Servicio sanitario

Por: Ronald Antonio Ramírez

documental El año en que no hubo año

El año en que no hubo año (2018) nos dice dos cosas.
Primero, que su realizador, Fernando Almeida, el director de este documental, tiene pretensiones en grande. Este bisoño self-made-man probablemente no haya visto muchas películas en su vida y ni tenga la más mínima idea de cómo hacer un material de su tipo en el género de no ficción, pero, aun así, con su telefonito, es capaz de lograr planos de una belleza sutil, como esos en los que basta nada más emplazar su cámara de un modo en que el recurso de la elipsis visual y la voz en off lo dicen todo. De este material, salvo el modo escolar en que culmina –con ese agradecimiento estilo power-point, que acaba por lesionar casi todo–, los desajustes en la iluminación de algunos planos en movimiento y otros también, sin sonido directo, que a las claras nos confirman que este filme no tomó baños de posproducción, todo lo demás es atendible y merece mi reconocimiento.
La concepción del plano instiga el involucramiento del espectador con la historia, ora con una adecuada planificación de la perspectiva para engranar sus componentes de enunciación, ora de manera estática o en pose desaliñada. En uno u otro registro desanda el diseño de la fotografía; sus frecuentes saltos temporales no pierden milagrosamente la fluidez del discurso –algo muy raro en la obra de un primerizo–, aun cuando el montaje hace uso de escenas francamente descartables y otras de una puerilidad colosal, como esa del letrero que pretende, más que el énfasis, la cacofonía del mensaje estético. El año en que no hubo año se ampara en el testimonio colectivo que, en su inexperiencia etaria, suelta estampidos –no palabras–, como los de pistoletazos a quemarropa. ¡Y cómo suenan!
Segundo, que a Fernando Almeida el servicio militar le ha dejado un gustillo, una afición –digamos que “temeraria”– por el TNT. Su documental y un paquete de dinamita pura resultan la misma cosa, pero de esas que explotan de verdad y no dejan un cristiano vivo. No me interesa polemizar aquí si estos muchachos tienen razón o no, en sus modos de entender hasta qué punto resulta factible la aplicación, en tanto ley, del servicio militar obligatorio en Cuba –dicho sea de paso, no es exclusivo de nuestro país pues en otras geografías del mundo, como la lejana y neutral Suiza, por ejemplo, es también obligatorio por ley–, sino resaltar lo que late tras inconformidades y posturas de denuncias: el rostro no visible de lo que antes, en el discurso oficial, se enunciaba –y asimilaba, además– como un deber sacro.
Cumplir con el “llamado de la patria”, nos comenta un soldado, tiene el mismo sabor de una ironía que para nada intenta la subversión; antes bien aflora la sincera ingenuidad de quien se encoge de hombros porque realmente lo que le importa –válido deseo el suyo– es estar durmiendo en casa, en camita caliente y bien bañado. Algunos, como Fernando, tuvieron la suerte de pasar el “diferido” revisando vasitos espirituales o recolectando larvas de mosquitos; otros, como el que estuvo preso por defender a su compañero de las injusticias del poder, las pasaron peores.
Uno ve este documental y tiene que concordar no más por lo que dice sino en el cómo lo dice, asentir con el pecho apretado ante cada testimonio que transparenta lo que muchos prefieren todavía no reconocer: en tiempos donde la pos-ideología está de moda, he aquí el espíritu de una generación desencantada que ya no cree, para bien o para mal, ni en la madre de los tomates. Lo digo en el mejor sentido. Vivir el presente y punto; el compromiso de antaño, el “cumplimiento del deber”, todo eso es prosa.
Aunque Fernando Almeida debería saber que Cuba no es Costa Rica, bienvenido sea su documental. En la pasada Muestra Joven del ICAIC no alcanzó a competir en el selecto grupo de los que aspiraban a algún premio, pero pudimos apreciarlo en la exhibición colateral de Bonus. Con su factura minimal, esta obrita nos convida a reflexionar si estamos o no preparados, antes de cambiar todo aquello que deba ser cambiado, para algo más importante aún: saber identificar bien, primero que todo, cuáles son las verdaderas cosas que se deben transformar. Ω

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