De la Biblia: Los evangelistas son teólogos del milagro

Por: diácono Orlando Fernández Guerra

milagros de Jesús

Cuando leemos los relatos de milagros en los cuatro evangelios, podemos percibir que existen notables diferencias entre ellos, tanto narrativas como de enfoque. Los autores sagrados han escogido de la tradición oral algunas enseñanzas de Jesús y las han sintetizado o desarrollado mirando, sobre todo, la situación de las Iglesias. Estas diferencias responden a una sola causa: la finalidad teológica de cada uno. Los evangelistas no fueron simples cronistas de la vida y doctrina de Cristo, sino teólogos que interpretaron esta vida y doctrina para ofrecer a las comunidades el fundamento de su fe y costumbres. De esta manera, no va contra la verdad de la narración el que cada uno refiera los dichos y hechos del Señor en orden diverso y no cronológico, mientras no pierdan su más profundo sentido. Sus propósitos eran que sus lectores conocieran el fundamento de cuanto habían aprendido (Lc 1, 4) y responder a las diversas condiciones y contextos de los fieles.
Sobre esto dice san Agustín: “Es bastante probable que los evangelistas se creyeran en el deber de contar, con el orden que Dios sugería a su memoria, las cosas que narraban, por lo menos en aquellas cosas en las que el orden, cualquiera que sea, no quita en nada a la verdad y autoridad evangélica. […] al recordar las cosas que habían de escribir, permitiría que cada uno dispusiera la narración a su modo y que cualquiera que con piadosa diligencia lo investigara lo pudiera descubrir con la ayuda divina”.
Los sinópticos nos muestran a un Jesús compasivo con la gente que cura y libera (Mc 1, 41; Mt 14, 14; 15, 32; Lc 5, 20) para evidenciar que en el Reino de Dios no habría ya afligidos ni hambrientos ni desfavorecidos. Para san Juan, en cambio, lo importante es revelar algún aspecto singular de la persona del Maestro. Todos los signos que Él realiza son anuncios de que Dios se ha hecho presente en el mundo a través de su persona. Por esta razón, solo narra siete signos realizados por Jesús: las bodas de Caná (Jn 2, 1-11); la curación del hijo de un funcionario real (Jn 4, 43-54); la curación del enfermo de la piscina de Betzatá (Jn 5, 1-18); la multiplicación de los panes (Jn 6, 1-15); la caminata sobre las aguas (Jn 6, 16-21); la curación del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-7) y la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-44). Recordemos que el número siete es una expresión de la perfección y la excelencia.
Para Juan los signos realizados por Jesús incluyen algún detalle extraordinario que revela que hacía “obras que ningún otro ha hecho” (Jn 15, 24). En las bodas de Caná, convierte en vino seiscientos litros de agua. En la curación del hijo del funcionario real, el enfermo estaba a treinta y cinco kilómetros de distancia. El paralítico de la piscina de Betzatá estaba enfermo hacía treinta y ocho años. El ciego a quien se devuelve la visión lo era desde su nacimiento. Lázaro llevaba cuatro días en el sepulcro cuando fue reanimado, etc. Otro elemento importante es que sus signos suelen ir acompañados de pequeños discursos que revelan quién es el que los ha realizado: Jesús es igual que el Padre (Jn 10, 30), trabaja en sábado (Jn 5, 16; 7, 23), es el pan de vida (Jn 6, 35, 48, 51), la luz del mundo (Jn 8, 12; 9, 5) y la resurrección y la vida (Jn 11, 25). Comparados con los sinópticos saltan inmediatamente sus diferencias.
Por otra parte, si nos preguntaran si Jesús dio poder a sus discípulos para hacer milagros, responderíamos afirmativamente, ya que los sinópticos testimonian a los apóstoles curando y resucitando (Lc 9, 1, 6; Mc 16, 17-18). Pero Juan afirma que solamente Jesús realiza estos signos. Nunca dice que los apóstoles los harán algún día, ya que sus signos son el vehículo a través del cual revela su ser divino e intimidad con el Padre. Juan llega a afirmar que ni siquiera Juan el Bautista realizó signos (Jn 10, 41). Por eso, al leer los relatos de milagros no debemos olvidar que cada evangelista los narró teniendo en cuenta su significado para la comunidad que los leía. Cada uno revela algún aspecto de la interioridad de Jesús y responde a la pregunta más trascendental de todo el evangelio: ¿Quién es Jesús?
San Juan, con su personal teología, nos va ofreciendo diversas respuestas a esta interrogante. Caifás y los fariseos se niegan a creer que sea el Mesías esperado y aconsejan matar a Jesús (Jn 11, 50). Nicodemo (Jn 3, 3-5), los hermanos de Jesús (Jn 7, 3-6), o la multitud (Jn 6, 26) vieron los signos, pero se quedan en ellos, no descubrieron al Mesías. El funcionario real (Jn 4, 53) o el ciego de nacimiento (Jn 9, 38) entienden el verdadero significado de los signos, creen en Jesús y saben quién es Él. Finalmente, están los que creen sin haber visto. Esta es la fe que Jesús alaba: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20, 29). Es la fe en los milagros que deberíamos tener nosotros. Ω

3 Comments

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