Cuba, la que llevo dentro

Por: Mons. Carlos Manuel de Céspedes

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes
Monseñor Carlos Manuel de Céspedes

Conferencia pronunciada en el Aula Fray Bartolomé de las Casas, perteneciente a la serie de El rumor del alma cubana. Convento San Juan de Letrán, 25 de noviembre de 2004.

Ya que nuestra conferencia ha sido incluída en una serie titulada El rumor del alma cubana, permítanme comenzar por una serie de breves metáforas o alegorías que toman como punto de referencia el reino vegetal, tan henchido de rumores de diversa especie, que los poetas suelen utilizar como imágenes que nos aproximan a la mejor comprensión del alma nacional. Me parece que quienes me conocen de cerca y hace tiempo, saben de sobra, cuál es la Cuba que llevo dentro, pero deben saber también que realidades de esa índole no se dejan expresar fácilmente y que, con frecuencia, no tenemos otra alternativa que la de las metáforas y las alegorías. En este caso se trata de algunas que he utilizado en más de una ocasión cuando me refiero a nuestra nación.
– Los árboles nacionales de Cuba son la palma real y la ceiba. La primera es sumamente erguida. Los huracanes la despeinan y llegan a arrancar sus hojas o “pencas” con relativa facilidad, pero casi nunca la quiebran. Sin embargo, si les cae un rayo, se secan irremisiblemente. La ceiba no es tan alta como la palma, pero es sumamente robusta. Los huracanes tampoco la quiebran, pero pudiere ocurrir, si el terreno se ha reblandecido por los aguaceros prolongados, que la tiren por completo, de raíz. Cuando le cae carcoma, el tronco es corroído en su interior, pero no se percibe la enfermedad hasta que ya resulta demasiado tarde: entonces se seca y se desmorona.
– La ciguaraya es un árbol hermoso y con muchas propiedades curativas. Lo que no cura su raíz, lo curan sus hojas, sus flores y sus frutos. Además, tiene la peculiaridad de ser sumamente flexible. Cuando los huracanes arrasan los bosques, quebrando los troncos de los árboles más robustos, las ciguarayas del lugar se doblan hasta el suelo, se recuestan sobre la tierra y, pasada la tormenta, se enderezan incólumes. A Cuba la llaman “el País de la ciguaraya”.
– El caimito, verde o morado, y la yagruma abundan en nuestros campos. En ambos árboles varía el color del anverso y del reverso de sus hojas. En Cuba, a los simuladores, a los hipócritas y también a los volubles, se les solía decir que son como hojas de caimito u hojas de yagruma.
– La masa carnosa del fruto del caimito tiene consistencia gelatinosa y, para algunos paladares, excesivamente dulce. Cuando el fruto está muy maduro, es casi una baba y llega a empalagar. En Cuba, a las personas excesivamente adulonas o exageradas en materia de demostración de afecto o simpatía, se les suele llamar babosos y empalagosos.
– El corcho es materia que viene también del reino vegetal. Cuando anda por aguas procelosas, desaparece bajo las olas; parecería que se hunde definitivamente. Pero no nos engañemos: tarde o temprano, el corcho siempre sale a flote, a no ser que se deshaga por la pudrición que le viene de las aguas. En la década de los años veinte, época de aguas procelosas en nuestra República, el historiador y tantas cosas más Ramiro Guerra llamó a Cuba “la Isla de corcho”. La expresión tuvo fortuna y la seguimos llamando así.
