El palacio roto de los preferidos de Dios

Por: seminaristas Rafael Cruz Dévora y Fernando Vega Machado

Seminario de La Habana

Existen historias reales en esta vida que son más difíciles de lo que pensamos, historias que rompiendo los cánones clásicos de la belleza y normalidad solo pueden entenderse desde la mirada del corazón. Un lugar maravilloso donde cada día se viven estas historias es el centro Psicopedagógico La Edad de Oro, que se encuentra en la calle Primelles del municipio Cerro, en La Habana. Allí los protagonistas absolutos de cada capítulo son los preferidos de Dios, aquellos que participan directamente de su amor de una manera especial porque son herederos directos del Reino de los Cielos.
No importa la edad para que los sigamos llamando niños. Tampoco es ni lo menos parecido al oro el medio circundante donde ellos viven, porque la realidad infraestructural y la cantidad del personal de trabajo no es suficiente para saciar todas las necesidades. No obstante, los que son capaces de penetrar en la profundidad de las historias cotidianas de amor que Dios va entretejiendo en el interior de esa casa de sueños, terminan siendo seducidos por la especial ternura que de esos niños se va recibiendo.
Así, el palacio de los reyes de la misericordia se ve lleno de madrinas especiales, de mujeres que se han abandonado totalmente al Dios vivo, real y presente en cada uno de los niños de La Edad de Oro, ellas son las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. Cada una de las hermanas ofrece su vida y su disponibilidad al servicio y al bienestar de estos pequeños. Se hacen, de este modo, semillas de testimonio para todos los que, en alguna ocasión, pasamos por allá, pero de manera muy especial para los trabajadores estatales que en dicho centro desarrollan su labor.
Este es un sitio donde el que no tiene fe pudiera pensar en la ausencia de Dios, dados los diferentes cuadros clínicos-psicopatológicos que se observan. Sin embargo, Dios está e inunda cada rincón de la casa. El Señor actúa en el amor, en el que se les da a los niños, en el que ellos nos transmiten y en el que se profesan unos a otros. Entre los balcones de La Edad de Oro hemos conocido algunos que han vivido un amor intenso a lo Romeo y Julieta, porque su discapacidad no es un impedimento para darse y aceptarse en la más profunda entrega del alma, que nunca debe perecer presa de la enfermedad. Es en estos hijos queridos, del Divino Espíritu, donde se completan los padecimientos de Cristo crucificado (cf. Col 1.24).
A la asistencia de ellos nos llama con urgencia el Señor cuando nos recuerda: “lo que hicieron con uno de estos mis pequeños, conmigo lo hicieron” (Mt 25.40). En esta respuesta cristiana, muchos se unen al cariño materno de las hermanas vicentinas. Siempre nos acompaña un sacerdote que junto a las ofrendas eucarísticas ofrece su ser y su quehacer; se convierte así en el mejor de los asistentes para dar desayuno o para bañar. A esta donación del servicio se suma cada viernes el arzobispo de La Habana, quien ejerce un ministerio quizá poco común entre los obispos, pero que se yergue como la mejor de las enseñanzas episcopales, cuando se vuelve barbero, cargador de agua o limpiador de pisos. Con estas acciones muestra a sus hijos que el camino para el cielo es el amor. También llegan con frecuencia jóvenes para enriquecerse de esta experiencia y entregan a los niños un espíritu renovado que enciende corazones y purifica la vida. Por nuestra parte, los seminaristas no solo recibimos la mejor lección de teología, sino también pulimos en el crisol del amor nuestra vocación de servicio, y declaramos al final de cada pastoral en ese lugar que solo somos “siervos inútiles que hemos hecho lo que nos ha tocado” (Lc 17.10).
En este palacio de realismo fantaseado cada servidor se convierte en lo que más se esté necesitando a cada momento, bien puedes ser barbero real, aguatero y copero, solícito lazarillo o cochero, auxiliar de limpieza o el mejor de los juglares para amenizar la jornada con canciones infantiles. En esta corte real el profeta nos grita: “yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un corazón nuevo, quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” (Ez 11.19).
Cristo nos resucita en experiencias como las de La Edad de Oro, y al final del camino, cuando la tarde esté cerca y le pidamos que no siga de largo, que nos deje quedarnos a su lado, ese día con temor y temblor seremos examinados en el amor. Y seguramente esos pequeños niños en quienes hemos tenido la bendición de sembrar amor, estarán junto al seno de Abraham como feliz cosecha de aquellos que humildemente hemos hecho lo que teníamos que hacer. Ω

68 Comments

  1. ItaаАа’б‚Т€ТšаЂаŒаАа’б‚Т€ТžаБТžs actually a nice and useful piece of info. I am glad that you shared this useful information with us. Please keep us informed like this. Thanks for sharing.

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*