Santos de Hoy y de Siempre: San Rafael Guízar y Valencia

Por Juan Manuel Galaviz, SSP

SAN RAFAEL GUÍZAR Y VALENCIA
SAN RAFAEL GUÍZAR Y VALENCIA
SAN RAFAEL GUÍZAR
Y VALENCIA

Entre las filas del ejército de Emiliano Zapata, se veía, de tanto en tanto, un supuesto vendedor de agujas y baratijas, y otras veces un supuesto médico homeópata con su botiquín bien surtido. Cuando había enfrentamientos, aquel personaje, en medio de la balacera, se acercaba a los heridos o agonizantes y les preguntaba: “Si hubiera aquí un sacerdote, ¿te confesarías con él?” A los que le respondían afirmativamente, les revelaba su identidad de sacerdote, les hacía jurar que no lo delatarían y discretamente los asistía con los últimos sacramentos. El disfrazado de vendedor ambulante o de médico, a quien el propio Zapata llamaba “doctor”, era el padre Rafael Guízar y Valencia (1878-1938), quien vivió su ministerio sacerdotal y luego episcopal en un México convulsionado por la revolución y ensangrentado por la persecución religiosa que en su tiempo se fue manifestando y adquiriría después proporciones inimaginables.
El padre Rafael sufrió varios destierros y estuvo en más de una ocasión ante el paredón de fusilamiento, del que se libró gracias a la protección divina y al propio ingenio. Pero ninguna agresión o amenaza lo hizo desistir jamás de su servicio sacerdotal.
Había sido ordenado en la solemnidad de Pentecostés de 1901, en el templo de San Francisco de la ciudad de Zamora, estado de Michoacán (México), y ofició su primera misa en la Fiesta del Corpus Christi, en la parroquia de su pueblo natal, Cotija.
El nuevo ministro estrenó su sacerdocio con un intenso aprendizaje pastoral, invitado por el obispo de Zamora a que lo acompañara en sus recorridos ministeriales; de él aprendió a convertir en misión cada visita pastoral, y a predicar desde el corazón y a partir del evangelio. Aprendió también a esforzarse siempre por entrar en contacto directo con el pueblo, para conocer sus necesidades y expectativas.
Esas felices experiencias con las que dio comienzo a su ministerio, lo llevaron a descubrir la vocación de misionero, catequista y predicador que marcaría toda su vida sacerdotal.

Rosas con espinas
Las rosas de su servicio nunca carecieron de espinas. Si en 1903 fue nombrado director espiritual y profesor de teología en el seminario de Zamora, y en 1905, prebendado de la catedral, en 1907 sufrió una pena desgarradora al saberse suspendido totalmente del ministerio sacerdotal. Todo fue consecuencia de un anónimo muy injurioso contra el obispo, hallado entre sus ornamentos. Se vino a saber más tarde que el autor del infamante anónimo había sido un exseminarista. Mientras tanto, don Rafael, ni intentó defenderse ni quiso indagaciones; simplemente aceptó la sentencia de suspensión, con obediencia y humildad heroicas. El castigo le fue levantado dieciséis meses después, al morir el obispo.
Otra prueba dolorosa que sufrió el padre Rafael fue la relativa a una fundación a la cual se había sentido inspirado: el 3 de junio de 1903 dio comienzo a una congregación para las misiones populares gratuitas en todos los lugares del país, con preferencia en las regiones más pobres de clero y de recursos económicos. La congregación nació bajo el patrocinio de Nuestra Señora de la Esperanza. Cuando la fundación estaba dando sus primeros frutos, nuevamente en ese fatídico 1907, una orden episcopal suprimió el primer colegio esperancista, que operaba en Jacona, y en 1910, a través de la Delegación Apostólica le llegó al fundador de los esperancistas el decreto de la total supresión de su instituto.
A pesar de esos reveses, el padre Rafael jamás desistió de entregarse a sus fervorosas misiones, como la que llevó a cabo en Tierra Caliente (entre los estados de Michoacán y Guerrero), en 1904, o en el estado de Tabasco en 1909.

