¿Colón se fue de Cuba o se lo llevaron?

Por: Lázaro Numa

La catedral de Sevilla muestra al mundo una joya sufragada por el pueblo cubano.
La catedral de Sevilla muestra al mundo una joya sufragada por el pueblo cubano.

Hace unos años me vi ante una colección de fotos de monumentos dedicados a Cristóbal Colón. En todas aparecía un tributo al navegante y a su lado, el amigo que me las mostraba. Ese había sido su pasatiempo favorito durante muchos años. John –así se llama– me aseguró que había estado en la mayoría de las estatuas que se conocían de Colón. Me resultó exagerada su afirmación porque las hay por todas partes del mundo y las fotos no pasaban de una decena, pero debo reconocer que su hobby era curioso.
Al notar incredulidad en mi rostro, preguntó: “¿Lo dudas?, aquí están las pruebas”. Le respondí con otra interrogante: “¿Y dónde están las fotos de La Habana?”. Se conectó de inmediato a Internet y le “preguntó” a Google por la efigie de Colón que yo le refería. Allí la encontró, en el patio del Palacio de los Capitanes Generales. El Almirante en falda, de pie y acariciando su esfera triunfal, como un adivino a su bola de cristal. Aproveché para comenzarle una larga historia que terminé en La Habana un año después. Será la misma que hoy compartiré con los lectores.

En eso llegó Colón
Estando John en Cuba en el año 2016 le comenté que, luego de consumado el Tratado de Paz de Basilea y ante la inminente salida española de Santo Domingo, fray Fernando Portillo y Torres, arzobispo de la diócesis, se preocupó por los restos de Cristóbal Colón que se encontraban en la Catedral Primada de América. Se dirigió sin demora a la Corona y propuso trasladarlos a La Habana. La petición fue aceptada, pero sería “en calidad de depósito” (este es un aspecto clave en toda la historia).
Los restos llegaron a la Isla a bordo del buque San Lorenzo en la mañana del 19 de enero de 1796. Se le rindieron múltiples tributos, todos acordados previamente en reuniones extraordinarias del Cabildo, en ellas se decidió hasta el diseño que debía tener la tapa del nicho mortuorio.

Ha estado en duda siempre si estos restos mortales eran los del Almirante o los de Bartolomé Colón, su hermano mayor. Algunos han sembrado las mismas dudas con los de su hijo Diego Colón. Todo ha sido debido a otros restos encontrados durante unas reparaciones hechas en la catedral dominicana en 1877. Dicen los dominicanos que son los verdaderos del Almirante.
Así llegaron los restos de Colón –o de un Colón– a La Habana, hecho primordial en todo este relato. A partir de aquí comenzaron las historias relacionadas con los intentos de erección de una escultura o monumento del navegante genovés en la ciudad.

De piedra sería el primer intento
En 1794 la Sociedad Patriótica de La Habana, a propuesta del Dr. Tomás Romay, decidió erigir en la ciudad varias estatuas de personalidades relevantes. Una de ellas sería la de Cristóbal Colón. Los fondos no eran muchos, por lo que se determinó que la única de mármol fuera la de Carlos III, las otras se esculpirían en piedra de San Miguel. La del descubridor del mal llamado Nuevo Mundo se llegó a contornear, pero no se continuó trabajando en ella. En 1827, Francisco Rodríguez Cabrera, regidor y comisario de fuentes de la ciudad, defendió la idea de concluirla, pero el capitán general le sugirió que no convendría que dicha obra se esculpiera en ese material, y de esta manera se frustró la primera tentativa.

Otro nuevo intento
En 1850, el regidor Ramón de Montalvo y Calvo propuso en el Cabildo del 22 de febrero la necesidad de levantarle un mausoleo digno a Colón. El Ayuntamiento en pleno votó a favor de la propuesta. En la moción presentada al gobernador se le expresaron los motivos, se acompañó de un dibujo como primera propuesta monumental y se le exhortó a que permitiera realizar una colecta pública con el objetivo de formar los fondos necesarios.
Pasaron cuatro años sin resultado alguno, hasta que el gobernador general José Gutiérrez de la Concha se preocupó por el asunto, y lo llevó al Cabildo el día 9 de mayo de 1854. Allí se determinó elevar a la Corona la petición y solicitar la debida autorización para consolidar la iniciativa. La Reina no demoró en dar su aprobación. Conocida la noticia en La Habana, se convocó a Cabildo Extraordinario el día 29 de julio, y se tomaron las decisiones precisas para comenzar a trabajar. El obelisco se colocaría en el centro de un parque en el antiguo Campo Militar o de Marte, que llevaría ahora el nombre de Parque Cristóbal Colón.
El obispo diocesano Francisco Fleix y Solans se opuso firmemente al proyecto. Le hizo saber el asunto al gobernador, al Cabildo y a la Reina. Pidió que el monumento a Colón se realizara dentro de la Catedral. El pretexto fue muy inteligente, “no poner en riesgos las cenizas de Colón depositadas en ella”.
El 18 de abril de 1859, el Ayuntamiento emitió una tajante solución. La obra tendría un carácter civil y los restos quedarían en la Santa Iglesia Catedral que era su depositaria. Los fondos saldrían de los donativos y de los caudales municipales de La Habana. Se lanzaría una convocatoria internacional para buscar el mejor proyecto. Acto seguido el capitán general le impuso a la junta coordinadora y al Ayuntamiento una camisa de fuerza. El homenaje debía tener un carácter religioso y contener las cenizas. Evidentemente, la autoridad tomó partido a favor de los objetivos eclesiásticos, que no eran otros que preservar la custodia de los restos y aportarle, sin erogación, una obra de valor artístico a la Catedral. Esto paralizó inmediatamente la consolidación del nuevo intento.