Con la referencia al corcho pongo fin a las metáforas y antes de comenzar mis breves anotaciones les adelanto que ésa es la Cuba entera que, irrenunciablemente, llevo dentro, la significada por ese conjunto de imágenes; la que es palma real y ceiba, ciguaraya y caimito y corcho flotante. Todo lo que estas alegorías pretenden significar está asumido por mí desde mi juventud. No reniego de ninguna de las dimensiones que conozco de mi Patria. Lo cual no quiere decir que las canonice a todas, sino que tomo a Cuba como es, como realidad limitada o incompleta, pero como realidad, no como sombra vagarosa sin consistencia. Y precisamente porque ha sido históricamente y porque es realidad incompleta, pero a la que descubro posibilidades, la asumo también como proyecto, como realidad perfectible en camino de mejores cotas de ser y de existir. Un proyecto o Utopía posible, están siempre por delante y nos llaman al más y al mejor, no al desmoronamiento.
Comienzo por la más elemental de las afirmaciones: la nación cubana existe. No es el lugar de discernir si Cuba fue inventada por aquellos criollos sabios de fines del siglo xviii e inicios del xix que comenzaron a pensar en Cuba como una realidad diferenciada de España y del resto de América. Realidad que después, a lo largo del xix adquirió consistencia, más o menos cuajada en el siglo xx. O si Cuba fue surgiendo debido al azar concurrente durante ese mismo período de tiempo, más que gracias a una teleología bien urdida. El hecho es que existe como algo más que una Isla sobre la que viven hoy unos cuantos millones de personas que la consideran su Nación y su Patria; es decir, la casa de sus padres y la casa de los que vendrán después de ellos. Cuba no es solamente un territorio en el que viven personas; es más que un hecho físico. Es un hecho cultural, moral y político. Posiblemente discreparemos en cuanto a cómo quisiéramos que fuera la nuestra, pero para mí y para la mayoría de los cubanos, Cuba, como Nación y Patria, es un ente real y, simultáneamente, un acto de fe, pero nunca reducida a la irrealidad de un ente de razón, aunque le concediese, como diría un escolástico, fundamentum in re. Y si es real, aunque pequeña en todo tipo de mensura o tamaño, hay que tenerla en cuenta y hay que respetarla en su entidad peculiar. A la larga y a la no tan larga, peor para el que no lo haga: está dejando de tener en cuenta la realidad y eso es, al menos, una forma de enajenación mental.
En la formación de la identidad nacional –y ésta sería mi segunda afirmación que complementa la anterior– entran muchos componentes: los humanos, los que hoy llamaríamos ecológicos o ambientales, las coyunturas que fueron moviendo los goznes de nuestra historia en una u otra dirección, etcétera. Imposible referirme a todos pormenorizadamente si pretendo que este encuentro culmine en conversión familiar. Sepan, eso sí, y vaya esta afirmación por delante, unida a la anterior, que llevo dentro todos esos componentes, que los asumo. Con mayor o menor gusto, pero los asumo. Menciono de manera un poco más explícita dos de esos componentes, los de primer orden, los del orden de lo humano, de lo cultural en el sentido íntegro de la palabra.

Nuestra matriz es indis-cutiblemente hispánica. No sólo ni principalmente porque nos “descubrieron” en una empresa dirigida por los Reyes de España, Isabel y Fernando, ni porque fuimos parte del imperio colonial español durante cuatro siglos, sino y sobre todo porque la población que se hizo presente en esta isla por sobre la escasa población aborigen, fue sustancialmente española y porque su cultura fue la que le dio armazón a la identidad de esa nueva realidad que se fue gestando paulatinamente y que es, precisamente, esta Cuba que llevo dentro. La cultura renacentista, la barroca y la modernidad posterior al Siglo de las Luces llegaron a nuestras playas, fundamentalmente –por no decir casi exclusivamente– en barcos españoles, como en barcos españoles llegó el Cristianismo católico, con el estilo peculiar, las virtudes y las sombras, propias del catolicismo peninsular. Y tal fe religiosa y tal cultura modeló el alma cubana.
Los españoles continuaron viniendo a establecerse en esta isla cuando ya no existía el Imperio colonial español. Y esto hasta el año 1960, o sea, hasta el otro día. Lo cual significa un proceso de revitalización hispánica original continuada, desde los últimos años del siglo xv hasta muy avanzado el siglo xx, sin interrupciones. La emigración española hacia Cuba no se interrumpió ni siquiera durante los años de las guerras de independencia. Caso único en este continente. Y con esa matriz biológica y cultural hispánica me siento identificado en el meollo de mi propio ser. La llevo dentro.
