Venturas y desventuras de un presidente cordial

Por: Yoel Prado Rodríguez

Carlos Prío Socarrás
Carlos Prío Socarrás

Con una amplia sonrisa iluminándole el rostro y la aureola de ser un hombre cordial, llegó al poder en 1948 el último presidente de Cuba elegido por voto directo de los electores en unos co-micios libres que no volverían a repetirse durante la era republicana. Siendo aún bastante joven –tenía apenas 45 años– y tras un ascenso meteórico, el doctor Carlos Prío Socarrás se convirtió en primer mandatario de la Nación.

Su gobierno, ampliamente criticado y muy mal estudiado por la historiografía, quedó como postrer ejercicio democrático en tiempos de la República y como pórtico de una de nuestras más terribles calamidades históricas: el golpe militar del 10 de marzo de 1952. Fueron menos de cuatro años en los que Prío encaró problemas que no siempre consiguió resolver, pero que contemplados ahora, a la altura de más de medio siglo, dejan la sensación de que aquella fue una etapa positiva.
Cada político, si actúa con un mínimo de independencia y originalidad, le imprime a su gestión una huella imborrable. Carlos Prío legó la suya. Para definirla hay que escudriñar un poco en su personalidad, no tan atractiva como la de su predecesor, Ramón Grau San Martín, aunque sí con ciertas complejidades que sugieren el por qué de determinadas actitudes.
Prío era un hombre contradictorio: audaz y timorato a la vez, capaz de enfrentarse a una dictadura sangrienta como la de Gerardo Machado y, al mismo tiempo, increíblemente dócil frente al madrugonazo de Fulgencio Batista. Me cuesta admitir que haya sido el mismo personaje el que actuara en ambos escenarios históricos de forma tan diferente. Dicen que esta duplicidad tuvo algo que ver con la frustración que sentía al no haber podido ser actor. Lo que sí resulta obvio es cuán cambiante se mostraba su personalidad. El opositor infatigable, el legislador creativo y el ministro enérgico eran apenas tres facetas de un hombre que, de vez en cuando, caía en períodos de abulia y abandono. Los que lo conocieron bien han contado que se retraía y evitaba sus responsabilidades. Tal vez ello explique la pasividad con que reaccionó frente al cuartelazo que lo echó del poder.
Ese rasgo negativo no anula una de las características más admirables de este habanero nacido a principios del siglo xx: su cordialidad. Precisamente así se presentó ante los electores durante la campaña de 1948, como un hombre cercano y afectuoso, de familia mambisa e historial revolucionario, capaz de regir los destinos de Cuba. Aunque sin dudas lo favorecía el hecho de ser el candidato del partido gobernante, supo vencer en buena lid al resto de los competidores en la carrera presidencial. Atrás quedaron el doctor Ricardo Núñez Portuondo, antiguo médico de cabecera del general Machado y figura emblemática de la coalición liberal-demócrata; el senador Eduardo Chibás, líder del Partido Ortodoxo; y el doctor Juan Marinello, alternativa de un partido marxista que nunca conquistó en las urnas el voto mayoritario de la ciudadanía.
Ramón Grau San Martín inmortalizó su régimen como el de la Cubanidad. Carlos Prío prefirió que el suyo trascendiera como el de la Cordialidad. Ambos políticos compartían una misma filiación: integraban el Partido Revolucionario Cubano (Auténtico), conglomerado de signo reformista que llegó al poder a mediados de la década del 40 prometiendo la modernización de la sociedad cubana. La antorcha auténtica pasó de las manos del médico a las del abogado como señal de continuidad histórica, pero los estilos de Grau y Prío diferían entre sí. Carismático y cantinflesco, el Profesor de Fisiología tenía la astucia de un viejo zorro, mientras que su discípulo, aunque hábil y simpático, era menos avezado en la conducción de los asuntos públicos.
Haciendo frente a la decepción que motivó la etapa grausista en muchos sectores del pueblo cubano, Carlos Prío Socarrás quiso darle a su gobierno un matiz de frescura e independencia. Se distanció de su predecesor en el plano político y personal, evitando a toda costa que lo salpicasen los escándalos que envolvían al doctor Grau San Martín. Sobre éste gravitaba la célebre Causa 82, que lo acusaba junto a otras figuras de su régimen de haber malversado 174 millones de pesos. Las rivalidades entre ambos políticos debilitaron al Partido Auténtico, el cual ya había sufrido un duro golpe con la escisión del Partido Ortodoxo. Ello, junto a los errores de la etapa 1944-1952, determinó que la opinión pública perdiese la confianza en el autenticismo como fuerza política.
