Cómo descubrí la Academia Cubana de la Lengua

Por Dr. Roberto Méndez Martínez

La Academia Cubana de la Lengua cumple este año nueve décadas de fundada. En 1926 dieron fruto las gestiones de Fernando Ortiz y de José María Chacón y Calvo, y la Real Academia Española reconoció la existencia de una institución correspondiente en la mayor de las Antillas. El decano de los intelectuales cubanos de la época: Enrique José Varona fue elegido como primer director, mientras que sus sillones eran ocupados por figuras relevantes de la literatura, la docencia y el foro: Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén, Rafael Montoro, Manuel Márquez Sterling y Carlos M. Trelles, entre otros. Se iniciaba así una existencia azarosa, con frecuencia precaria, en la que la institución sobrevivió, a veces sin sede ni apoyo oficial, pero sin interrumpir su servicio a favor del idioma y de la cultura nacional. A lo largo de su existencia, formaron parte de ella ilustres miembros de la jerarquía católica, como los arzobispos de La Habana SE Card. Manuel Arteaga y Betancourt y monseñor Evelio Díaz Cía y más recientemente monseñor Carlos Manuel de Céspedes García-Menocal.

En la actualidad, forma parte de mi vida asistir, en mi condición de miembro de número, a las sesiones que se celebran cada mes en el Colegio Universitario San Gerónimo, así como a los ciclos de conferencias y a los actos por el Día del Idioma en la vecina Plaza de San Juan de Dios. Con frecuencia recuerdo, como si se tratara de un sueño, las circunstancias que me permitieron conocer la institución en mi temprana juventud.

En alguna parte he contado cómo, en los días iniciales de septiembre de 1976, llegué a La Habana, con una boleta de matrícula para la carrera de Sociología, una enorme maleta de cartón a rayas y muchísimos deseos, propios de un poeta novel, de conquistar la ciudad, como en otro tiempo –el novelesco– pretendiera Lucien de Rubempré en el París balzaciano.

En la maleta, que contaba con más edad que yo, venían las señas de algunos conocidos de la familia en la capital. No viene al caso la relación de esos encuentros y desencuentros que el tiempo ha ido –piadosamente– borrando, salvo en un caso. Gracias a un número telefónico, pude acercarme a una figura injustamente olvidada: Ernesto Dihigo y López Trigo, quien al inicio era para mí solo un abogado jubilado, compañero de estudios y amigo distante de mi abuelo materno, pero en el que fui reconociendo, en sucesivas visitas a su acogedora casa de Miramar, siempre cuidada y vigilada por su esposa Caruca Larrondo, otras muchas cualidades: era hijo del profesor, filólogo y lingüista Juan Miguel Dihigo y Mestre, algunos de cuyos trabajos inconclusos procuraba continuar, además de ser un especialista en Derecho Romano, diplomático jubilado –había representado a Cuba en la Liga de las Naciones y luego, en 1959, fue embajador en Estados Unidos–, pero ante todo era un hombre amable, sencillo, excelente conversador, capaz de soportar la pedantería de un aprendiz de poeta que se atrevió a decirle en su cara que aquel estudio que le ocupara tantos años de existencia: el inventario de los cubanis-mos en Cecilia Valdés, era un “asunto árido”. Una de sus virtudes era la paciencia con los jóvenes y por eso, en vez de arrojarme a la calle, me ofreció invitaciones para las sesiones públicas de la Academia Cubana de la Lengua.

Así, yo, un becado con mucho apetito intelectual y gastronómico, me vi una tarde de 1977, con mi única camisa de mangas largas digna de la ocasión, en la calle 19, a las puertas de la casa de Dulce María Loynaz, para una sesión pública de la corporación. Confieso mi turbación ante aquel portero uniformado que parecía vedar la entrada más que franquearla, así como mi incomodidad en aquel portal donde se reunían un grupo de damas y caballeros vestidos según una indefinible moda ancien regime. Aquello, como el propio formato de la sesión, con su campanilla, el tratamiento de “excelentísimos” a los embajadores presentes y la rara mezcla de catedráticos jubilados y nobles arruinados, desde un marqués hasta una vizcondesa, me hicieron sentir como si una máquina del tiempo me hubiera arrojado a una época prenatal.