El injerto más fecundo en ese tronco, ha sido el pluriforme injerto africano. Injerto o rama fecunda, pero no tronco raigal. Esto puede gustarnos o no, pero es así. Simplemente es así, desde un análisis estrictamente histórico, científico. Y para que un injerto “prenda” y sea efectivamente fecundo, hay que cuidar la raíz. No se puede invertir el proceso. Llegaron a ser muchos los habitantes de Cuba de origen africano; hubo períodos en el siglo xix en el que fueron más numerosos que los de origen hispano-europeo. Sabemos, sin embargo, que el peso cultural no se mide simplemente por el número de cabezas. Las deplorables condiciones de la esclavitud y de las subsiguientes discriminación y marginación racial, así como la pésima calificación de la evangelización católica en relación con los esclavos y sus inmediatos descendientes, impidieron que esa numerosa población de origen africano evolucionara al compás del dinamismo cultural, económico y político de la Nación y que se integrara armónicamente en el marco religioso cristiano y en la armazón social de la Isla en ebullición. O sea, que se integrara como mestizaje aceptado y bien cuidado, no como injerto marginal y hasta clandestino o casi.
No puedo aprobar y me avergüenza el origen mayoritario y determinante de la población negra, o sea, la esclavitud, la mayor lepra social en la historia de nuestro pueblo, utilizando la terminología que ya en el siglo xviii utilizó el padre José Agustín Caballero. Por consiguiente, aunque llevo también dentro el tráfico negrero, la esclavitud y la discriminación, los llevo como enfermedad, como uno de los pecados más graves de la historia de nuestro pueblo. Ahora bien, también llevo dentro, y con gusto, la presencia africana, en sí misma, y –a pesar de todo– el mestizaje racial y cultural que se deriva de ella, aunque éste no haya sido bien orientado ni por los responsables de la evangelización de esos nuevos injertos, ni por los responsables de la vida nacional en términos generales y de sus políticas culturales en particular, trátese del período colonial, trátese del republicano en sus diversas etapas.
El injerto africano o sea, el mestizaje, es, en sí, una riqueza para nuestro pueblo, pero la forma en que éste ha ocurrido históricamente y que está en la raíz de todas las formas de sincretismo religioso y cultural, a mi entender, no lo es. No ha sido sólo fuente de luces, sino también de múltiples sombras, todavía no resueltas Algunas entre ellas, tanto en el ámbito puramente religioso como en el cultural, son genuinas involuciones hacia un primitivismo irracional que amplios sectores de la población africana, en los países africanos mejor gobernados y mejor incorporados a una sana modernidad, se esfuerzan por superar. ¡Y en esta Isla en el otro lado del mundo nos ha dado la ventolera de cultivar tales involuciones, como si se tratase de un esfuerzo por rescatar una hipotética identidad cultural o religiosa perdida! Esto revela, entre otras cosas, una concepción estática y arcaizante de la cultura y de la religiosidad africana, de la que nos cuesta trabajo liberarnos. Nos falta el discernimiento sabio de los valores y el esfuerzo por interiorizar lo que sea verdaderamente un valor, articulado ya no sólo con el tronco hispánico que nos define, sino hasta con las más elementales nociones de una buena antropología, del dinamismo social, y de la articulación, la racionalidad y la eticidad que nos identifican y nos hacen crecer como personas.
