Fidelidad e infidelidad

Por: Paulinos en Cuba

Paulinos en Cuba
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Fidelidad
Fidelidad

Después de cuatro años de vida conyugal feliz, Jorge y Carmen comenzaron a tratarse mal, primero con indiferencia recíproca, después con discusiones cada vez más violentas, que no cesaban ni siquiera cuando el hijo –un niño de dos años– se ponía a llorar asustado mientras ellos gritaban.
Soportaron una temporada más el infierno que ellos mismos fabricaron y al final tomaron resoluciones drásticas.
Yo, que hacía mucho que no los visitaba, un día me topé con Jorge y él me hizo una confidencia que no le había pedido.
–Ya no vivo con Carmen…
–¿Cómo así? –le pregunté–, parecían tan enamorados…
–Tú lo has dicho: “parecíamos”. Las cosas cambiaron radicalmente y yo dejé de creer en ella.
–Y ella –me atreví a preguntarle–, ¿creía en ti todavía?
–No sé ni me interesa.
Algunas semanas después, me enteré casualmente de que Jorge andaba con otra mujer antes de que empezaran las dificultades entre él y Carmen.
La fidelidad en el matrimonio no se reduce a vivir juntos; consiste en vivir como esposos, manteniendo vivo el amor que un día los movió a unir sus vidas para siempre.
Si se pensara más en ese “para siempre”, no se contraería matrimonio a la ligera, sino solo después de estar seguros de haber hecho una elección atinada y de estar bien preparados en todos los sentidos: físico, mental, emocional, económico, social, religioso…
Matrimonios al vapor son divorcios casi seguros.
Pero también fracasan aquellas uniones que no supieron purificar, alimentar y hacer crecer el amor que los atrajo.
No hay que confundir con amor lo que puede ser solamente pasión, emoción, encandilamiento. A muchos “enamorados” se les podría preguntar cuántas veces, en el pasado, experimentaron eso mismo y todo se desvaneció en breve como un fuego de paja.
No siempre la infidelidad conyugal depende de haberse equivocado en la elección de pareja. Con más frecuencia es resultado del descuido y la fragilidad. Los que quieren ser fieles en su matrimonio se esfuerzan por serlo día a día, en las pequeñas cosas y en las circunstancias especiales. Si se tiene fe en el amor hay que saber protegerlo, evitando cualquier detalle que pueda mancillarlo y cualquier actitud que pueda entibiarlo.

“Mi perro Yanko…”
Una maestra de escuela primaria, se esmeró en explicar a sus alumnos la virtud de la fidelidad y luego les preguntó si alguno quería poner un ejemplo. El primero que levantó la mano dijo: “Mi perro Yanko”. Otro gritó enseguida: “Mi perro Boby”; y –como por contagio– varios más siguieron diciendo: “Mi perro Sultán”, “Mi perro Campeón”, “Mi perro Brandy”, “Mi perrita Linda…”.
–Está bien, está bien… –interrumpió la maestra–, pero no pongan solo como ejemplo a sus perros…
–Entonces…, ¡mi abueli…! –se atrevio a decir uno de los niños–: desde que murió mi abuelo todos los días pone flores junto a su retrato.

Una virtud para todos
Todos hemos de practicar la fidelidad, no únicamente los esposos, que se prometieron amor para toda la vida. Ser fiel es ser cumplido; es ser coherente con la propia identidad; es ser constante en el bien; es ser observante de las reglas del propio grupo.
Los campos de aplicación de la fidelidad son muchísimos. Se puede ser fiel
a sí mismo;
a la palabra dada;
a las propias convicciones;
a la patria;
a los amigos;
a las buenas costumbres y tradiciones;
a los deberes del propio estado;
a la religión que se profesa…
Entre los libros más famosos en el mundo, muchos elogian la virtud de la fidelidad y la ilustran con episodios memorables. En el “libro de los libros”, la Biblia, la fidelidad aparece como un atributo de Dios y de los hombres más dignos de confianza; por el contrario, se reprueba y fustiga la infidelidad. Entre las parábolas de Jesucristo hallamos la de un amo que, antes de emprender un viaje, encomendó sus bienes a sus servidores. A su regreso los fue llamando uno por uno. El que había recibido en encomienda muchas riquezas, logró duplicarlas; en cambio, el que había recibido pocas, las escondió dejándolas improductivas. Ese mal servidor fue tratado como indigno y perezoso, mientras que al primero el amo lo calificó como honrado y cumplidor, y lo premió con la encomienda de bienes aún mayores. Así le habló su señor: “Puesto que has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de los asuntos más importantes” (Mt 25.21).

La fidelidad solo florece en buena tierra
La raíz profunda de la fidelidad es la fe que se tiene en una persona o en un valor determinado. La tierra fecunda en la que germina y florece es la nobleza de espíritu de la persona. Una persona no virtuosa, por lo general, no es sujeto de fidelidad: no muestra consistencia porque de hecho no la tiene, al carecer de convicciones o de energía moral para llevarlas a la práctica.
De un individuo vulgar y deshonesto, no puede esperarse que sea fiel a su palabra, a sus deberes, a su identidad. Puesto que no siente el compromiso y la grandeza de la fidelidad, le resulta fácil hacer promesas, aun a sabiendas de que no va a cumplirlas. Eso es detestable, tanto para los hombres como para Dios, el cual, en el Eclesiastés, pone en guardia contra esa ligereza: “Si le haces una promesa al Señor, no tardes en cumplirla, porque a él no le agradan los necios. El voto que hayas hecho, cúmplelo. Más te vale no hacer una promesa que hacerla y no cumplirla” (Ecl 5.3-4).
La persona fiel conquista la confianza de los demás y dondequiera es un agente de progreso e inspira seguridad. Cuando alguien quiere defenderse de una falsa acusación, recurre a testigos creíbles que hablen a su favor. “El testigo veraz –sentenció Salomón– es un refugio seguro, pero el que profiere mentiras no es más que un impostor” (Prov 14.25). Del mismo sabio es este otro proverbio: “El chismoso revela los secretos, mientras que el hombre fiel guarda la debida reserva” (Prov 11.13).
En muchas frases y dichos populares está recogida y se expresa la gran estima que merece la fidelidad: “Hay que ser fieles a la causa”, “Lo prometido es deuda”, “Cumplir es cuestión de honor”, “No es fiel el que cumple a veces, sino el que cumple siempre”, “Quien es fiel en lo poco, lo será también en lo mucho”, “Creo y te lo demuestro con los hechos”, “Al que es cumplido y fiel, todo le sabe a miel; al renegado e infiel todo se le hace hiel”. Ω

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