El ocaso de las librerías…

Por José Antonio Michelena

librería-fayad

venta-de-libros-plaza-de-armas, librerías cubanasSi la extinción de la gran mayoría de los cines en La Habana es un hecho, el, de las librerías también lo es, aunque se manifieste de manera distinta. Las salas de exhibición cinematográfica han quedado confinadas en El Vedado, mientras que las librerías siguen presentes por toda la ciudad, pero, salvo raras excepciones, son una ilusión, espectros de lo que fueron.
Medio siglo atrás, rememorando sus años juveniles, Guillermo Cabrera Infante escribió: “Bajamos por Obispo, flanqueados por librerías […] y caminábamos entre libros”, denotando la presencia constante de unas y otros en ese tramo inquieto y populoso de La Habana Vieja. ¿Podría ahora decir lo mismo el autor de La Habana para un infante difunto?
Definitivamente, no. A la entrada de Obispo, La Moderna Poesía, bajo una nueva administración, espera una renovación que le devuelva, al menos, una parte de su alma, porque hace mucho tiempo la insigne librería que fue ya no existe: su enorme espacio es un desierto, en tanto sus anaqueles cobijan libros cuyos precios los hacen inaccesibles para los bolsillos del ciudadano común.
Al frente de La Moderna…, la Cervantes desaprovecha el sitio de privilegio donde está ubicada: es un abigarrado depósito de libros y revistas, una mezcla heterodoxa de géneros y editoriales de muy diverso alcance y perfil, en la cual resulta difícil orientarse; por ejemplo, en un anaquel que dice contener novedades, las fechas de publicación señalan otra cosa. Esa librería, una de las dos en la capital destinadas a la venta de títulos de las editoriales provinciales, pudiera hacer de esa función una marca distintiva, darle una personalidad, mas no es así.
A continuación de la Cervantes, La Internacional, bajo la gerencia de Artex, dejó de ser una librería para convertirse en tienda de objetos múltiples. En un pasado no tan remoto, cuando pertenecía a Ediciones Cubanas, en sus estantes podíamos ver una buena cantidad de enciclopedias y libros importados. Recuerdo haber visto lujosas ediciones de Aguilar, pero también las biografías de Jack Kerouac, Jackson Pollock y Georgia O´Keeffe, editadas por Circe, que podían adquirirse a precios de remate.
En fin, el tramo inicial de la calle Obispo perdió esa distinción cultural que adquirió muchos años atrás y mantuvo hasta la década de los ochenta, cuando aún se celebraba allí el sábado del libro; ahora es la antesala de un bazar y corredor para turistas a la caza de lo folclórico.
Afortunadamente, en los predios de Obispo, varias cuadras más abajo, está la librería Fayad Jamís, la de mejor funcionamiento y la más surtida de la capital. En sus mesas y anaqueles, no solo encontramos la mayor variedad de libros y revistas, sino que todo está organizado con esmero.
Sin embargo, lo más importante de esa librería, es que mantiene la facultad de ser un centro de cultura, un sitio de intercambio y socialización entre autores, editores, libreros y lectores. No por gusto su administrador lleva veinte años allí y conserva el sentido de orgullo y amor por la profesión, algo muy raro en estos tiempos. Aunque no es el único librero en La Habana con tal persistencia, los/las hay con muchos más años que se mantienen en esa labor contra viento y marea.
Al final de Obispo, la Plaza de Armas ya no hospeda a los vendedores de libros de uso, confinados (y casi extinguidos) en un espacio que casi nadie frecuenta. Ellos formaron parte, desde los noventa, de nuevas dinámicas de gestión y comercio en ese rubro y aportaron un toque peculiar a ese rincón fundacional de la ciudad. Ya son una postal en sepia, un recuerdo del pasado.
No muy distante de Obispo, próxima a la Plaza Vieja, en la calle Amargura, la librería de Ediciones Boloña es un espacio de lujo para ese sello de la Oficina del Historiador de la Ciudad, pero, aunque la oferta es atractiva y la venta en moneda nacional, hay desconocimiento de la existencia del sitio y es poco visitado.
La mayor red de librerías en el país está bajo la tutela de los centros provinciales del libro y la literatura (CPLL), una estructura creada en fecha nada propicia: 1990, justo en el preámbulo de las crisis. La idea era buena porque suponía dotar de mayores herramientas culturales a una empresa que hasta entonces había tenido, básicamente, una función comercial, mas nació en el momento incorrecto, en la encrucijada de dos épocas.
Debe ser muy duro mantenerse, a una empresa que comercializa un artículo cuya producción descendió enormemente y cuya demanda también cayó en picada. No la tienen fácil los CPLL. Librerías, como El Siglo de las Luces, en la calle Neptuno, murieron, mientras que muchas otras existen a duras penas.
Algunas librerías de La Habana pasaron a ser administradas por la empresa Artex, del Ministerio de Cultura, lo cual no supuso un avance cultural, sino un enfoque hacia la captación de divisas. La más activa es la Rubén Martínez Villena, en Prado, frente al Capitolio; aun cuando lo que más vende son mochilas, carteras, o artículos de papelería, los libros siguen teniendo presencia en su salón, pero el espacio para ellos se ha ido reduciendo.
Igualmente, en lugar de privilegio, en el corazón del Vedado, pero minada por el aburrimiento, la Fernando Ortiz es otra de las librerías de Artex. Allí han puesto en práctica una rara técnica de marketing: algunos anaqueles tienen etiquetas tales como “merma”, o “lento movimiento”, y los precios, en lugar de aparecer en los libros, están situados en el propio estante, como si fueran artículos de ferretería.
Sin embargo, ese procedimiento conlleva algo “novedoso” porque los libros bajo esas categorías sufren una baja de precios que puede llegar a ser considerable, una práctica inusual en el país. Y como esa mercancía no tiene fecha de vencimiento, como la mayonesa o la leche en polvo, parece acertado ese proceder. Mas, no muestran mucho interés en los libros los clientes de ese establecimiento.
A escasa distancia de la Fernando Ortiz, bajando por la calle 25 en dirección a Infanta, la librería Centenario del Apóstol, perteneciente al CPLL, también ofrece rebajas, pero a diferencia de la primera, tiene un movimiento constante de público, es una de las más dinámicas de la ciudad, con una oferta muy variada y un servicio que hace honor a la tradición.
La muerte de las salas de cine y el ocaso de las librerías tienen una causa fundamental: el tiempo actual, que, en el caso de Cuba, siempre agrega otras aristas. Globalmente, ambos espacios culturales han tenido que reinventarse, que redefinirse en esta época de venta por Internet, plataformas de distribución, libros electrónicos y otras novedades introducidas por la tecnología.
Las librerías forman parte de un sistema que ha sufrido grandes cambios en la producción, comercialización y circulación, pero en la Isla no nos hemos enterado. Y como tanto aquí, como en el resto del mundo, todo es un reflejo de la realidad social, ante la deprimida economía de las personas, la compra de libros pasa a un plano muy secundario. Entre adquirir un libro o una pizza apenas hay alternativa… Ω

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