Ha faltado y sigue faltando la seriedad debida en el tratamiento de estas cuestiones. No se trata de “mala voluntad”, de deseo explícito de la involución de la población negra y hasta de la blanca por contagio o de una búsqueda del desmoronamiento de nuestra identidad nacional. Pero la ignorancia, los prejuicios y las modas de irracionalidad tienden muchas trampas y los ojos del entendimiento y de la voluntad deben mantenerse siempre despiertos y bien alertados. Por todas esas razones y por una dosis de premura y de irreflexión, han sobrado el choteo existencial morboso y el relajo cultural, ese que estimula la involución hacia la animalidad no gobernada por las luces de la verdad y de la razón bien orientada, así como la involución hacia lo grotesco en contra de lo bello y de lo violento malvado en contra de la bondad que construye. La doblez de las hojas de yagruma y de caimito y las babas dulzonas de los frutos de este último árbol, tan inevitablemente dependientes del régimen de esclavitud –y, más ampliamente, del régimen colonial– parecen sobrevivir a las condiciones sociales que las impusieron en nuestro pueblo –fundamentalmente la esclavitud y las discriminaciones raciales– y logran gobernar a posteriori algunas de esas nuevas formas de sincretismo perverso que hoy aparecen un poco por todas partes, al calor de las oleadas pseudoculturales en boga. Cuba no logra escapar a la salida tan facilona como falsa y demoledora del “todo vale” de la postmodernidad y de la New Age. Y esta fatalidad también la llevo dentro, como enfermedad y con dolor que, en ocasiones, me resulta casi insoportable.
A estas alturas del texto, ya les debe resultar evidente que, a mi entender –y esta es mi tercera afirmación– los cubanos tenemos cualidades positivas, pero ni somos un pueblo extra-ordinario, ni tenemos una cultura sorprendente. No sé cuál sería el espíritu maligno que insufló en una buena parte de nuestros paisanos la convicción de que “somos los bárbaros”, los más inteligentes y astutos, los más simpáticos, etcétera, y que las cubanas son las mujeres más hermosas del mundo. Algunos analistas, medio en broma, medio en serio, afirman que la culpa inicial de este disparate, el que le desató ese dinamismo errático a los cubanos, fue el propio Cristóbal Colón, cuando escribió en su Diario que esta isla recién descubierta por él, era la tierra más hermosa que ojos humanos habían visto. ¡Afirmar tal cosa del humilde puerto de Bariay, conociendo como conocía las espléndidas costas europeas! Se le disculpa al Almirante porque viaje tan prolongado y lleno de incertidumbres y de pesares puede causar las más delirantes visiones en la mente calenturienta de un marino saturado de venturas, aventuras y desventuras, como debe haber sido don Cristóbal. Por supuesto que tal visión superlativa y lo que se pudiere añadir en esa dirección es falso.
El pueblo cubano tiene una media aceptable de inteligencia, de cultura, de habilidades existenciales, etcétera, cualidades todas que, en la mayoría, pueden ser incrementadas pero que, en una buena parte de la población, habría que comenzar a cultivar porque están casi en cero. Con el agravante de que esa parte significativa de la población, estando como está, en significativa condición de marginalidad, continúa creyendo que somos “lo máximo” y esta falsa convicción los cierra al crecimiento. Y en cuanto a la belleza de las mujeres cubanas…no me caben dudas que muchas la poseen en grado superior y de que la mayoría disfrutan de una amable medianía, pero las hay tan feas que son como para salir corriendo. Total, en esto como en casi todo, somos…como cualquier pueblo de la tierra: tenemos luces y tenemos sombras, quizás, más luces que algunos otros pueblos en algunas dimensiones de la condición humana, pero menos que otras.
En relación con los valores fundamentales, los que se deberían integrar en la raíz misma de la cultura –pienso en realidades como son la honestidad de vida, el compromiso con la verdad, el sentido de responsabilidad personal, familiar y social, etcétera–, es decir, en relación con la eticidad, me parece que, como pueblo, dejamos bastante que desear. Y esto no es una realidad nueva. Basta leer al respecto a los que escribieron sobre el tema y que poseían las cabezas cubanas mejor amuebladas desde los inicios del siglo xix, o sea, desde que se inició el parto de Cuba. Siempre ha habido un fermento, un núcleo ejemplarizante, pero la mayoría de nuestro pueblo, en materia ética, es excesivamente contemporizador con las más variadas formas de corrupción, siempre que en eso les vaya alguna ventaja. Y tonto suele ser considerado el que no aprovecha esas oportunidades turbias que se le presentan en el camino de la vida, sea en materia sexual, económica o de trepadura social.
