La extraña que permanece

Por: Teresa Díaz Canals

“Hay un cúmulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí,

y son, sin embargo, la clave

de la paz pública, la elevación

espiritual, y la grandeza patria”.

José Martí

“Maestros ambulantes”

 

 

Hace un tiempo arribé a la edad de jubilación como docente, no obstante, de alguna manera continúo –bajo otras circunstancias– activa en esta profesión. Quien –parafraseando a Dulce María Loynaz– sin dejar huellas, entregó su vida entera a la Academia, hoy dejo este testimonio acerca de lo que ha significado en mi caso el ejercicio de tal actividad.

No tengo la menor idea del tiempo que demorarán mis palabras en aparecer al público lector, por tanto, no constituirán una respuesta directa a una declaración reciente de una funcionaria sobre cómo debe ser un profesor universitario en Cuba. Si no haces y repites como un loro lo que digo, porque sí, serás expulsado de esta institución, fue su mensaje. La empleada, con un elevado cargo en la estructura dentro del sistema de educación superior, llamó una vez más a la incondicionalidad a ciegas, a la repetición a ultranza de un esquematismo pasado. No hablaré en nombre de ese claustro al que pertenecí por más de treinta y cinco años, no me corresponde, pero siento necesidad en el plano personal de expresar algo. No es posible guardar silencio, los profesores no somos idiotas ni todos somos filósofos “de cartón”. Debo confesar que me molestó ese discurso vocinglero, retrógrado, maniqueo, amenazante y, sobre todo, triste.

Antes, aclaro que fui una mujer dedicada a la labor de la enseñanza en la Universidad sin grandes estridencias, una perfecta desconocida en el medio, sin medallas, ni certificados de “emulación socialista”. Mis premios han sido pocos, sin embargo, de una profundidad extrema, como el haber sido convocada una vez –junto a algunos destacados colegas de la facultad– por iniciativa de los mismos estudiantes, para entregarme un sello que decía: Académico de Honor. Lo otro, han sido breves anécdotas que me alimentan hasta el día de hoy, como esa donde un alumno de la Facultad de Matemática, donde se me designó durante varios cursos a impartir clases en el área de ciencias sociales, me escribió en un papel al terminar el semestre docente, pues tenía la costumbre de pedirle a los estudiantes opiniones sobre la calidad de la docencia impartida de manera anónima: “Profesora, le escribo mi nombre, porque si no lo hago, su curso no tendría ningún sentido. Ud. ha sido la única que nos ha enseñado lo bueno y lo malo del socialismo. Le pido por favor, no cambie, porque si Ud. cambia, sus clases no servirían de nada”. Me emocionó mucho, guardé ese pequeño escrito y hoy es el equivalente al galardón por “La obra de toda la vida” que no recibí.

En realidad, ese papelito amarillento mencionado más arriba, es un tesoro incomparablemente mayor que un cuadro oficial, frío, que no habla del dolor de los noventa, de las incomprensiones, del miedo a la censura por tus ideas, del café y el cigarro que consumíamos para mitigar el hambre, de la bicicleta para llegar a tiempo a los turnos de clases, no refleja la angustia de la ropa y los zapatos impresentables, los años estudiando en condiciones precarias, sin computadoras, para que un tribunal te entregara un flamante título de Doctor en Ciencias Filosóficas y después recibir nada para mejorar la calidad de vida.

Una vez le narré a un grupo de la carrera de Sociología en la asignatura de Pensamiento Cubano el encuentro entre José Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez en un hotel de Nueva York, donde se alojaba el general dominicano. Este último, quien había recibido una toalla de un empleado para que tomara su baño, le dijo de manera áspera al Apóstol, atienda lo que tiene que decirle Maceo, subvalorando su persona. Martí se indignó en silencio, no dijo nada en ese momento y se retiró de la habitación. A los pocos días, ya sereno, escribió su famosa carta a Gómez del 20 de octubre de 1884. Ojalá la persona que asumió el derecho de definir qué significa ser un profesor universitario en esta Isla se la lea algún día, porque en ella se concentra la esencia martiana de lo que se debe entender por democracia: “Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”. Y dijo más el Maestro en la misiva: “La patria no es de nadie, y si es de alguien será, y esto solo en espíritu, de quien la sirva con mayor desprendimiento e inteligencia”.1

Ojalá todos los burócratas que estén vinculados a la educación en esta tierra, se acaben de dar cuenta que la solución de nuestros problemas no se encuentra en consignas y expresiones huecas, porque, entre otras cosas: “se necesita abrir una campaña de ternura y de ciencia, y crear para ella un cuerpo, que no existe, de maestros misioneros”2 y no de dóciles repetidores. Ω

 

 

Notas

[1] José Martí: “Carta al general Máximo Gómez”, en Obras completas, edición crítica, La Habana, 2010, t. 17, pp. 384-387.

2 José Martí: “Maestros ambulantes”, en Obras completas, edición crítica, La Habana, 2011, p. 188.

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