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Por: Antonio López Sánchez

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En un trabajo anterior, comentaba este escriba sobre la importancia de los pequeños detalles. En especial, estos cobran vital jerarquía cuando redondean (o echan por tierra) el acabado de alguna buena obra. Ahora, con nuevos argumentos sobre este mismo tema, regresamos al ruedo.
Como se sabe, los servicios hospitalarios en Cuba, con sus irrefutables logros y magnas carencias, son un punto neurálgico de los esfuerzos estatales. Grandes recursos se destinan a sostener el mejor posible de los funcionamientos de estos rubros. Valga decir que, como ocurre en otros muchos terrenos, hay contrastes que a ratos rozan lo paradójico. Por una parte, vivimos en un país capaz de hacer una operación a corazón abierto o el más complejo de los trasplantes de órganos sin cobrar un centavo. Por la otra, encontramos salas sucias, baños sin condiciones o la falta eternizada de algún medicamento o implemento, por solo citar algunos males. No obstante, tales escollos pueden tener más o menos soluciones directas, nacidas de la aparición del dinero necesario o de una mayor exigencia o entrega. Sin embargo, cuando el fallo se origina en el factor humano, ahí afloran las mayores preocupaciones.
Un amigo cercano acaba de pasar el duro trance de un ingreso a su madre. En un importante centro hospitalario de la ciudad, la señora tuvo los mejores cuidados posibles. Como parte del protocolo de la estancia, mi amigo recibió un pase que lo acreditaba como acompañante de la enferma. Resulta necesario precisar que dicho hospital tiene más de un acceso y que abarca un área bastante extensa en sus instalaciones. Esto hace que entre una y otra puerta puede haber fácilmente hasta setecientos o mil metros de distancia. Justo en la fecha en que su madre recibía el alta, mientras gestionaba un transporte para regresarla a casa, sufrió el incidente que deslució en un santiamén todo el buen trabajo de la institución.
Después de su última mala noche (todo el que ha acompañado a un enfermo sabe lo mal que se duermen esas horas, en una butaca, pendiente del aquejado, de medicamentos, sueros, en fin), y ya a media mañana, necesitó salir un momento del hospital. Cuál no sería su sorpresa al descubrir que la compañera que custodiaba ese día una de las salidas secundarias, mantenía cerrado el acceso, no a cal y canto, pero sí a candado y reja, bajo el argumento de que dicha vía era solo para los trabajadores del lugar.
Mi amigo mostró su pase, arguyó que por ese mismo sitio había entrado y salido innumerables veces en esos días, pero fue en vano. Como un morboso premio a su poder minúsculo, o satisfecha con la práctica de algún sádico entretenimiento, la custodio pasó toda la mañana con una larga hilera de iracundos viandantes a ambos lados de la reja, que veían frustrada su intención de entrar o salir, con el agravante de encarar entonces una enorme caminata para acceder o retirarse del centro de salud.
Además de una estúpida tozudez en cumplir con alguna sacrosanta orientación, o con vaya usted a saber qué retorcido e intolerante designio de su concepto del deber o del contenido de trabajo, el incidente duele por lo ilógico y hasta inhumano del detalle. ¿Cómo aducir que la entrada a un hospital, cualquier entrada, está vetada para acompañantes o, sobre todo, para los enfermos? Porque si bien es cierto que en una institución hospitalaria deben cumplirse ciertas normas de seguridad y comportamiento, con obvias restricciones en el acceso, tales medidas no pueden llevarse al extremo.
Si de verdad se cumplieran de manera rigurosa y como se debe dichas restricciones, no vería uno a tantos vendedores de meriendas, refrescos, panes y confituras, a toda hora, hasta de noche, y no solo en las consultas, sino incluso en las salas de ingresados. Esos van a buscarse la vida, de modo ilegal o no, pero no a poner bombas o envenenar pacientes; ahora bien, el que pone bombas o envenena podría entrar igual, como Pedro por su hospital. Tales asuntos no se resuelven con la tozudez matutina de una vez a la semana.
¿Cómo razonar con el pequeño gran poder de quien tiene las llaves del cielo hospitalario y sin usar una gota de cerebro aduce cumplir órdenes, por absurdas que sean, o por absurdo que sea el modo en que las interpreta? ¿Qué lógica contraponer a la estupidez y a un jorobado derecho bendecido, no por la justicia, sino por el sambenito de la orientación? Tales detalles, pequeños poderes pero que ocasionan grandes molestias, son un fardo que desluce, destruye cualquier buena labor que se haya hecho de la puerta para adentro, sobre todo en un sector tan sensible como el de la salud, pues nadie va de fiesta a un hospital.