Aquí situaría una de esa cualidades ambiguas –ya mencionada– que algunos alaban y otros, como yo, vituperamos: el choteo o relajo criollo. El hecho de no tomar en serio lo que no se debe tomar en serio, es una virtud y contribuye a desdramatizar la existencia y a ponerle una buena salsita a la vida, que a menudo tiende a ser dramática o sosa. Pero no tomar en serio, tirar a choteo o relajo las cosas que merecen consideración bien ponderada, eso es morbo social y muy grave por cierto. Y entre nosotros, según mi criterio, abunda demasiado el choteo morboso, el que enferma el ejercicio de la responsabilidad y el compromiso con lo Bueno, lo Verdadero y lo Bello. Existen, por supuesto, los seres luminosos que saben poner cada cosa en su lugar justo, pero abundan los que chotean y no ponderan lo que podría conferir un sentido más pleno al ser y al quehacer de los cubanos. Y en este amplio abanico de “realidades serias” incluyo desde la religión y todo lo tocante a la Fe, y a la Verdad en su sentido más integral, hasta las actitudes políticas, pasando por las opciones culturales y artísticas, el ámbito de lo familiar y de lo laboral, el empleo del tiempo libre u ocio, etcétera. Cuando en una nación, una porción significativa de la población no pondera, no toma en serio una buena parte de los componentes de su existencia que sí deberían ser tomados en serio, cuando se juega con la verdad del ser y del existir de casi todo, cuando quienes deben asumir las tareas de educar en la reflexión genuina y en la acción coherente no lo hacen, sino que –quizás tocados ellos mismos inconscientemente por ese choteo existencial–, contribuyen a la ampliación del mismo y hasta lo fomentan, cuando se cultivan o, al menos, se toleran formas involutivas de ser y de actuar, cuando se confunden números y calidad, instrucción y educación, retórica y realidad, bienestar material con mayor plenitud del ser, etcétera, entonces, la nación en sí misma, está en peligro.
Lamentablemente, tengo la impresión de que ese choteo, el morboso, vive en estos momentos, entre nosotros, un período de incremento. Desde que Cuba es Cuba, ha padecido de esta enfermedad, y estoy seguro de que en el incremento de los últimos decenios, Cuba no tiene la exclusiva. El morbo se nos esta volviendo pandemia –enfermedad universal– y lo que empezó por ser una “revolución cultural” universal en los sesentas, que trajo consigo también realidades positivas, se dirige actualmente por los senderos de una involución que, de los cuestionamientos acerca de casi todo, nos arrastra hacia una irracionalidad universal, que ya invade también casi todo. Y cuando el ser humano comienza a despojarse de la racionalidad, después de cuestio-namientos generalizados que no lo condujeron a mejores parcelas de certeza, sabemos en qué termina, lamentablemente, tal proceso: en la robotización o en la animalización.
En el caso nuestro, no creo que hayamos llegado a situaciones que ya estén poniendo en peligro la misma entidad nacional, pues me parece que todavía la robotización y la animalización no han contagiado a la mayor parte de la población cubana, pero sí tengo la impresión de que vivimos situaciones que reclaman atención muy despierta, finísimo discernimiento y acciones efectivas que inicien, al menos, un cambio de dirección del camino de la disolución.