De aquella primera sesión recuerdo apenas eso que cuento y que me fue presentada Dulce María Loynaz, a la sazón vicedirectora de la institución, lo que me permitió hacerle una visita privada luego… pero eso es ya otro asunto. Vuelvo a ver, como en sueños –han pasado más de treinta años y varios huracanes por la Isla– a Luis Ángel Casas –hijo del compositor camagüeyano Luis Casas Romero– con su melena de paje dieciochesco y su medalla de académico, llevada como quien porta la Orden del Toisón, rodeado de damas que escuchaban sus boutades; la tímida sombra del profesor Tortoló, cuya labor en el terreno lingüístico solo ahora he podido ir aquilatando; y al poeta Arturo Doreste, quien medio siglo antes había sido amigo de mi abuela y que por entonces fungía como bibliotecario de la institución, en un misterioso recinto de la Iglesia de la Merced, prestado al efecto.

Confieso que mi mirada a la Academia entonces no fue muy benévola. Aunque yo fuera lector inveterado de añeja literatura y no un iconoclasta rampante, había demasiadas cosas que no entendía. ¿Por qué la entidad seguía afirmando, que según un decreto prehistórico, el Poeta Nacional era Agustín Acosta y no Nicolás Guillén? ¿Por qué estaban fuera de esa institución las figuras que me parecían más respetables en el panorama nacional, desde el mismo autor de Motivos de son hasta Cintio Vitier, Octavio Smith, Eliseo Diego? ¿Por qué Alejo Carpentier, tan bien conocido por Dulce María, no era siquiera miembro correspondiente? Chacón había muerto hacía una década, Acosta y Labrador Ruiz estaban ausentes en Estados Unidos –aunque sus sillones les habían sido conservados– y el resto de la membresía, salvo Dihigo y Dulce María, me parecían ilustres desconocidos.

Volví a otras sesiones. Pude asistir a dos excelentes piezas oratorias de la autora de Juegos de agua: una dedicada a Delmira Agustini, que años después publicó y otra muy hábil desde el punto de vista de la oratoria forense: debía en ella pronunciar el elogio fúnebre de José de la Luz León, pero al parecer, tal intelectual ni le simpatizaba ni su obra le parecía notable y se valió del recurso de la digresión: resulta que este había dedicado unas páginas a mi coterránea Carmen Zayas Bazán, la controvertida esposa de Martí y a una extensa semblanza y defensa de ella, dedicó Dulce casi todo su discurso.

En aquellos salones entreví a figuras muy variadas: recuerdo en un balance del portal al presbítero y poeta Ángel Gaztelu, a quien nunca me atreví a abordar y también al investigador Armando Álvarez Bravo, autor de aquella Órbita de Lezama que tan importante había sido en mi formación literaria. Por allí andaba también el jurista e historiador Delio Carreras que todavía no era académico sino secretario de actas, aunque su singular cultura y su tenacidad le permitirían un tiempo después acceder a uno de los sillones, que conservaría por muchísimos años.

Quizá la última vez que estuve por allí fue hacia 1980. Luego supe, de manera indirecta, del fallecimiento de Dihigo en Estados Unidos, de la labor en la dirección de Dulce María, del inicio de una nueva época, en la que entraron en la institución Salvador Bueno, Luisa Campuzano, Miguel Barnet… Los tiempos cambiaban, aunque las sesiones públicas conservaran todavía ese aire de celebración de otros momentos, con aquellos brindis en que alternaban unos hojaldres en forma de mariposa y unas yemitas cuya receta nunca pude conseguir, con grandes vasos de sangría color obispo.

En realidad, durante décadas me olvidé de la Academia, me parecía algo lejano y extraño, hasta inicios de 2006, cuando su entonces director, el narrador y periodista Lisandro Otero, me comunicó que había sido propuesto como miembro correspondiente. Confieso que por un instante temí que me convertiría en uno de aquellos señores de otra época que detestaban la literatura cubana de su tiempo tanto como las novelas de García Márquez y Vargas Llosa, y discutían largamente sobre si tal palabra se empleaba o no todavía en Cuba –aunque ellos apenas hablaban entre sí e ignoraban lo que se decía en la calle.

Felizmente, los tiempos habían cambiado, ahora estaban en la Academia varios Premios Nacionales de Literatura, lingüistas de formación moderna, los aires eran otros, pero, no puedo negarlo, cuando una tarde de septiembre de 2006 fui a pronunciar mi discurso de ingreso, en la Sala García Lorca, antigua cochera de la residencia de Dulce María, me pareció que asistían al acto, invisibles, aquellos señores y señoras de antaño y que se reían educadamente de mí, que ahora empezaba a estar, como diría Fina García Marruz, entre “los mayores de edad, los melancólicos, / y qué extraño parece ¿no es verdad?”.

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