Caminando al encuentro de Colón
Una mañana de junio del referido año 2016, John y yo salimos en busca de la estatua de Colón que no tenía en su colección. Le expliqué que el sucesor de Fleix y Solans, el obispo Jacinto María Martínez y Sáez continuó en la línea de su predecesor, pero ni la junta, ni el Ayuntamiento, emitieron jamás criterio alguno al respecto.
Apareció entonces en La Habana el artista italiano Philippe Garbielle con una figura pedestre de Cristóbal Colón, que tenía una factura artística aceptable y estaba hecha en mármol de Carrara. Su autor era otro compatriota, J. Cucchiari. Garbielle se la ofreció al Ayuntamiento por el valor de 4 000 pesos. La compra se efectuó con el dinero de la suscripción universal que desde hacía tiempo se venía realizando para erigirle un monumento a la figura. De esta manera, ya se disponía de una pieza importante, que podía integrarse a un conjunto escultórico después. Sorpresivamente, la instalaron el día 9 de enero de 1862 en el patio del Palacio de los Capitanes Generales. Este fue un espaldarazo gubernamental a los verdaderos intereses de levantar un memorial público a Colón.
En 1870, por coyuntura política, se retira una estatua de Isabel II del Parque Central y se traslada la de Colón para ese lugar. Este fue el primer tributo escultórico público al Almirante en la ciudad. No se mantuvo mucho tiempo allí. En 1875 fue devuelta al patio del Palacio y se colocó de nuevo la de la soberana en su antiguo pedestal. En Cuba se bailaba al compás de los acordes de la metrópoli, “fuera los Reyes de España, baja a Isabel. Regresan los Reyes, sube a Isabel otra vez”.1
Así supo John la historia del Colón que ya tenía frente a él en el patio del Museo de la Ciudad. No lo noté ni sorprendido ni entusiasmado con la foto que se acababa de tomar, probablemente pensó encontrar algo más grandilocuente debido a mis relatos anteriores.
Un sepulcro para Colón y un monumento por el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América
Con motivo de los festejos por el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América, en 1891, se autorizó por la Corona la apertura de un concurso que buscaría las mejores obras para la erección de dos monumentos en La Habana. El primero sería sepulcral. En él se depositarían los restos de Cristóbal Colón y estaría situado en la Catedral de La Habana. El otro se investiría de un carácter conmemorativo por el descubrimiento, su emplazamiento se haría en el Parque Central habanero. En Cuba se liberaron los presupuestos para ambas obras.
El premio del sepulcro fue concedido a Arturo Mélida.2 La obra consistía en cuatro Reyes de Armas sobre un cuadro marmóreo negro de piedra belga. Los Reyes vestirían trajes luctuosos y llevarían en andas el féretro de Colón. Los elementos de bronce fueron fundidos en España por el maestro Ignacio Arias. Simultáneamente a los trabajos en la Península, en el crucero de nuestra Catedral se terminó la base de mármol negro. El panteón funerario quedó concluido y perfectamente instalado en su sitio el 19 de marzo de 1898.
Los pagos de la obra se efectuaron con el dinero cubano, según los acuerdos de las bases del concurso. Los restos de Cristóbal Colón nunca se llegaron a colocar en el sarcófago monumental.
La obra del artista español Antonio Susillo3 fue la galardonada para la construcción del monumento por el Cuarto Centenario. A pesar de eso, se le pidió al autor que sustituyera en el remate la figura del aborigen que aparecía y pusiera en su lugar la de Cristóbal Colón. Susillo aceptó los señalamientos y recompuso el diseño artístico.
El monumento se realizaría en mármol y bronce, por eso se contrató a la casa fundidora francesa M. M. Triebaut Freres, radicada en París. Era la que mejores condiciones tenía para la realización del conjunto escultórico del remate monumental. Todo marchaba bien, pero en 1896 Antonio Susillo se suicida. Algunas fuentes aseguran que el motivo fue una depresión nerviosa, mientras otros alegan cuestiones económicas. La obra ya casi estaba a punto y fue terminada por su equipo. Esta vez también fueron efectuados todos los pagos según lo establecido.
Justo en ese momento histórico, ocurrió el mayor de los inconvenientes, la intervención norteamericana en la guerra entre cubanos y españoles en 1898. El monumento por el Cuarto Centenario del Descubrimiento de América quedó retenido en España.

