Spielberg, genio y figura (I)

Por: Ronald Antonio Ramírez

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Cuando le preguntaron si la actitud de Daniel Ellberg, el funcionario que robó documentos secretos del gobierno de los Estados Unidos sobre la guerra de Vietnam, puede considerarse de algún modo un gesto “precursor” de la decisión de Snowden, Spielberg reaccionó con una respuesta bastante conservadora. A su juicio, pareciera no ver que la actitud del primero –según el informe de MacNamara, detener un conflicto bélico que tanto el Pentágono como la CIA sabían perdido desde el comienzo–, no distaba mucho, en esencia, de la intención del segundo de evitar los procedimientos ilegales de espionaje que los Estados Unidos emplea no solo contra extranjeros aliados o enemigos, sino también contra los propios norteamericanos, violando así las prerrogativas constitucionales de la Primera Enmienda. Quizá Spielberg pretendió evadir cualquier tipo de compromiso político, más allá de las repercusiones de su último filme, con supuestas críticas muy subrepticias al actual presidente Trump. A fin de cuentas, la ficción es simplemente eso, aun cuando la historia de su película, escrita por una novata, Liz Hannah, y el ya experimentado Josh Singer, se inspire en los truth events que hace ya varias décadas catalizaron el declive de la administración Nixon y su renuncia luego del escándalo Watergate.

