Ecos, resonancias, de la XIII Bienal de La Habana

Por: José Antonio Michelena

Bienal de La Habana
Bienal de La Habana

Hacer un megaevento de las principales citas internacionales se ha convertido en una costumbre en el sistema de la cultura cubana, ya sea la Feria Internacional del Libro, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano o la Bienal de La Habana. La última Bienal no ha sido diferente: multiplicidad de instituciones se involucraron en el festival de imágenes que recorrió la capital y otras provincias con propuestas disímiles.
La mayor plaza de las artes visuales en la Isla se tomó, para esta edición, cuatro años en ofrecerse al público. Extendida por varias decenas de galerías, entre muestras principales y colaterales, la cuatrienal también incluyó la exposición de obras situadas en espacios públicos, como el malecón, el Paseo del Prado y la calle Línea, en El Vedado.
Entre otras cuestiones que le inquietan, este redactor se pregunta para qué esperar tanto tiempo si la mayoría de las exposiciones solo podrían ser vistas entre abril y mayo. ¿Cómo puede un espectador encontrar tiempo para visitar tantos espacios? ¿Acaso no podían haberlas realizado de manera escalonada a lo largo del año (o del ciclo)? ¿Y por qué le siguen llamando bienal?

Arte cubano en el Museo Nacional

Si la XIII Bienal fue un megaevento, el edificio de arte cubano del Museo Nacional de Bellas Artes brinda una megaexposición –en consonancia con el programa general, diseñado a gran escala– que permanecerá abierta todo el año. Bajo la nominación temática La posibilidad infinita. Pensar la nación, el MNBA construyó una antología de antologías, el ensamblaje de cinco exposiciones que persiguen el propósito de hacer un relato de nación, según el director de la institución, Jorge Fernández Torres.
La posibilidad infinita… está conformada por “Isla de azúcar”; “Más allá de la utopía. Las relecturas de la historia”; “El espejo de los enigmas. Apuntes sobre la cubanidad”; “Nada personal”; y “Museos interiores”. Las obras que integran las muestras, salvo excepciones, son parte de las colecciones del museo, pero aquí están en función de las ideas rectoras del relato: “Hacer un recorrido de carácter etnográfico, antropológico e histórico por las disímiles acepciones que puede tener el objeto como valor simbólico”, al decir de Fernández Torres.
La narrativa que conduce el discurso de La posibilidad infinita… se expresa en diferentes formas, técnicas y soportes: pintura, grabado, escultura, fotografía, serigrafía, instalaciones, videos, música, literatura, además de objetos y documentos múltiples. El resultado de ese panorama –que recorre la historia del arte cubano– puede ser conceptualmente correcto, pero apabullante para el espectador.
Por lo general, quien asiste a la Bienal busca algo distinto, va con el afán de encontrar lo novedoso. En ese sentido, “Museos interiores”, situada en la planta baja del edificio, está en sintonía con esa búsqueda: en Partitura, de Carlos Garaicoa; Alacenas, de Los Carpinteros; Las materias, de José Manuel Fors; Regata, de Kcho; Taller de reparaciones, de René Francisco; y Arpegio, de José Villa, hallamos esa sustancia artística inefable que nos sorprende, nos provoca, nos seduce, nos estimula, nos divierte y nos hace pensar.

Experiencias diversas en el Centro Wifredo Lam

El Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam acogió en su sede varias exposiciones muy atractivas en conexión con lo novedoso y desconocido aludido antes. En primer lugar, estaban los tapices de Abdoulaye Konaté, de Mali.
Las obras del artista africano conjugan belleza, creatividad, inteligencia, profundidad de ideas. El trabajo sobre soporte textil destaca por el empleo de varias técnicas, diseño y representación de los temas, y es de tan compleja laboriosidad que exige un equipo de colaboradores.
Luego estaban, la videoproyección Del sonido de la labor: cantos de trabajo, de Tania Candiani (México); el performance Transferencia, de Clemens Krauss (Austria); el video con esculturas, Evidencias, de Fernando Foglino (Uruguay); el video Stasis, de Maya Watanabe; la instalación Blanco, de Tamara Campo, y los óleos de David Beltrán, ambos de Cuba.
En la obra de Candiani se entrecruzan diversas disciplinas del arte y los estudios culturales. La fusión de la palabra, el sonido y las imágenes de los escenarios investigados crea su propio lenguaje, su propio modo de expresión.
Video, escultura y discurso oral también se conjugan en la obra de Fernando Foglino, pero con mayor protagonismo visual del autor. Bajo el presupuesto de contraponer los términos vandalismo –utilizado por la prensa– y manifestación –el que le parece correcto–, el uruguayo aborda “el complejo tema de la destrucción del arte desde la ficción y el arte contemporáneo”, según sus palabras.
La representación de piezas escultóricas –las evidencias– que han sido robadas de diferentes obras de arte es acompañada por un video en el que Foglino desarrolla su tesis y teje un relato sobre la historia de cada pieza, a las que califica de trofeos de guerra.
La parte menos sólida en el trabajo del uruguayo es la referida a los sustraídos espejuelos de la escultura de John Lennon en La Habana. Exhibida en un video independiente, la filmación solo recoge las palabras del custodio de la estatua, que son una versión ingenua del discurso oficial, lo cual no deja de ser una paradoja, porque, declara Foglino, “los monumentos públicos cuentan el relato oficial de los países”, y él se propuso desmontar ese relato.
Las obras de Maya Watanabe, Tamara Campo y David Beltrán, desde sus expresiones respectivas, nos sumergen en un espacio de reflexión, meditación, recogimiento, bienestar, contemplación, de acuerdo con la experiencia y la respuesta de cada cual.
Finalmente, para ver los resultados de las sesiones de psicoanálisis de Clemens Krauss debemos esperar por la realización del mural que hará el artista-terapeuta en el patio del Centro Wifredo Lam: “un correlato físico de la experiencia personal de Krauss y de una externalización emergente colectiva e inconsciente”, de acuerdo con el texto promocional.