El enrumbamiento hacia una sanación generalizada requeriría algo así como un análisis sabio, un examen de conciencia, una reflexión y un genuino diálogo nacional, abarcador, en el que los oportunismos, los miedos y las mitificaciones queden colgados en el gancho de la puerta de entrada. De lo contrario, todo se volvería pamema y sainete. Sabemos que con pamemas y sainetes no se construye, ni se sana una nación enferma. Y todas estas preocupaciones, que me duelen pero no me apagan la confianza, también las llevo dentro.
Me parece que eso que llamamos “buena voluntad” abunda en nuestro pueblo y que los talentos de diverso orden, sin ser extraordinarios, son más que suficientes. ¿Qué ha pasado entonces? Es posible que las urgencias y dificultades nacionales e internacionales, los rápidos cambios culturales, sociopolíticos y económicos que hemos vivido en el mundo en los últimos años, en el que el progreso veloz de la ciencia y la técnica no ha estado acompañado de un desarrollo articulado del nuevo humanismo que tal progreso está requiriendo, los abarcamientos excesivos dadas nuestras posibilidades reales, etcétera, asumido todo –en nuestro caso– desde ese peculiar ajiaco o mestizaje que constituye nuestra identidad nacional, no han contribuido al desarrollo del sentido de responsabilidad personal que sólo puede nacer de una educación reposada, de una contemplación juiciosa de la tradición que nos constituye como nación y grupo humano peculiar, de una meditación atinada, de intercambios de puntos de vista, de pasos dados sin velocidades excesivas, ya que éstas dificultan normalmente los necesarios cambios de dirección en el momento oportuno, etcétera.
La Cuba que llevo dentro contiene, pues, elementos amables, pero también contiene los dolorosos y preocupantes. Está muy lejos aún de cumplir el sueño de los que la pensaron y la inventaron como Casa común. Pero esos elementos, relacionados todos, por una u otra esquina, con mi comprensión del choteo morboso, del choteo como enfermedad, ni me resultan paralizantes, ni me parece que le hayan privado el ser a esta nación.
No son paralizantes, sino estimulantes porque, a pesar de todos los pesares, nuestra Isla tiene posibilidades. No es la nación de las mayores posibilidades, pero tampoco ocupa un puesto en los lodazales de la cuneta de la Historia contemporánea. Y con todo y choteo, su pueblo continúa siendo –a mi entender– la mayor riqueza de nuestra Nación. La que no tiene en acto, la tiene en potencia; lo que está enfermo en su naturaleza, tiene cura. Según mi criterio, ninguno de los males o de las limitaciones que pudiéramos señalar al pueblo cubano, es incurable. ¡Ni siquiera el choteo existencial morboso, que está en la raíz de casi todo! Esto también tiene cura: dicen los yerberos que la ciguaraya sirve para casi todo y lo cura casi todo; sabemos que la palma despeinada por los huracanes endereza sus pencas viejas y, además, adquiere nuevas, impecablemente lozanas, y que a la ceiba, si se la atiende a tiempo, se la libra de la carcoma demoledora. La cuestión reside precisamente ahí, en atenderla debidamente.
A fortiori, si no me paralizan sus males reales, mucho menos podría paralizarme esa irrealidad que algunos sostienen: que el ser de Cuba se ha desvanecido o diluido en quién sabe qué gelatina pútrida. Cuba, la de la Isla, sigue siendo Cuba; un tanto maltrecha, pero Cuba. Por otra parte, ¿acaso todo en nuestro pasado, colonial o republicano fue siempre glorioso? ¿Acaso el sueño fundacional fue efectivo al cien por ciento en alguna situación anterior a la actual? Dejemos de lado las nostalgias de un pasado inexistente y cultivemos la nostalgia de un futuro posible. Mi nostalgia de Cuba, la que llevo dentro, es nostalgia de futuridad, no la nostalgia –un tanto “picúa” por cierto– de la Cuba que nunca existió sino en las pequeñas porciones de sus fermentos necesarios y que, con esas dimensiones de fermentación, continúa existiendo. Nunca ha dejado de existir, ni siquiera en las etapas más sombrías de nuestra Historia, sea en el período colonial, sea en el republicano.