¿Quién dijo que la historia termina aquí?
Luego de haber llegado a este punto, fue preciso hacer un paréntesis histórico con mi amigo australiano. Le expliqué que después de los oscuros sucesos del Maine, hundida la escuadra de Cervera en la bahía de Santiago de Cuba y firmado el traicionero tratado de París, España perdía sus últimas posesiones coloniales, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El Ministerio de Ultramar le indicó al último capitán general de la Isla de Cuba, Adolfo Jiménez Castellanos y de Tapia que procediera a desmontar el sepulcro de Cristóbal Colón y a exhumar los restos que serían trasladados a España. La orden fue cumplida y el día 12 de diciembre del propio año eran embarcados, sin tenerse en cuenta que el sepulcro había sido sufragado, centavo a centavo, por el pueblo de Cuba. Se consumaba así un despótico y oportunista despojo, quizás el último de la etapa colonial española. Las cenizas de Colón, en su calidad de depósito, se las podían llevar, no nos correspondían, pero el monumento era propiedad nuestra.
Luego de algunas solicitudes de ciudades españolas para ser depositarias del trofeo mortuorio rapiñado a La Habana, se le concedió a la ciudad de Sevilla. Fue colocado en otro pedestal –diferente– en su Catedral. En ese sitio se mantiene hasta nuestros días.
El monumento destinado al Parque Central habanero, también pagado al contado con el dinero de la Isla, no corrió mejor suerte. Estando terminado y empacado, otras ciudades de la Península se lo disputaron. Valladolid fue la afortunada. Allí se yergue el complejo escultórico, sin pudor alguno, en la Plaza Colón.
Ahora el sorprendido fui yo al ver la cara de John, pero comprendí de inmediato la causa. Sobre aquella mesa en la que me mostró las fotos en Australia, estaban las de Sevilla y Valladolid, pero él ignoraba las historias y su relación con la lejana Cuba.

Imágen de Colón en la fachada de la Catedral de La Habana

Una sorpresa final
Luego de haberle mostrado a John la estatua del Palacio de los Capitanes Generales y el nicho del presbiterio de la Catedral, pensó que no había otra cosa que tuviera relación con Cristóbal Colón en la capital de todos los cubanos, pero estaba equivocado. Dimos la vuelta a la Catedral, caminamos hasta la entrada del Centro Cultural Padre Félix Varela, atravesamos el primer portón y justo en la adoquinada cochera, le dije: “Mira para allí”. Quedó más petrificado que la propia imagen de don Cristóbal que se encuentra casi escondida en el lugar.
Es una escultura de piedra, modesta y casi desconocida. Fue creada por el artista cubano Sergio López Mesa en 1956. El día 12 de octubre del mismo año se colocó en una de las hornacinas del frente de la Catedral, donde se mantuvo algún tiempo. Posteriormente, se retiró del sitio porque rompía con la concepción estética y arquitectónica de la fachada. Desde entonces, está situada en la entrada del actual Centro Cultural.
Ahora John contaba con una nueva pieza que mostrar, conocía las verdaderas historias de dos de sus trofeos de viajero y tenía al alcance de su mano otra estatua de Colón, desconocida para muchos, por eso no se hizo esperar la foto. Disfrutaba de una oportunidad nueva y novedosa de engrosar su colección personal. Pocos días después, colgó la imagen en su perfil de Facebook, como el grito de “¡TIERRA!”, de Rodrigo de Triana y me dijo en un correo: “Al final de cuentas Colón no se fue de Cuba, se lo llevaron y lo demás se lo apropiaron. Saludos, John”. Ω

Notas
1 Período español conocido como Sexenio Revolucionario. Comenzó con el triunfo de la revolución de septiembre de 1868 y concluyó con el pronunciamiento de diciembre de 1874, que dio inicio a la Restauración borbónica.
2 Arturo Mélida (Madrid, 24 de julio de 1849-15 de diciembre de 1902) finaliza sus estudios de arquitectura en la Escuela Superior de Arquitectura de Madrid en 1873. Catedrático de la asignatura de Modelado, ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1899. Se le otorgó la Medalla de Oro de la Academia Francesa y la Gran Cruz de la Legión de Honor.
3 Antonio Susillo (Sevilla, 18 de abril de 1857-22 de diciembre de 1896) es considerado uno de los escultores españoles más famosos de la segunda mitad del siglo xix.

8 Comments

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