La familia López-Nussa en La Habana: del sueño a la realidad

Por: Mario Vizcaíno Serrat

La familia López-Nussa en La Habana
La familia López-Nussa en La Habana

La familia López-Nussa en La Habana Es La Familia. Porque se llaman así cuando se unen para tocar y porque son un orgullo de las familias cubanas. En el teatro Martí los López-Nussa deslumbraron al público con una maestría que conduce a la reverencia.

La presentación, también con el trompeta Maikel González y el bajista Julio César González, ambos de oro, dejó ver a un Harold en el piano y a un Ruy Adrián en la batería y el cajón incansables en lo que parece una decisión personal de ir siempre hacia adelante: el progreso en sus carreras es indiscutido. En una de las piezas, Ruy Adrián acompañó con el cajón a su hermano Harold y demostró ser uno de esos jóvenes que no sacian su sed musical hasta dominar todos los instrumentos que puedan. Como advierte Ernán en un dvd dedicado a ellos, gracias al piano que estudió Ruy Adrián, toca una batería genial, «o el cajón, el bongó o lo que le pongan en las manos».

De Ernán no hay tanto que decir más allá de lo mucho que se ha escrito en torno a su talento creativo tocando el piano y componiendo piezas como Figuraciones o Dinga, Dongo, Dunga, interpretadas la noche del sábado con su acostumbrada ejecución de brillo.

La familia López-Nussa en La HabanaEn cuanto a Ruy, hecho ya un decano de los bateristas cubanos, solo es posible seguir admirándolo desde la limpieza de su modo de tocar la batería, un estilo que sigue combinando con su pasión por la enseñanza, apoyado en un libro sobre ritmos cubanos en la percusión que escribió y que, por cierto, aún padece una espera larga para su publicación en Cuba.

El programa, similar al que interpretaron en Washington el año pasado durante el festival Artes de Cuba, fue tan variado como profesional y fresco, concebido con la sencillez del buen arte, que sabe vibrar sin alardes ni poses.

Como los cuatro López-Nussa componen, el programa estuvo marcado por piezas de cada uno de ellos, a las que agregaron del puertorriqueño Rafael Hernández y el estadounidense Wayne Shorter, de modo que de principio a fin el repertorio fue como de marcha de caballería.

Al concluir el recital, la euforia del público llegaba hasta el escenario, donde los López-Nussa, Maikel y Julio César González recogían la cosecha y se despedían, con lo cual daban la única señal de congoja: acaba el sueño, hay que volver a la realidad.

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