En plena revolución
Tampoco la revolución mexicana, que estalló en 1910, apagó el celo sacerdotal del padre Guízar; antes bien, le abrió nuevos horizontes, como el ejercicio de una caridad más abnegada hacia los enfermos y los moribundos por causa del movimiento armado.
En mayo de 1911, uno de los bandos revolucionarios –el de los maderistas– irrumpió en la plaza central de Zamora mientras la población se deleitaba con la música de una orquesta. La gente corrió despavorida y las autoridades locales no sabían cómo reaccionar. Pensaron que lo mejor era entrar en diálogo con los revolucionarios y recurrieron al padre Guísar y a otro prelado para que hablaran con los levantados y trataran de convencerlos de no hacer daño a la población de Zamora. Tuvieron éxito en sus gestiones y la gente quedó muy agradecida.
En 1912, el padre Guízar y Valencia fue nombrado canónigo de la catedral de Zamora, pero antes de un año se hizo manifiesto un ataque violento al clero, y él, que había viajado a la ciudad de México por un delicado encargo que le hizo el arzobispo José Mora y del Río, tuvo que quedarse en la capital. Allí le tocó vivir la sangrienta “Decena trágica”, del 9 al 19 de febrero de 1913. Disfrazado de civil estuvo asistiendo a heridos y agonizantes. Pasó luego al estado de Morelos y fue allí donde, al amparo de disfraces, lo hizo de capellán militar en el ejército de Zapata. Pero un día sucedió que una bala perdida lo hirió en una pierna y tal incidente dio lugar a que se sospechara de él; lo tomaron como un espía y lo llevaron al paredón de fusilamiento. Al preguntársele cuál era su última voluntad, pidió que le permitieran regalarles un reloj y una cadena de oro que llevaba consigo. Entonces arrojó esos objetos valiosos lo más lejos que pudo y, mientras el oficial y los del pelotón se disputaban el botín, escapó a toda carrera.
En 1915, cuando ya estaba muy difundida la orden de detenerlo y apresarlo, él siguió ingeniándoselas para burlar a la policía. De todo sabía valerse para despistar a sus perseguidores, hasta de su habilidad para tocar cualquier instrumento musical. Una vez ya lo tenían atrapado, pero él les dijo que estaban en un error, que él no era más que un músico; que si no llevaba consigo ningún instrumento era porque hasta su acordeón había tenido que vender para sostenerse. Ellos, para ponerlo a prueba, le consiguieron un acordeón e hicieron que los acompañara en las parrandas y serenatas que tenían programadas para esa noche. Tocó tan bien las canciones rancheras que ellos preferían, que se convencieron de que, efectivamente, no era un cura sino un músico pobretón.

Sus destierros lo llevan a Cuba
Al intensificarse la persecución religiosa, el canónigo Guízar se vio obligado a buscar seguridad en el extranjero, donde no tuviera que esconderse o andar con disfraces, y sí pudiera ejercer su ministerio y organizar misiones populares.
En Laredo, Texas, consiguió un pasaporte bajo el nombre de Rafael Ruiz y como tal se fue a Guatemala, donde misionó intensamente. A principios de 1917 se embarcó en Puerto de Barrios rumbo a Cuba. En la preciosa Isla fue variada y apreciadísima su labor misionera, en la que desplegaba todas sus dotes, también las de músico y cantor, además de su capacidad organizativa. Trabajó con los adultos en general y con los matrimonios, con los niños y con los presos, con los enfermos y con los alejados de la Iglesia. Alguien que había estado observando su entrega admirable y su creatividad originalísima, manifestó esta apreciación que pronto se hizo pública: “Ese padre Ruiz, o es un loco o es un santo…”.
Estaba en lo más intenso de su dedicación misionera en Cuba, cuando le llegó, por medio de Mons. Tito Tronchi, delegado apostólico en las Antillas, la noticia: el Papa Benedicto XV lo había designado para que rigiera la diócesis de Veracruz (México).
La consagración episcopal de monseñor Guízar y Valencia tuvo lugar en La Habana, en la iglesia de San Felipe Neri (hoy sala de conciertos), el 20 de noviembre de 1919. A la entrada del recinto, está consignada, en letras metálicas, la memoria del evento. El consagrante fue el delegado apostólico y los asistentes en la ceremonia de consagración fueron el arzobispo de La Habana, Pedro González Estrada, y el obispo de Camagüey, Valentín Zubizarreta, quien le obsequió la cruz pectoral; los ornamentos y el anillo episcopal fueron el regalo de un grupo de fieles cubanos.
Antes de viajar a su diócesis, monseñor Guízar y Valencia quiso despedirse de la Isla misionando, por último, en Bejucal y en Guanabacoa.

