Desde el Sminario: Evangelizadores de la vida cotidiana

Por: seminarista Rafael Cruz Dévora

External view of the new Catholic Seminar of Saint Charles and Saint Ambrose in Havana, inaugurated on November 3, 2010. Cuban cardinal Jaime Ortega thanked Cuban former President Fidel Castro and Cuban President Raul Castro, for the state support for the construction of the first Catholic Seminar in Cuba. AFP PHOTO/ADALBERTO ROQUE (Photo credit should read ADALBERTO ROQUE/AFP/Getty Images)

Al pasar por la avenida Monumental, son muchos los que quedan atrapados por la belleza que muestra el inmueble donde reside nuestra casa desde el año 2010. Una gran cruz erguida sobre el edificio central saluda a todos los que van de camino, muy pocos saben de qué lugar se trata. Los seminaristas acostumbramos, sobre todo los fines de semana, a salir o retornar al seminario en una de las guaguas públicas que pasan por aquella zona, el A21 y en muchas ocasiones se nos ha preguntado “¿qué es ese lugar?, ¿quiénes viven ahí?”, sin faltar los ya conocedores del asunto que nos preguntan directamente: “¿ustedes son los del convento?”.
Un gran cartel anuncia claramente Seminario San Carlos y San Ambrosio, pero eso no todas las personas lo entienden. Casi siempre explicamos que somos seminaristas, y como eso no suele dejar a la gente contenta, hay que decirlo de la manera más popular: “los que estudiamos para ser curas de la Iglesia católica”. Entonces sí que nos entienden, pero no cesan las preguntas: “¿Curas?, ¿y eso todavía existe en Cuba?, ¿eso no se estudia en Roma?, ¿ustedes son los que pueden ser papas?”.
El pueblo se asombra ante la noticia del hombre de Dios y nosotros nos asombramos ante el desconocimiento generalizado de la gente sobre el asunto. Antes, mucho antes, todos, al menos de oídas sabían qué era el Seminario, y para qué se estudiaba en él. Pero la realidad de nuestros tiempos es distinta; el pueblo sabe que existen los curas y algunos al escucharnos hasta nos piden que los bendigamos, o nos dicen: ¡“Qué bonita es esa carrera!”. Pero no hay una profundidad en el comprender por qué un hombre quiere entregarse totalmente a Dios. De hecho, al conversar sobre la vocación sacerdotal con algún encontradizo, el diálogo con frecuencia termina volcado en una entrevista y enseguida las preguntas clásicas: “¿y no te puedes casar?, ¿y no puedes tener hijos?”. Es como un libro de cuentos del que ya te imaginas el final, siempre igual.
Y otra vez a comenzar: “no, no nos casamos, no tendremos hijos, somos hombres de y para Dios con la totalidad de nuestro ser”. Esto puede parecer pavoroso, al fin y al cabo cuando el otro te pregunta por la esposa o por los hijos está crucificando de antemano la trascendencia, está diciéndote, también con su inconsciente: “¿no vas a tener alguien tangible con quien llorar o reír en el lecho?”, o lo que puede parecer más aterrador para el hombre, quizás no solo el de hoy sino el de todos los tiempos, “al final de tus días, ¿no habrá nadie que te cuide, te tendrás que marchar a un asilo, te morirás solo?”.
El sacerdocio es un camino vocacional, que no hemos comenzado nosotros sino el Señor Jesús y que con su ayuda vamos desandando poco a poco. Este camino se realiza diariamente, cuando el Padre por la acción del Espíritu Santo multiplica y transforma nuestro trozo de pan y nuestro poco de vino, para dar sentido a esta vida que carece de esencia sin la presencia real y personal de su Hijo amado, nuestro Salvador. La vida sacerdotal es también la ofrenda continua del celibato y la castidad, del no casarse, del no tener hijos, no como obligación impuesta sino como anticipo de la vida eterna donde seremos como ángeles. Es ofrenda de la obediencia y la pobreza para ser como Cristo. El sacerdocio es el regalo por el que la Trinidad continúa bendiciendo a la creación a través de los sacramentos. El sacerdote no es un hombre con capacidades absolutas y sobrenaturales, sino un hombre llamado por el Absoluto y Sobrenatural, que lo auxilia con su misericordia para que pueda permanecer fiel a la vocación a la que ha sido invitado.
Los seminaristas pasamos por la vida anunciando desde ahora aquello que nos conmueve y nos desborda de alegría, diciendo a todos que no se puede echar en saco roto la gracia de Dios e invitándoles a vivir con intensidad su vocación común, la de la santidad, esa que nos convida a ser mejores cada día por amor a Cristo y a los hermanos, sin importar el lugar en el que nos encontremos o por donde andemos.
Seamos siempre sembradores de esperanza en el mundo, aunque algunos, por nuestra llamada, optemos por la vida célibe. Y no importa si tengamos que estar leyendo el mismo libro de cuentos en la multitud de una guagua, donde también se nos invita a evangelizar y a ayudar a los demás a encontrarse con la persona de Cristo, consuelo de nuestras penas y causa de nuestras alegrías. Ω

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