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Acaso por esa razón The Post: los oscuros secretos del Pentágono tiene cierta mirada sentimental al pasado, entre lo nostálgico y lo edulcorado, donde lo que importa es deslizar un recordatorio muy sutil a quien hoy pretende dictar los designios del mundo. Pero convengamos que Spielberg lo hace con pulso firme –a pesar de todo– para “refrescarle la memoria” a quienes vivieron la pesadilla que hizo posible la notoriedad de un simple periódico local y su propietaria en el mundo del periodismo norteamericano; y hacer también que Trump se reconozca en la imagen de Nixon, un personaje presentado con intencional matiz de caricatura.
The Post… levanta una apología al Estado de derecho, la free press y otros ítems seculares del orgullo americano que desde la Declaración del Acta de Independencia erige a los Estados Unidos en el territorio “defensor y paladín de la democracia”. La intransigencia del célebre Bren Bradlee (Tom Hanks) y su axioma “la única forma de defender el derecho a publicar es publicando”, resume el drama de esta película que quedó pintadita de blanco en la pasada nonagésima edición de los premios Oscar, en tanto su director quedaba fuera de la lista de mejores realizadores, a pesar de una candidatura a los Globos de Oro de la que también fue obviado.
Sin embargo, viene bien este nuevo título dentro de la actual coyuntura sociopolítica estadounidense. Su núcleo ideológico muestra con mesurado didactismo la cruzada que emprende la verdad mientras desanda un camino de falacia y manipulación política, con el riesgo de fenecer ante la ley en la mano del despotismo. Y en medio de esta batalla, el filme se permite otros incentivos de apoyo a la reivindicación de la mujer en un mundo de hegemonía patriarcal que recrimina y subvalora sus potencialidades, recluidas por tradición secular al espacio doméstico. Con The Post…, la poética de Spielberg vuelve a la estética de ese cine “serio”, de tema histórico-político, que retomara en títulos ante-riores de los últimos años –Munich (2005), Lincoln (2012), El puente de los espías (2016)–, para abordar, muy pocos como él, asuntos de actualidad desde una mirada en retrospectiva y ensayar también, hic et nunc, una potente lección de ética.
No creo que exista otra película de las realizadas por este director que encuentre necesario una dilatada introducción para sumergirnos en las condicionantes del conflicto dramático –la ocupación norteamericana en Vietnam, el relatorio de Ellberg como analista político y asesor del secretario de Estado McNamara, la manipulación a la opinión pública sobre la veracidad de los acontecimientos, las escasas posibilidades de Estados Unidos de ganar la guerra y el robo de los documentos clasificados, etc.–; casi cuarenta minutos para concretar su despegue y colocar en su centro de atención dos historias de vida intrínsecamente relacionadas con el poder. Es esto, a mi juicio, lo más extraño del filme; pero lo que en apariencia roza el riesgo de la monotonía, acaba revelando la mesura de su extrema planificación para llevar a feliz término la historia.
El espectador advierte una necesaria contextualización que intenta calar, en sus detalles más expeditos, la nebulosa política de una época donde no solo se libraban importantes batallas en las selvas vietnamitas, sino también en el seno mismo de la Casablanca y el Pentágono. The Post… ilustra los entresijos de una retórica que, con el tiempo, comenzó a ser dinamitada por quienes justamente habían hecho posible las campañas probélicas que manipularon la opinión pública norteamericana y mundial. Es, también, entre otras cosas, un filme que dirime su panegírico al fortalecimiento del cuarto poder en la nación estadounidense.
A pesar de su exquisita factura, The Post… apenas confirma lo que ya se sabía: Spielberg sigue siendo un lobo viejo, todavía diestro, que evita el riesgo en su pericia para arrastrar emociones. La gramática de esta película sigue a pie juntillas el clásico didactismo aristotélico para colocar, en el epicentro de su drama, historias de vida en pugna con el poder, con los sobresaltos de una atmósfera de incertidumbres y peligros en su estrategia visual de claroscuros –un thriller político con asomos al noir norteamericano de los setenta y el cine de espionaje sobre asuntos de la guerra fría– y un diseño sonoro que revitaliza la expresividad de una caligrafía coreográfica que contagia, en tanto, a la dirección de actores. Porque en el fondo, The Post… es también un filme de personajes, de densidades psicológicas que sobrepesan las diferencias y los complementos de personalidades que encarnan dos colosos del cine norteamericano actual.
Kate (Meryl Streep) y Bradlee (Tom Hanks) son personajes dise-ñados en las antípodas. En ellos la desmesura y el comedimiento dictan sus modos conductuales, imbricados en el drama de manera paralela, hasta que el guion opta por cruzarlos para destacar las sutiles divergencias de sus caracteres. Cada uno, a su forma, participa de un proceso de crecimiento interior, ya sea en el plano profesional o personal, en la madeja de escollos que sobrevienen, como pruebas calificantes, en el tejido dramático. Kate, como propietaria del Post, es consciente de sus inseguridades e inexperiencia al frente de la dirección del diario; Bradlee es harto conocido por su pericia como editor jefe y capacidad de mando en el grupo de reporters. El programa narrativo del filme deja claro estos aspectos mientras establece las pautas que llevarán a ambos personajes, a pesar de sus iniciales desacuerdos, a la complementariedad necesaria que les permitirá vencer la prueba final.
The Post… alecciona en sus desplazamientos de cámara –siempre inquieta, intrigante–, mientras prefiere desandar el agitado escenario de la redacción periodística; registra el golpeteo incansable de las viejas máquinas de escribir como si lo hiciera con la nostalgia de quien evoca un tiempo épico. Las intrigas entre rotativos por adueñarse de la atención pública nacional y la adrenalina que exacerba la caza de la última noticia, mientras se promueve el espionaje, llamadas a medianoche y las divergencias contra el poder financiero que ostentan la banca privada y los anunciantes, respira mucho de la genialidad de Spielberg que sigue siendo uno de los más importantes directores de la filmografía universal de los últimos tiempos. El interés que suscita su película es justamente la fascinación con que su rigor narrativo sigue esos entuertos del biopic, el suspense y el thriller político, en tanto sus personajes se enrolan en la pugna entre el Bien y el Mal, el clásico mito de David contra el gigante, como verdaderos héroes de un relato bélico.
La crítica ha visto, con razón, cuánto sigue este filme la línea de algunos títulos memorables sobre el periodismo investigativo, y principalmente a All The President’s Men (1976) de Alan J. Pakula. Tampoco resulta imposible olvidar la más reciente Spotlight (2015), galardonada con el Oscar de ese año. Es posible que haya sido esta última, todavía muy fresca en la memoria de los decisores de la Academia de Hollywood, un motivo de peso que impidiera la decisión de pasar por alto el filme de Spielberg. En todas esas películas el retrato del periodismo norteamericano pacta con un discurso maniqueo y, por razones obvias, muestra su costado más dúctil. Aunque no está a la altura de la emblemática realización de Pakula, The Post: los oscuros secretos del Pentágono termina justamente donde esta última empieza, y a pesar de la distancia entre las fechas de realización de una y otra, la película de Spielberg resulta una suerte de curiosa “precuela” de la anterior, con ese final nota cinco en el cual su director parece lanzar, recurriendo a las lecciones de la Historia, un par de atrevidas advertencias a quienes, desde el poder, intentan obstaculizar la libertad de prensa, a la manera del “buen” amigo que no desea no hallar culpables. Ω

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