Recibido en su patria
con la noticia de un terremoto
El 1ero. de enero de 1920 se embarcó en un vapor, de regreso a su patria. Llegado a Veracruz, el 4 de enero, se enteró de una terrible desgracia sucedida el día anterior: un fuerte terremoto había sacudido gran parte de su diócesis y eran muchos los muertos y damnificados.
Apenas el nuevo obispo desembarcó, comenzó una colecta para auxiliar a esa pobre gente, y antes de viajar a Xalapa para tomar posesión de su diócesis, pidió que todo lo reservado para su recibimiento se destinara a los damnificados. Enseguida dio comienzo a una visita paterna a las regiones más afectadas. El territorio de su diócesis era inmenso (46 000 km2), y además muy accidentado: montes altos y hondas cañadas, zonas pétreas y planicies de verde hierba, ríos caudalosos y zonas áridas…
Aunque don Rafael fue obispo de Veracruz durante dieciocho años, la persecución religiosa y dos largos destierros redujeron su estancia física en su diócesis a un total de ocho años. Durante ese tiempo, tres veces recorrió, de palmo a palmo, su territorio diocesano, pasando por todas las parroquias y capillas, por todos los poblados y caseríos, siempre misionando, predicando y escuchando a sus fieles, confortando a todos, empleando el catecismo que él mismo preparó para adoctrinar a su gente, encomendando a los fieles más comprometidos la continuación de misiones populares, moviendo al fervor eucarístico y mariano… Fue una labor desmesurada en un ambiente difícil por la abrupta geografía y más porque los adversarios de la Iglesia habían difundido en todas partes un espíritu anticlerical. Aun así, monseñor Guízar fue en su tiempo un ejemplo para otras diócesis del país, en cuanto a la promoción vocacional y la consiguiente formación de seminaristas y sacerdotes.
En 1920, había logrado recuperar el antiguo seminario diocesano expropiado desde 1914; se dio a la tarea de reconstruirlo, pero un año después las autoridades civiles volvieron a confiscarlo. Con eso no quedó aniquilado el seminario de Veracruz, que se volvió itinerante y en gran medida clandestino, hasta que se instaló en los espacios de un cine abandonado, en la ciudad de México.

La Ley Calles en acción
La arbitraria Ley Calles promulgada por el presidente de la República el 14 de junio de 1926, agravó la situación de los católicos de México. Los recursos del diálogo no procedieron y el levantamiento en armas –la Cristiada– brotó en otros estados del país.
Monseñor Guízar era hombre de paz, pero también hombre valiente y pastor cumplido. A despecho de las restricciones impuestas al culto, siguió siendo un misionero incansable, confiado siempre en la Providencia y, a la vez, perspicaz e inteligente para no caer en manos de la policía, la cual tenía la orden de encontrarlo a toda costa.