El presidente Prío continuó arrastrando muchas de las lacras que habían proliferado durante el gobierno anterior. La corrupción, por ejemplo, siguió a la orden del día, con expresiones verdaderamente escandalosas en las esferas oficiales. El nepotismo tuvo nuevos rostros, como el de Antonio Prío, hermano del Jefe de Estado, a quien se le confió el estratégico Ministerio de Hacienda. En cuanto a los grupos gangsteriles que se enfrentaban en las calles, hay que decir que se habló mucho y se hizo poco contra ellos. El atormentado régimen de la Cordialidad trató de controlar la violencia repartiendo posiciones ministeriales en cantidades fabulosas e implorando a los gángsters un “pacto de grupos” para suavizar las discrepancias.
La historia recuerda también otros infortunados episodios, como ciertas limitaciones a las libertades fundamentales. Hubo golpes sensibles contra el Partido Comunista, los sindicatos de izquierda y los espacios periodísticos más candentes del momento. Pero no hay que olvidar que el mundo vivía entonces en medio de la Guerra Fría, combate feroz entre dos cosmovisiones irreconciliables: la capitalista y la comunista. En Occidente –aquí incluyo a Cuba–, este enfrentamiento lastimó la vigencia de los derechos democráticos, pero no los anuló, algo que sí se produjo en los países de la órbita soviética, donde las libertades civiles eran pura ficción.
Además, si comparamos lo que ocurrió en la Isla con lo acontecido en otras naciones, las restricciones a la libertad bajo Prío fueron insignificantes. La ciudadanía continuó hablando, publicando, reuniéndose, asociándose, eligiendo y criticando a sus líderes sin grandes contratiempos. Mientras América Latina empezaba a llenarse de gobiernos autoritarios y dictaduras de derecha, nuestro país era un oasis para aquellos que huían de la opresión. Entre quienes tocaron a las puertas criollas estuvo el derrocado presidente de Venezuela, el novelista Rómulo Gallegos, al que las autoridades civiles recibieron con todos los honores. Sin embargo, aun admitiendo que los atentados contra los derechos civiles estuvieron motivados por la Guerra Fría, hay que subrayar que hubo también una cuota de torpeza y de falta de visión en algunas disposiciones gubernamentales.
Enjuiciando la sociedad de la época, un hombre sagaz, Francisco Ichaso, afirmaba que en Cuba “el poder ha sido la tumba de la revolución y en ella yacen enterrados los sueños románticos, las buenas intenciones, los nobles ideales cívicos, los abnegados sentimientos patrióticos”. Sus palabras resumen la tragedia de Carlos Prío Socarrás y de quienes lo acompañaron en el segundo gobierno auténtico. Procedentes de la Generación de 1930 –a la que Grau llamó con ironía “la generación del 30 por ciento”–, fueron en un inicio jóvenes de hermosos ideales que desafiaron el rigor de las dictaduras y alentaron un nuevo orden al amparo de la Constitución de 1940; jóvenes que pusieron la mirada en el poder para realizar desde allí las transformaciones que el país exigía desesperadamente. Sin embargo, una vez en la cumbre, echaron por la borda las grandes promesas y reeditaron las mezquindades de los viejos políticos a los que un día combatieron.
Tengo la impresión de que la democracia cubana de los años 40 era todavía demasiado endeble como para soportar los errores de unos líderes que, en vez de fortalecerla, se dedicaron al enriquecimiento personal y terminaron por hundirla. Ahí está el gran pecado de hombres como Carlos Prío. Me atrevería a decir también que la oposición, quizás sin proponérselo, contribuyó a esa debacle histórica, al dirigir ataques demoledores contra los rostros públicos de aquella frágil institucionalidad democrática. Estoy pensando concretamente en Eduardo Chibás, un personaje al que admiro por su honradez y verticalidad, pero cuyos excesos no puedo encubrir.
Chibás repetía que “a un país moralmente enfermo, que se ha acostumbrado a la componenda, al cambalache y al guabineo, sólo se le puede sanar con una cura implacable de intransigencia”. Por eso sacrificó su futuro dentro del autenticismo, fundó un partido nuevo y emprendió una campaña moralizadora que lo llevaría a la tumba. Políticos tan consecuentes como él ha habido pocos en este rincón del Caribe. Sin embargo, en su afán por oponerse a Carlos Prío, Chibás se pasó de la raya. En casi todos sus ataques le asistía la razón, pero la forma, la envoltura verbal, no era la apropiada para una sociedad en pleno aprendizaje democrático.