La presencia de personalidades excepcionales y el desarrollo del pensamiento y de tantas otras realidades de oro en el pasado alegran y enorgullecen nuestro ser de cubanos, pero no deberíamos dejar de tener en cuenta de que, junto a todo ello, coexistieron la esclavitud –hasta muy avanzado el siglo xix– y formas inauditas de injusticias sociales, así como corrupciones políticas y lacras de muy diversa índole. Las razones por las que el movimiento revolucionario que se instaló en el poder político en 1959 concitó el consenso casi universal de la población cubana, hay que buscarlas precisamente en las sombras que oscurecieron nuestra historia anterior. ¿Qué hubo una buena dosis de ingenuidad política en aquel consenso? Es cierto. Para muchos, una revolución triunfante era algo así como un hermoso cuento de hadas, un despertar de Aurora, la bella durmiente, por el beso del apuesto príncipe Desiré, y que, después, todo sería fiesta.
Una Revolución y todo lo que se le acerque como entidad efectivamente reformadora, no puede dejar de ser un parto difícil y sumamente doloroso. Pero la ingenuidad del cuento de hadas no quita valor al argumento. Si hubo aquel apoyo, por algo fue. No mitifiquemos un pasado que fue solo una válida utopía en el proyecto de los cubanos de buena sangre, con realizaciones concretas parciales. Ahora bien, tampoco mitifiquemos ni menospreciemos el presente, ni transformemos las nostalgias de futuridad en un mito irrealizable, en el sueño de un futuro que Cuba no puede alcanzar si tenemos en cuenta objetivamente su propia identidad, su realidad entitativa. Aprendamos las lecciones del realismo, sepamos dimensionar para que seamos capaces de dar a la utopía su valor

motor y lleguemos, algún día, a desnudarnos de toda forma de choteo del ser.
Personalmente, ya lo he dicho, trato de asumir a Cuba como es y la sueño como creo que puede llegar a ser. Esa es la Cuba que llevo dentro. Palma real, sí, enhiesta, hermosa, pero con la conciencia de que si no está protegida, la puede partir un rayo. Umbrosa ceiba, robusta y acogedora, pero con la conciencia de que si no se la atiende debidamente, le cae carcoma –imperceptible al principio– y se desmorona. O pudiere sucederle que, creyéndose todopoderosa, sea arrancada de raíz por el viento y las lluvias abundantosas. Ciguaraya con muchas posibilidades, pero con la conciencia de que debe saber flexionarse lo suficiente para no quebrarse ante los ventarrones inevitables en nuestras latitudes. Sobrevivir a todos los huracanes y tormentas de rayos, con estas dimensiones y en estas latitudes, exige una compleja flexibilidad y la concertación con las circunstancias. Corcho que siempre sale a flote….mientras no se pudra y se deshaga…Y un pueblo querible y que merece todo el respeto imaginable, pero sobre el que no todo lo positivo se debe creer fácilmente, porque tiene las posibilidades del anverso y del reverso de las hojas del caimito y de la yagruma, y que puede llegar a ser, aparentemente, si se lo propone, tan dulce y tan baboso como el fruto sazonado del primero, aunque por dentro lo corroan la aspereza, la acidez y la amargura.
¡Que Dios nos asista y que, así como somos, poco a poco, sin prisas pero sin tregua, responsable y seriamente, caminemos en la dirección de los mejores sueños que llevamos dentro! Sin que el fango –también real– nos empantane, y con la convicción de que los sueños nacionales, como la salchicha de los perros de carrera, nos incitan, pero nunca llegan a alcanzarse totalmente. Bueno es que los tengamos y los acariciemos, pero bueno es también que no olvidemos que no dejan de ser sueños y que valen en la medida en que fortalezcan la realidad, no en la medida en que nos aparten de ella.

La Habana, 13 de Noviembre de 2004.

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