¿Truco o trato?

Por: Antonio López Sánchez

Mientras se estrenó noviembre, un debate recorrió algunos sitios de las redes sociales e involucró diversos criterios. Justo el último día de octubre hubo cubanos (allá, pero sobre todo aquí) que se disfrazaron, o al menos se maquillaron, para celebrar la fiesta de Halloween con sus familias, hijos y amigos. De inmediato, emergieron voces airadas que se levantaron en contra de tal celebración y hubo por igual, menos airadas y más racionales en general, unas cuantas reflexiones. El argumento desde el cual parten las críticas, se basa en que Halloween es una fiesta que nada tiene que ver con nuestras tradiciones. Por ende, tales festejos, frutos de la globalización, no son más que una penetración cultural imperialista y consumista.

Vamos primero a lo primero. La útil Wikipedia nos revela que Halloween existe desde mucho antes de que el imperialismo yanqui tirara su primera piedra. Le ahorramos la búsqueda, para que siga leyendo, y le contamos que el registro de la palabra originaria, Allhallow-even, es utilizada originalmente como tal en el siglo xvi. La palabra Hallow-e’en, se usa desde 1745. Consigna también la enciclopedia virtual que el “Halloween (contracción de All Hallows’ Eve, ‘Víspera de Todos los Santos’), también conocido como Noche de Brujas o Día de Brujas, es una fiesta moderna resultado del sincretismo originado por la cristianización de las fiestas del fin de verano de origen celta”.

Dicha mezcla entre jolgorios celtas (el Samhain, fiesta de los espíritus por la transición al año nuevo al acabar las cosechas) y la celebración cristiana del Día de todos los Santos (celebrada por las Iglesias católicas y ortodoxas), recibió, además, otros ingredientes por el camino. A los Estados Unidos la tradición llegó a través de los inmigrantes irlandeses, más o menos en la primera mitad del siglo xix. Más generalizada, se empezó a celebrar en la nación norteña alrededor de las primeras décadas del siglo xx. En algunos lugares de Latinoamérica, en especial en México, hay fiestas semejantes, muchas de ellas con orígenes precolombinos, que se fusionaron o transformaron al paso del tiempo.

En Cuba, cierto es, tal festejo no tuvo nunca arraigo o algún equivalente propio parecido. De hecho, como hemos consultado, ninguna persona mayor recuerda festejar Halloween antes de 1959. Hasta aquí, es totalmente constatable que la celebración norteña nunca prendió en la Isla. Estamos de acuerdo también en que los medios, en seriales, películas y novelas, han influido bastante en expandir la fecha y propiciar imitaciones globales más o menos felices. Ahora bien, antes de la crítica, hay una pregunta importante que debemos hacer. ¿Por qué unas cuantas familias, amigos, personas comunes y corrientes, deciden celebrar una fiesta como esta, ajena, importada? ¿Todos son vehículos del enemigo y están culturalmente penetrados por el imperio?

Para responder la interrogante habría que acudir a nuestras tradiciones nacionales, a los motivos propios de festejo. Cualquier enumeración, salvo las locales parrandas de Remedios o de Bejucal y alguna que otra fiesta provincial o municipal, no dará excesivos resultados. Desaparecieron las bromas del Día de los Inocentes. Las antiguas celebraciones colectivas como la elección de las Reinas de belleza, de televisión, del carnaval o de lo que fueran, han sido suprimidas en mayoría, al ser con justicia criticadas por las organizaciones feministas cubanas, dado el carácter sexista enfocado solo a resaltar la belleza física femenina. Pero no se generó ninguna otra, con nuevos valores y atractivos, más inclusivas, para sustituirlas. Los carnavales, provinciales o capitalinos, ya no traen consigo, como antes, los tradicionales paseos o desfiles con antifaces y máscaras. Por otro lado, las fiestas de disfraces andan en manos privadas o en aquellas que pueden permitirse pagarlas, pues las instituciones estatales que alquilaban estos ropajes se esfumaron.

Nuestras fechas patrias, más que celebrarse, se conmemoran. Ni los feriados del 26 de julio, Día de la Rebeldía Nacional, ni del 10 de octubre, Inicio de las Guerras de Independencia, traen motivos para el festejo y menos para maquillajes o caretas. El primero de mayo, Día Internacional de los Trabajadores, no es una fecha festiva autóctona y en nuestros años de vida no hemos visto nunca a nadie celebrar el 20 de mayo, efeméride de la instauración de la República en 1902. El primero de enero, aniversario del triunfo revolucionario y Día de la Liberación, es quizás el único calendario que concita a la celebración ya que coincide, además, con el Año Nuevo, pero muy raro se vería asociar la fecha con disfraces y máscaras de ultratumba. Los Días de la Mujer, Enamorados, Madres y Padres, tienen un carácter más familiar y propicio para la reunión íntima. Las Pascuas o Navidades, estas sí del todo hoy desvirtuadas y comerciales en buena parte del planeta, con sus pinos nevados, renos y papás noéles, ajenas a su original connotación religiosa y hasta geográfica, por años se silenciaron, camuflaron o ningunearon, aunque, desde hace un tiempo, viven una suerte de tímido revival en la Isla.