Otro detalle, de algún modo emparentado con la salud, pero en otros predios, también ha despertado la mirada reflexiva de este periodista. Hace poco, en medio de la euforia por los 500 años de La Habana, aparecieron unas curiosas calcomanías en algunos depósitos de basura. Las pegatinas instan a botar los desechos a determinadas horas y argumentan acerca de la importancia y bienestar que se deriva de una ciudad limpia. Puede que se me tilde de extremista, pero me parece que tal acto resulta, no diremos una burla para no ofender las buenas intenciones de quien lo ideó, pero sí un gran dislate.
¿Hablamos de horarios para sacar los desechos del hogar, cuando a veces pasan días sin que los contenedores colectores sean recogidos por los camiones del servicio comunal? Que tire la primera piedra el que viva en un barrio donde los latones no se pasen hasta una semana o más desbordados de detritus. Además, en tales casos (y de seguro me repito en esta idea, debe ser la edad) no puede uno dejar de pensar en el dinero que se gastó en diseñar, imprimir, distribuir y pegar las calcomanías de un mensaje que, no ya resulta inefectivo, sino hasta lesivo a la inteligencia y vida diaria de los capitalinos.
Como ocurre en otras ocasiones, tales desaciertos terminan siendo el generador de chacotas, memes digitales o descréditos diversos a las intenciones y acciones del Estado. Al final, el dinero destinado a quizás llevar a término alguna bienintencionada idea o, esperemos que no, a cumplir alguna entusiasta y absurda orientación, se pierde. Esos recursos, hoy tan necesarios en tantas cosas, se invirtieron entonces sin lograr ningún fruto ideológico, educativo o de comportamiento, porque la simple realidad lo echa por tierra. El único consuelo que nos queda es el hecho de que los contenedores, mientras no se desborden de basura, en verdad lucen más bonitos con las coloridas pegatinas.
Por cierto, hay otra cara de esta moneda. Cualquiera que haya reparado en el asunto, notará que sí hay un interés estatal cumplido en la sustitución periódica de los contenedores de basura. Mientras se escriben estas líneas hay unos nuevos, con unos poderosos tornillos que unen la tapa al cuerpo. Tristemente, ya hemos visto algunos donde dichos tornillos han sido sustituidos por alambres. Más censurable aún resulta el hecho de que algunos irresponsables o vándalos malintencionados arrojan colillas encendidas a los contenedores, con el consiguiente incendio de la basura y el deterioro notable o destrucción total del plástico. No son pocas las veces en que el recipiente queda por completo derretido e inservible.
Del asunto de arrojar una colilla encendida a un contenedor de basura hay poco que decir. Nada lo justifica ni ampara. Es una insensatez o una mala acción intencional. Del robo de los tornillos, pues, llovemos sobre mojado. En esos casos, no hay necesidad alguna que justifique el hurto. No es un pedazo de pan que roba un hambriento. ¿Tan irrespetuosos con lo ajeno nos hemos vuelto que ya somos incapaces de respetar la propiedad estatal, aunque esta nos sirva a todos? ¿A dónde fueron sesenta años de enseñanza escolar gratuita? No hay sistema social, religión o filosofía que ampare el robo. En el capitalismo, en el socialismo, en el islam o en el budismo, nadie debe coger lo que no le pertenece y merece castigo.
La civilización descansa en la educación y el humanismo, sí, pero también en las leyes y acciones punitivas. Ojalá no haya que regresar a las bárbaras costumbres de los terribles señores feudales, donde el robo terminaba en manos cortadas. Aunque, quizás venga bien al menos rescatar, de uno de esos seriales épicos a lo Juego de tronos, alguno de esos escarmientos medievales. Quién sabe si un spot televisivo, o unas calcomanías, que describan afilados alfanjes, incisivas picas o condenados arrojados a los leones del Coliseo o a los cocodrilos del Nilo, surtan efecto. Tal vez así los ladrones, los custodios obtusos y los entusiastas dictadores de orientaciones absurdas, se llamen al orden, cuiden más los detalles, y nos maltraten menos a nosotros, sus prójimos. Ω

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