Encierro, destierro o entierro
Esas eran las tres alternativas que tuvieron muchos prelados y sacerdotes de México en los tormentosos años de la persecución religiosa. Monseñor Guízar se presentó él mismo ante el secretario de gobernación y aceptó la segunda. Eso lo llevó de nuevo a Laredo y luego a San Antonio, ambas localidades de Texas; después otra vez a Cuba (donde misionó ocho meses más) y a Guatemala. Estando en ese país centroamericano, le llegó la noticia de que el presidente de México, Emilio Portes Gil, había expresado su voluntad de dialogar con los obispos. Pensó, pues, que era el momento oportuno para regresar a su diócesis.
Oportuno sí lo fue, pero no carente de tropiezos. Después de su regreso a la propia diócesis, nuevos sucesos agitaron otra vez las aguas. El 6 de marzo de 1931, mientras él realizaba una visita pastoral, un desconocido hizo estallar una bomba en la catedral de Xalapa y eso fue como un preanuncio de nuevas agresiones contra la Iglesia. En efecto, tres meses después, el gobernador de Veracruz pretendió hacer de toda la diócesis una dependencia más del Estado. Para ello, promulgó la Ley 197, conocida también como Ley Tejeda, la cual autorizaba solo un sacerdote por cada 100 000 habitantes. El pastor de la diócesis no aceptó esa intromisión de la autoridad civil, y así lo expresó en una carta pastoral publicada en el periódico veracruzano El Dictamen, el 4 de julio de 1931. Se desató entonces una nueva ola de ataques y el obispo se vio obligado a salir del estado de Veracruz, y desde las ciudades de Puebla y México siguió dirigiendo su diócesis.
El 25 de julio, el mismo día en que entró en vigor la Ley Tejeda, hubo en Xalapa un atentado contra el gobernador, quien quedó lesionado de la oreja izquierda. Se pensó, sin ningún fundamento, que el autor intelectual había sido el obispo. La tarde de ese mismo día, un grupo de anticlericales armados con pistolas y machetes, y llevando recipientes con gasolina, entraron en la parroquia de la Asunción, en Veracruz, y comenzaron a balacear a los sacerdotes que ejercían allí su ministerio. El padre Ángel Darío Acosta murió acribillado, el padre Alberto Landa fue herido de gravedad, mientras el padre Rafael Rosas quedó ileso, por haberse protegido en el confesionario.
La reacción de monseñor Guízar y Valencia fue inmediata. Envió al gobernador una enérgica protesta: “Señor Tejeda: ya Veracruz fue regada con la sangre de mártires, para que brillen la verdad y la justicia, y para que la religión, lejos de extinguirse, brille con mayor vigor a pesar de los esfuerzos de los tiranos, que se estrellarán ante la roca inexpugnable de Dios”.
Poco tiempo después, Adalberto Tejeda ordenó dar muerte al obispo, y hasta ofreció recompensa a quien lo entregara vivo o muerto.
Sin el menor acobardamiento, monseñor Guízar regresó a Xalapa y, de manera tempestiva, se presentó en la oficina del mandatario y le dijo: “Vine a demostrarle que soy respetuoso de la autoridad. Usted ha ordenado que me fusilen en el lugar en que me encuentren. He venido hasta aquí para que usted mismo pueda darse el gusto de hacerlo, y evitar así que alguno de mis fieles tenga que mancharse sus manos disparando contra su obispo”.
Desconcertado por la inesperada presencia del obispo, y anonadado por las palabras oídas, solo acertó a decir: “Váyase tranquilo… Retiro la orden… ¡Así son los hombres de valor!”.
Adalberto Tejeda dejó el gobierno de Veracruz en 1932, al ser nombrado embajador en Francia. Monseñor Rafael Guízar y Valencia sobrevivió seis años más, hasta el 6 de junio de 1938, día en que murió abatido, no por las balas sino por la diabetes, la flebitis y la arritmia, que habían hecho más sacrificadas sus misiones en los últimos años. Cerró sus ojos en una casita contigua a su querido seminario diocesano, que seguía estando en la ciudad de México, adonde realizó el penúltimo de sus viajes. El último lo emprendió rumbo al Cielo.
San Juan Pablo II beatificó en 1995 a Rafael Guízar y Valencia, y el Papa Benedicto XVI lo declaró santo en el 2016. Ω

2 Comments

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