Visto así, no hay muchas oportunidades para que alguna familia ejerza su justo derecho de reunirse, disfrazarse y jugar un poco al más allá en un compartido festejo que recrea fantasías. Además, ¿qué daño hacen con esto? Sí habría que evitar la decepción de algunos pequeñuelos (y los padres sí deben intervenir y manejar esto) cuando su pedido de truco o trato (en inglés “trick-or-treat”) en busca de caramelos ante una puerta del vecino no reciba dulce alguno. La situación de nuestro país, innecesaria de explicar, hace improbable que muchas familias gasten sus ingresos en golosinas para regalar cuando primero deben asegurar el sustento.

Ahora bien, ¿tan débiles son nuestros credos y raíces que se van a venir abajo, penetrados por el imperialismo, porque unas cuantas familias y amigos se disfracen y celebren una fiesta importada? Si algo ha demostrado esta Isla, desde su cultura y su devenir histórico, es la capacidad de absorción y transformación de las influencias foráneas. Ese proceso de transculturación constante, de hecho, es justo el que resultó en nuestra identidad nacional, ese famoso ajiaco que somos, según dijo don Fernando Ortiz. ¿Qué connotación humanista, ideológica, política, se desacredita con que haya unos cuantos fiñes y adultos vestidos de zombis? ¿Tan rígido es nuestro proyecto social que ya no admite siquiera la diversión inocente? ¿Qué sociedad en favor de los seres humanos queremos construir si la alegría, aunque sea sobre fechas importadas, es vista con ojeriza y temor de asalto enemigo?

Hay más argumentos. Cuba, ajena a Halloween, sí tiene por otro lado una larga tradición mitológica y fantástica, como recordaba en un post de Facebook el escritor Maikel Rodríguez Calviño. Quizás la moderna vida urbana actual, y las pérdidas de tantas cosas que sufrimos, hayan borrado un poco estos hermosos mitos. Pero la gritona, el jinete sin cabeza, los güijes, los babujales, los cagüeiros, las casas embrujadas, las madres de agua, los aparecidos y tantos otros personajes nuestros (historiados por Samuel Feijóo, Gerardo Chávez, Manuel Rivero y otros investigadores), bien pueden sustentar un Jala el güin natural y cubanísimo.

Reúna a unos cuantos narradores orales, actores y escritores. Cambie los caramelos industriales por dulces cubanos, que bastantes hay en nuestros recetarios de las abuelas a hoy. Sobre todo, autorice unas cuantas inversiones criollas y a los cuentapropistas a usar sus dineros de impuesto directamente en sus comunidades y cuadras, bajo supervisión gubernamental o popular o pública, si así lo desea. Use el inicio y fin del verano, del curso escolar o cualquier otra fecha. Entonces, que haya disfraces nuestros, cuentos y leyendas terroríficas nuestras, dulces nuestros y motivos propios de celebración. Así se puede fundar una tradición.

Porque la primera razón para los disfrazados de Halloween es que no hemos sido capaces de ofrecer alternativas propias para que no se necesite importar fiestas ajenas. Es más, rescate el areíto, si quiere ser un dechado de autoctonía, y difunda más nuestras leyendas, músicas e historias. Pero que se ofrezcan vivas y en juego, sin didactismos ejemplarizantes, héroes inhumanos, inalcanzables de tan perfectos, ni moralinas disciplinarias que se deban seguir. Esa falta de alternativas (muchas veces no porque no las haya, sino porque se ignoran, empolvan o hasta escamotean bajo los “no se puede” o “no hay dinero”) la vemos hoy con la música, las aventuras, los seriales, el deporte y hasta la historia. Teniendo mucho y bueno que ofrecer o producir, se difunde (hasta se importa, aquí sí) y arraiga lo peor.

Por nuestras soleadas calles hay ortodoxos rusos, practicantes judíos y hasta personas con las vestimentas del Islam, burkas incluidas. Si podemos, sin sentirnos penetrados, respetar tales credos de la fe, muchos de ellos sí del todo importados y ajenos a los nuestros, ¿por qué no hacerlo con un inocente festejo? Demasiados límites hemos vivido, desde los geográficos inevitables hasta los muchos absurdos que se han impuesto en nuestra sociedad a lo largo de los años. Una celebración, foránea o no, no debería despertar los fantasmas de las rigideces y la subsiguiente y nunca eliminada tentación de las prohibiciones.

Una sociedad, por hierática y pétrea, no resulta ser mejor, ni más alta, ni más libre. Al contrario, la alegría, la comunión familiar, el derecho de festejar lo que nos venga en ganas siempre que no dañe y respete al prójimo, son valores que un proyecto en verdad humanista debiera impulsar y aplaudir. Jugar un rato a los muertos no es para nada un motivo de alarma o de debilidad. Más, si al final, cuando los espíritus visitantes se hayan ido, la energía festiva nos ayuda a enfrentar los problemas, esos sí propios y muy vivos, que sin falta llegarán al amanecer del día siguiente y sin ofrecernos trucos o tratos. Ω

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