No es ciudad para grupos vulnerables

Por: José Antonio Michelena

capitolio

Obra que transcurre en cualquier municipio de la ciudad de La Habana, en cualquier día de la semana, salvo que se haga alguna indicación.

Escena 1
La señal de parada está bien clara; sin embargo, inexplicablemente, la guagua se detiene unos cincuenta metros antes. Para llegar hasta allí, los jóvenes corren, los niños corren, algunos adultos mayores corren, pero varios ancianos, un invidente y un señor con bastón, permanecen en su sitio; esperan que el chofer detenga el ómnibus donde corresponde, mas no es así, sigue de largo.
Treinta minutos más tarde, los ancianos, el invidente y el señor del bastón, quienes continúan en la parada, avistan otra guagua, la cual, esta vez, no se detiene antes, sino unos sesenta metros más allá de la señal de parada. Hacia allí corren los jóvenes, los niños, incluso varios adultos mayores, pero el invidente, el señor del bastón y los ancianos de más edad, no pueden hacerlo. Deben seguir esperando.

Escena 2
El anciano se dispone a abordar el ómnibus por la puerta delantera, pero el ayudante del chofer insiste en que monten por la central. En otras ocasiones, el anciano ha tratado de hacerlo y no ha podido. Con mucho trabajo logra subir por delante, mas apenas puede avanzar. Un tumulto lo impide. Junto al chofer hay una joven que mira un teléfono celular y ríe a carcajadas. También ríe el chofer. A su lado, otros dos hombres conversan con él y con el ayudante. En realidad, no conversan, solo tratan de gritar más que el reguetón que brota por las bocinas.
El anciano está cerca de la puerta central cuando la guagua se detiene en la parada, pero el chofer no abre la puerta, se demora, y cuando lo hace, los que quieren descender se traban con los que intentan subir. Cuando el anciano se dispone a bajar, la puerta se cierra. Él le pide al chofer que abra. Es inútil. Nada se oye. El reguetón se impone. La muchacha del celular suelta una carcajada.

Escena 3
El señor se auxilia de un bastón porque tiene la rodilla derecha lesionada. Él está tratando de tomar un taxi botero. Al cabo de un tiempo le para uno, pero no puede acceder al carro porque la altura del escalón se lo impide; entonces, un joven lo auxilia y logra entrar. El señor agradece y da los buenos días a los pasajeros que lo acompañan. Nadie contesta. Al bajar se repite la dificultad y deben ayudarlo. La rodilla lesionada duele.

Escena 4
El señor del bastón ha llegado a una dependencia estatal donde tiene que hacer una gestión importante para él, pero es muy difícil acceder al lugar, porque debe sortear el obstáculo de ascender por unos escalones muy empinados y no han construido rampa alguna para casos como el suyo. No le queda más remedio que soportar el dolor y comienza el ascenso.

Escena 5
La señora caminaba con lentitud, sus piernas enfermas le imponían ese ritmo. En el semáforo donde se cruzan las calzadas de Concha y de Luyanó debía pasar la calle y esperó por el muñequito verde que proyecta el semáforo para los transeúntes. Cuando el muñequito salió, ella comenzó a caminar hacia la acera contraria, pero a los once segundos, cuando apenas iba por la mitad de la calzada, la señal de transeúntes cambió a rojo y los autos avanzaron. Desde entonces la señora no sale de su casa si debe cruzar alguna calle.

Escena 6
Con mucha dificultad, el ciego transitaba por los restos de lo que fuera una acera. Una y otra vez sus pies tropezaban y varias veces perdió el equilibrio. Con el bastón registraba cada palmo del difícil camino. Así avanzaba hasta que el bastón y su olfato le indicaron que una barrera de basura se interponía. Para sortear el basurero, bajó al contén y caminó unos metros por la orilla. Solo unos metros porque otro impedimento mayor lo paralizó. Por suerte, su bastón y su instinto le impidieron caer en el hoyo abierto en plena calle, allí donde faltaba la tapa del registro de la alcantarilla. A su lado los autos pasaban velozmente.

Escena 7
Ella tiene sus oídos dañados. Padece de tinnitus: siente un grillo pitándole de manera perpetua. Es tan molesto que nunca quiere salir de su hogar. Hoy salió a la calle, pero no quizo lidiar con las guaguas. Paró un almendrón. Afortunadamente, el auto no tenía reproductora de música y los pasajeros iban en silencio. Hasta que un joven subió con un artefacto que sonaba como para animar un bailable.

Escena 8
La muchacha subió al ómnibus en la señal de parada. (Apenas había esperado dos minutos). Dio los buenos días al chofer y este le contestó el saludo. Pagó con un peso y el chofer le dio el vuelto. Se sentó de inmediato. Luego se pellizcó muy fuerte y sonrió. La onda expansiva de su sonrisa se extendió por todo el espacio y el tiempo. Ω

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