Fórum Nacional de Historia del Movimiento Obrero de su sindicato. Nunca anheló con tanta vehemencia pasarse una temporada en prisión, pero debía cumplir con el castigo: la certificación de antecedentes penales ensuciada por un delito no convenía a sus planes de navegación rumbo norte.
Una bibliotecaria le sugirió que leyera Tranvías en La Habana, un volumen donde se exponía el surgimiento, desarrollo y desaparición de ese medio de transporte en la capital de la República. En el capítulo “El reglamento disciplinario” encontró lo que buscaba. Allí se exponía en más de una docena de páginas las obligaciones y los deberes impuestos por los directivos de la compañía norteamericana The Havana Electric Railway Light Company a los trabajadores del sector. Para él fue el gran descubrimiento.
Un vecino suyo que trabajaba como subdirector de una editorial del Instituto Cubano del Libro lo ayudó a organizar las ideas y darles feliz término. El resultado fue la selección de algunos puntos de dicho reglamento disciplinario y su respectivo comentario de cada uno de ellos:

“Cuando los conductores y motoristas por primera vez en el mes dejen de asistir sin permiso previo de su despedidor, serán suspendidos por tres días. Una segunda falta en el curso del mismo mes será castigada con suspensión de cinco días. Al faltar el empleado por tercera vez en el mismo mes será penado con nueva suspensión o multa o ambas cosas o separación de la compañía”.

(En mi terminal de metrobuses falté cinco días el mes pasado a causa de los carnavales. Mi expediente está intacto. Los trescientos pesos que entregué al director no constituyeron multa: fue un gesto altruista de mi parte para que también él disfrutara de los susodichos).

“Serán siempre atentos y finos con el pueblo y recibirán y trasmitirán a la administración cualquier queja que se les haga. Contestarán las preguntas respecto a disposiciones, itinerarios, direcciones y puntos de importancia. Estarán atentos a las señales que les hagan los pasajeros y ayudarán a las personas de edad a subir a los carros y bajar de ellos. Serán estrictamente respetuosos, sobre todo con las señoras”.

(Con el público nunca quedas bien. Hay que imponerles respeto, porque si no son ellos los que te ponen el pie encima o lo colocan en el estribo para viajar colgados, no importa si son señoras o personas de edad avanzada).

“Los conductores y motoristas no comerán, fumarán o harán acto alguno que tienda a distraerlos mientras estén en el carro”.

(Abusivo. Eso es explotación del hombre por el hambre. No saben lo que es dar un viaje sin un cigarro en una mano y un pan con perro caliente en la otra, o sin oír por una oreja, a puro decibel, el último disco del Chacal, impidiendo que te entren por la otra los improperios de los pasajeros).

“No se hablará con otros empleados de un carro a otro, excepto en casos estrictamente indispensables. Por ninguna razón deben ir más de dos empleados en un mismo carro desde las seis de la mañana hasta las doce de la noche”.

(Vaya forma de desalentar la camaradería. No hay acto de más sublime relación humana que el parar dos ómnibus en medio de la calle para intercambiar saludos y experiencias, sobre todo cuando coincidimos una docena de compañeros de trabajo en el mismo viaje).

“No admitirán animales de ninguna clase en la parte interior del carro ni que se lleven paquetes que tengan mal olor o puedan estorbar en el mismo”.

(En mi P6 han viajado racimos de plátanos burros cargados por tipos ídem, sacos con gallinas, jaulas con conejos, y hasta puercos en Nochebuena que son un paquete por su mal olor. Y no ha habido pasajero que se queje, como no me quejo yo, que cobro bien por el favor de permitirlo).

“El conductor se cerciorará a la salida de que el carro esté limpio. Será responsable de cualquier deterioro que le ocurra en el tiempo que esté a su cargo, aunque este se descubra después de estar devuelto en la estación”.

(La hediondez que la limpien los que echan basura, vomitan y orinan el ómnibus. En cuanto al deterioro, lo más que he podido hacer es clausurarle una hoja a cada puerta, quitar la mayoría de las lámparas y los martillitos de romper los cristales y transportarlos todos para mi casa: así evito que los viajeros se los lleven a las suyas).

“Detendrá su carro completamente para hacer bajar o subir a los pasajeros tan solo en los puntos recomendados como paradas. No permitirá que su carro pase ninguna de estas sin tomar las personas que se hallen aguardándolo ni recogerá personas en aquellos puntos que no estén determinados”.

(Los que elaboraron ese reglamento no han visto la Calzada de Diez de Octubre a las ocho de la mañana. Si por allí circularan aún tranvías eléctricos, percibirían racimos de personas colgando de los cables sin importarles la corriente de 220 voltios, oleadas de gente cayéndole atrás a la mole de hierro sin temor a caer bajo sus ruedas de acero… y conductores pisando el acelerador, protegiéndolos de una muerte segura).

En las conclusiones de la ponencia, para apuntalar las críticas a un reglamento que no hacía sino demostrar que los choferes de aquella época eran simples peones de sus amos, agregó un dato demoledor: los tranviarios cobraban 4.72 pesos diarios, 113.28 de salario mensual para 24 días laborables (no se explicaba cómo podían, al término de su jornada laboral, dispararse en el Mercado Único “una sopa china y un arroz frito para levantar”, como sospechosamente citaba el libro). Hoy los conductores, amparados por una política de empleo que los prioriza por encima de médicos, licenciados e ingenieros, poseen un salario de casi mil pesos mensuales, que no incluye la autopropina ni el cobro de cinco pesos por recoger fuera de parada.
En el penúltimo párrafo citó las numerosas huelgas convocadas en la primera mitad del siglo pasado por los obreros del transporte para protestar por las difíciles condiciones de trabajo –cualquiera haría lo mismo, pensó mientras releía el reglamento–. Para rematar, planteó que The Havana Electric Railway Light Company u otros consorcios parecidos son los mismos que en la actualidad imponen a los sufridos choferes norteamericanos ordenanzas como la objeto de estudio. “Nada más lejano al clima de libertad y plenos derechos de que gozamos hoy los adscritos a la Empresa de Ómnibus Urbanos de La Habana”, concluyó.

–¿Cuál es tu bolá, asere? ¿A qué viene la rajadera de última hora?
–Es que estoy adquiriendo conciencia de clase. Ω

5 Comments

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