Los encantos del espacio público

El malecón y el Paseo del Prado, dos de los espacios más populares y simbólicos de La Habana, se articularon en el corpus de la Bienal con técnicas y narrativas diversas, pensadas para el espacio público, en un rico surtido de representaciones.
Las obras diseminadas por el malecón, pertenecientes al proyecto sociocultural Detrás del Muro (dedelmu), se ofrecieron al caminante en diálogo permanente con el entorno, obligando a una doble lectura. Al observar la escultura de metal gigantesca, esa especie de silla-mirador, el espectador debe tener presente el enclave fronterizo que subraya el sentido de la proposición.
El tramo comprendido entre el parque Maceo y la fortaleza de La Punta posee esa mezcla arquitectónica variopinta, muy propia de Centro Habana, donde conviven edificaciones recientes o conservadas y construcciones en ruinas, un topos de sabor local que ha sido explotado en altas dosis por el cine, el videoclip y la literatura.
Una pieza atractiva y representativa (por su marca significante) es la estructura de hierro que sostiene seis envolturas inflables que semejan ¿pétalos, peces, pájaros? y está situada frente a los escombros de un edificio; poseída de una extraña belleza, esa construcción es una criatura proveniente del universo posmoderno, al igual que numerosos artefactos que “pastan” en las aceras, entre edificaciones, ruinas y mar.
Esculturas, objetos esculturados, instalaciones, fotografías, performances, diseño arquitectónico, intervención artística, forman un inquietante discurso visual cargado de provocaciones hacia el receptor donde no pocas veces destaca la intención lúdica; un discurso para trascender el acto de la contemplación y movilizar lecturas desde una mirada inteligente.
Detrás del Muro, un proyecto liderado por el artista cubano Juan Delgado, participó por tercera vez en la Bienal, en esta ocasión con setenta creadores entre cubanos y extranjeros, ahora con el propósito de sostener una interacción mayor con el tejido social, bajo el tema “Escenario líquido”. Las obras de dedelmu continuarán en el espacio público hasta noviembre como celebración del 500 aniversario de la ciudad.
Sería interesante realizar encuestas filmadas para descubrir las interpretaciones que hacen los diferentes públicos sobre esas obras, qué piensan sobre ellas, cómo las reciben.

A la sombra de la institución

Bienal de La Habana
Bienal de La Habana

Casi sin desviarse de su andar, el paseante atento al ritmo de las artes en el malecón, podía entrar al Palacio de las Cariátides, la edificación que sirve de sede al Centro Hispanoamericano de Cultura (CHC), institución donde también discursó la Bienal.
Entre las obras expuestas en el CHC llamó nuestra atención, de manera especial, la muestra fotográfica de la brasileña Lais Myrrha, por su conexión teórico-práctica con los sucesos que tienen lugar afuera. Lais ofrece una apoyatura conceptual tan valiosa sobre la devastación constructiva y sus efectos que vale la pena conocer al menos dos de sus enunciados:

“Desmantelamiento físico: Es producto de una operación voluntaria o de un evento fortuito que causa el deterioro físico, completo o parcial de determinada construcción. No obstante, no hay desmantelamiento físico que no sea, en cierta medida, también simbólico. Por eso decir ‘la casa del hombre se derrumbó’ puede significar más que un acumulado de vigas y ladrillos dispersos sobre el suelo.
”Desmantelamiento simbólico: En este tipo de desmantelamiento el aspecto físico de una edificación puede sufrir apenas pequeñas modificaciones o, incluso, permanecer intacto. Este tipo de desmantelamiento es tan poderoso que no sería extaño ver a un transeunte en plena vía pública tropezar con un monumento”.
[Lais Myrrha: Breve cronografía dos desmanches, 2012-2019].

Utopías en el Prado

Como la entrada a un oasis, luego de su extensa caminata por el malecón, llegó el viajero al Paseo del Prado y qué encontró allí: el propio paisaje recorrido, pero proyectado en la recámara del sueño, envuelto en la aureola de lo real-maravilloso. Se trata de Utopías en Prado, la monumental galería al aire libre de Gabriel Guerra Bianchini. Dieciséis fotografías imantadas por los encantos de la luz en ese sitio único de la urbe. Aquí conviven varias generaciones que comparten la magia del malecón, el espacio de mayor democracia y socialización en la capital. Niños que pescan sueños; ancianos que buscan otra realidad en sus teléfonos; enamorados que se convierten en reflejos de sí mismos; atardeceres que devuelven la fe.
La XIII Bienal de la Habana discurrió/discurre también por otros espacios urbanos pulsando el diálogo arte-sociedad. Ω

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