Desde la tribuna radial de la CMQ, las páginas de la revista Bohemia y los mítines del Partido Ortodoxo, el Senador puso el dedo sobre las llagas más lacerantes del acontecer cubano. Antológicas fueron sus intervenciones en favor de los intereses populares. Mas se excedió en la dureza de las críticas. Por ejemplo, una vez llamó al primer ministro, Manuel Antonio de Varona, “irresponsable, ladrón, incapaz y torpe”. En otra ocasión, dirigiéndose al mismísimo Presidente de la República, proclamó a los cuatro vientos que Carlos Prío representaba un “régimen podrido”. Demasiada estridencia para una sociedad que podía ceder a la tentación de identificar la ineptitud de un puñado de políticos con el fracaso del sistema democrático en su conjunto.
En realidad, los casi cuatro años que Carlos Prío Socarrás pasó en la mansión presidencial de Refugio No.1 merecen ser enfocados con mayor indulgencia. Más allá de los contratiempos, el país progresó materialmente y disfrutó de un clima de libertades democráticas no muy común en nuestra historia. La actividad azucarera continuó prosperando, la industria amplió sus horizontes, el comercio se expandió y los ingresos gubernamentales alcanzaron una cifra récord. Conviene subrayar un dato interesante: en 1952, los ingresos de Cuba superaban cómodamente a los de la mayoría de los países latinoamericanos. Un signo esclarecedor de cuán a la vanguardia nos encontrábamos fue la llegada de la televisión, convirtiéndonos así en una de las primeras naciones que estrenó este ingenioso medio.
Hacia 1950, cuando se encontraba en la mitad de su mandato, el Presidente acentuó los ribetes reformistas a través de la llamada política de “nuevos rumbos”. Fue un esfuerzo por reducir la corrupción y dotar a la Constitución del 40 de la legislación complementaria que estaba pidiendo a gritos. Surgieron instituciones significativas como el Banco Nacional (encargado de emitir, proteger y reforzar nuestra moneda y con una visible participación en la vida económica cubana), el Banco de Fomento Agrícola e Industrial (que se esforzó por dar un fuerte impulso a las empresas agrícolas e industriales), el Tribunal de Cuentas y el Tribunal de Garantías Constitucionales y Sociales.
Sería injusto olvidar el apoyo que dio el gobierno a la educación y que multiplicó sensiblemente el número de escuelas secundarias, técnicas y especializadas. Tal vez lo más memorable aconteció en los estudios superiores, con el nacimiento de las universidades de Oriente y Las Villas. Si el dinero público no hubiera sufrido la voracidad de tantos políticos corruptos y se hubiese empleado mejor, los avances en el terreno social habrían sido mayores.
Obviando algunos bandazos autoritarios coyunturales, el presidente Carlos Prío se comportó desde el poder como un buen demócrata. Una dictadura no habría tolerado ni la décima parte de las críticas que llovieron sobre el Jefe de Estado. El senador Chibás habría sido borrado del mapa en un abrir y cerrar de ojos. Sin embargo, la convivencia democrática no sucumbió e incluso impregnó la política exterior de la Isla, que dio señales de una enorme vitalidad. Sin romper la alianza con Estados Unidos, Cuba se movió con soltura en los escenarios internacionales: participó en importantes foros de la postguerra y llegó a ser anfitriona de algunos de ellos, lanzó la iniciativa de descolonización de las posiciones europeas que quedaban en el Caribe, arremetió contra los regímenes tiránicos y, como nota memorable, fue gestora y firmante de la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU.
Mirando otra vez aquellos viejos tiempos, uno comprende que la República no merecía el final que tuvo. Era imperioso reformarla, rectificar lo que andaba mal, pero no destruirla. Y eso fue precisamente lo que hizo el general Fulgencio Batista el 10 de marzo de 1952. Siempre le reprocharemos al difunto Carlos Prío el tremendo error que cometió al permitir que su rival retornase al país dándole plenas garantías y, sobre todo, que no le cortase las alas a aquel taimado conspirador que aprovechó las bondades de la democracia para hacerla añicos. Fue un descuido sumamente lamentable que le costó muy caro al Presidente cordial.

Yoel Prado Rodríguez: Licenciado en Periodismo y en Historia. Miembro del Consejo de Redacción de la revista Amanecer, Diócesis de Santa Clara.

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