Céspedes, su última gran lección

Por: Daniel Céspedes

Los silencios quebrados de San Lorenzo
Los silencios quebrados de San Lorenzo

golpeado en lo más íntimo,
al que solo
la extraordinaria solidez
de su carácter
y la entereza moral
con que asumió
su vida política lo conservaron
como el hombre fuerte,
lúcido y a la vez sensible,
a sus casi cincuenta
y cinco años de edad.
Rafael Acosta de Arriba

Por muchas razones, después de José Martí es Carlos Manuel de Céspedes la figura más socorrida de nuestra historia/patria/cultura. Lo entrevemos muy temprano, en el camino de crecimiento personal de cada uno: desde la escuela primaria hasta el devenir de otras etapas formativas, sean profesionales y hasta individuales. Nos llega reiterado y monótono como el iniciador de las guerras de independencia y por tanto del mambisado; nos llega como el liberador de esclavos y el primer presidente de la República de Cuba en Armas; nos llega por la solemnidad de la frase y acto sacrificante, cuando se intentó turbarlo ante la triste noticia de un hijo detenido que fusilarían más tarde; nos llega por el conflicto que sostuvo con los representantes de la Cámara y más tarde por una destitución no siempre bien comprendida y se queda, el Céspedes hombre, reducido para muchos, admitámoslo, en la figura política que, sin discusión, fue.
Ahora, obviamos que proyectos y hechos confluyentes: la coautoría de La bayamesa, la facilidad políglota y su oratoria, el carisma de líder, la práctica de deportes, su desenvoltura para los negocios y su formación como abogado, sus insistentes lecturas… lo hacían en el pasado –a ojos vistas de tanto los que lo admiraron como los que lo denigraron– y para el presente, un ser humano enérgico que necesitó ofrecerse mediante lo cultural. Simbiótico por devoto de la Virgen de la Caridad del Cobre y masón, además, no por gusto fue un hombre de constantes fundaciones: desde el Padre de la Civilidad en Cuba, como registrara en una ocasión Víctor Fowler hasta el antecesor de los presos políticos del contexto nacional.
No sorprende que, de tantos asuntos germinativos, Céspedes, salvo por muy pocos de sus biógrafos, fuera aprehendido mejor por poetas: Martí, Lezama, Fina García Marruz, Cintio Vitier y Fowler. Y si bien Rafael Acosta de Arriba ostenta la categoría de bardo, se nos figura como un rapsoda precursor de un ensayo histórico en favor de quien no parecería caberle más añadidos luego de ser admitido como el Padre de la Patria.
Pudiera uno sospechar del interés de De Arriba por Céspedes en una historiografía que de muchas maneras (para bien y para mal) lo ha “considerado”: artículos, poemas y ensayos, manuales de historia, biografías y la narrativa. ¿Al considerar a un héroe influyente, no será la oportunidad que tiene el doctor en Ciencias Históricas para avalarse? Si fuera así, no dejaría de ser un mérito. Considerar, en rigor, implica recorrer cuanto se ha escrito sobre algo o alguien. Acosta de Arriba ha tenido la dicha de afrontar con paciencia y rigor la admitida bibliografía pasiva sobre Céspedes y los propios textos del fundador de fundadores compartidos desde hace tiempo por otros estudiosos.
Con Los silencios quebrados de San Lorenzo (Ediciones Abril, 2018) en una tercera edición, De Arriba no viene a avalarse –no lo necesita– porque lo suyo con el notable cubano es de un afecto honesto e intelectual que lo aleja del cortejo panegírico o fanático. Más que un entusiasmo, tres libros sobre el gran bayamés denotan pasión razonable por una de las figuras cubanas más polémicas de todos los tiempos, la de aquel que fue despojándose, paulatinamente, de todo lo que tenía –que no era poco–, porque no pudo desdecirse de cuanto defendía. Con lo que pudiéramos conocer de Céspedes, todavía se nos esboza asediado por omisiones simbólicamente efímeras pero necesarias, como el instante terrible de despeñarse por un barranco aquel 27 de febrero de 1874, casi ciego, ya herido de muerte y antes, quizás, consciente de la traición cercana.
Bastarían textos como “El señorío de la imagen”, “La biografía, búsqueda del ausente”, “Entre el hombre, su imagen y la Historia”, o el que da título a este libro para confirmar a Rafael Acosta de Arriba como uno de los indispensables cespedistas de ayer y de hoy. Pero nos entrega un libro coral que lo reconoce inconcluso, pues sabe que vendrán otras ediciones según aparezcan más documentos históricos y se decidan a aportar nuevas aristas de Céspedes. Esperemos asimismo por una película que, asentada en lo terrenal de la humana figura, ya desde las páginas de la novela de Evelio Traba (El camino de la desobediencia), de las cartas o diarios del Hombre del 68 o desde la cautela de un guionista arriesgado que, soslayando compromisos oficiales, cruce informaciones para darnos la proximidad auténtica del hombre y no la solemnidad infranqueable de la escultura.
Los silencios quebrados de San Lorenzo no es una biografía sobre Carlos Manuel de Céspedes. Al entretejer sus (in)dependencias reflexivas de hace más de veinte años sobre el hombre detrás del calificativo Padre de la Patria, Rafael Acosta de Arriba nos entrega un ensayo sobresaliente en escritura y argumentos, cercano un rato al monumental conjunto temático y estilístico que representa el Quevedo de Fina García Marruz. Con Los silencios quebrados…, De Arriba supera incluso algunos de sus textos destacadísimos sobre arte, lo cual prueba que, con frecuencia, la complacencia de un contenido está garantizada para el lector, porque el autor simpatizaba de antemano con un tema ya familiar por conquistado. De ahí la frescura de intervenir lo histórico cual investigador que, al instante, metaforiza la narración ensayística. Más allá del respeto hacia fechas y acontecimientos, la historia se reinterpreta y requiere contarse con juicios críticos. Lo tiene en cuenta el biógrafo y del mismo modo Rafael que, aunque opta por el ensayo, se ampara en las ventajas de la biografía como instrumento porque “es lo más preciso de que dispone la creación literaria, ya sea historiográfica o no, para examinar a fondo una personalidad histórica. Ya hemos visto que trabajos de este género sobre Céspedes son escasos, y pudiera agregar que de pobre rigor en cuanto a las pretensiones de cada texto”.1 El libro posee el mérito adicional de recomendar –reparos sin intermisión mediante– lo minúsculo y mayor escrito sobre el hombre y el héroe.
El volumen puede leerse optándose por el acápite preferido. No es preciso seguir un camino fijo. De hecho, no solo “Los silencios quebrados de San Lorenzo” y “Las claves están en San Lorenzo” le permiten al lector una suerte de retrospectiva hacia sucesos concernientes a los días más benévolos del héroe imperfecto y complejo, sino que cada capítulo recae en la caída del general en jefe del Ejército Libertador, del presidente viejo. Y, no obstante ser un texto sobre la postura ante la derrota y la muerte inquietante, las páginas de Los silencios quebrados de San Lorenzo trascienden –como la voz escrita de Céspedes– en ese agasajo a la persona que, pese a las peores situaciones existenciales, nos ofreció también la primera gran lección de cómo la vitalidad, inmolándose, puede ser aún generosa para los destinos de una nación. Ω

Nota
1 Rafael Acosta de Arriba: Los silencios quebrados de San Lorenzo, La Habana, Ediciones Abril, 3era. edición corregida y aumentada por el autor, 2018, p. 70.

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