Jaime

Por: Orlando Márquez

Cardenal Jaime Ortega y el PapaJuan Pablo II
Cardenal Jaime Ortega y el PapaJuan Pablo II
Cardenal jaime Ortega a su llegada a Cuba luego de ser creado cardenal
Jaime Ortega a su llegada a Cuba luego de ser creado cardenal

Un día no lejano, una tarja colocada en algún espacio de la Catedral de La Habana indicará el lugar donde reposen definitivamente los restos mortales del cardenal Jaime Ortega Alamino. Sin embargo, ese llamado de alerta a la memoria de los peregrinos con su nombre, fechas, su lema episcopal y escudo cardenalicio, no será capaz de revelar la profunda huella que ha dejado en la historia de la Iglesia y de Cuba. No fue su propósito, pero al elegir su vocación y consagrarse a ella del modo en que lo hizo, terminó siendo el arzobispo activo y comprometido de La Habana, la diócesis donde casi ninguno de sus antecesores llegó a término en medio de aplausos, si es que pudo concluir su gobierno pastoral. Pero él amó a la ciudad y su gente, y recibió el amor de los habaneros. La Providencia le permitió cumplir su misión en La Habana por casi treinta y cinco años.
Por si fuera poco, lo hizo en medio de un torbellino social sin paralelo en Cuba, en la ciudad sede del Gobierno central y centralizador, la plaza más compleja y visible de la Iglesia en la Isla, la más grata y la más ingrata, donde apuntan todos los focos y todas las mentes listas al cuestionamiento, bajo la mirada escrutadora y el oído atento no solo de los responsables de ese Gobierno, sino también de las representaciones diplomáticas, la prensa internacional, los visitantes extranjeros, los disidentes, los intelectuales, las opiniones y acciones imposibles de ignorar de un exilio vinculado, incluso de las otras diócesis que viven realidades algo diferentes a La Habana. Siendo la Iglesia ella misma una sociedad viva, debe añadirse a lo anterior las exigencias de diferentes tendencias entre los propios católicos en relación con la vida eclesial y social.
“¿Tú no sabes nada muchacho, verdad?”, le preguntó monseñor Pedro Meurice el día de su ordenación episcopal en Matanzas al padre Jaime. “¿Nada de qué, monseñor?”, le respondió. “No sabes nada. Ya aprenderás”, concluyó el entonces arzobispo primado sus palabras de conmiseración y alerta. El diálogo pudo haber sido mucho más breve, tal vez no hubiera existido diálogo, si el primado solo le hubiera dicho en buen cubano: ¡Prepárate!
La primera vez que saludé a monseñor Jaime, fue en la Festividad de María Inmaculada en 1982, en la iglesia del mismo nombre de la calle San Lázaro. Tenía entonces veinte años, y Nory, mi novia, y yo nos acercamos para saludarlo, como hacían decenas de personas al final de la misa. Después de presentarnos le pregunté: “¿Qué hay que hacer para hablar con el obispo?”, y mostrando aquella sonrisa que acogió a tantos respondió de inmediato: “Llama a mi secretaria y ella te da una cita”.
Lo hice. Así nació una relación que agradeceré siempre a Dios. Fue para mí, padre espiritual, amigo y también jefe. Nuestra relación era profundamente humana porque no fue simplemente de obispo y laico, de jefe y subordinado, tampoco fue siempre armoniosa al ciento por ciento. Fue profundamente humana porque me permitió ser hijo espiritual, amigo y un colaborador, en el servicio eclesial, que piensa y habla, porque al compartir la misma fe, compartíamos el mismo servicio a la Iglesia de Jesucristo. Las diferencias de criterios no fueron ocultadas sino siempre expresadas, porque así me lo permitió y así yo le quise escuchar. En muchas ocasiones, sobre temas y situaciones no vedadas para mí, trabajamos juntos, redactamos juntos, esperamos juntos, nos regocijamos o nos dolimos juntos. Conocí en algún momento su irritación, y no me negó conocer su humildad y capacidad de pedir perdón; entonces fue más grande ante mí.
Y es cierto que, teniendo por mandato el gobierno de su Iglesia, correspondía a él la última palabra, pero daba espacio y permitía crearlos, dejaba hacer, dejaba crecer, daba aliento y esperanza.
Mucho pudiera decir de tantas vivencias compartidas. Hay dos que tal vez no sean las más importantes, pero son ejemplos de su celo y caridad pastorales, y su defensa de la Iglesia.
La primera está en directa relación con sus inicios como cardenal. Creo que fui el único cubano presente aquel mediodía en la Plaza San Pedro, el 30 de octubre de 1994. Al terminar el Angelus, el Papa Juan Pablo II leyó en latín la lista de los nuevos cardenales por él nombrados, entre ellos Jaime Lucas Ortega Alamino, arzobispo de La Habana. Ser testigo del anuncio fue un gran privilegio y una gran alegría.
Al concluir la ceremonia, regresé de inmediato al Pensionato Romano, adonde había llegado la noche anterior para hacer escala en mi viaje a África, y llamé por teléfono al Arzobispado de La Habana para felicitarlo. Eran las 6:30 a.m. en La Habana y respondió la hermana Victoria, le pedí hablar con él. Ya estaba despierto. En realidad, supe después, estaban también allí con él varios obispos cubanos, el nuncio y Adela, su señora madre, todos a la espera del anuncio público del Papa en Roma. Después de escuchar su voz al teléfono diciendo “Oigo”, repliqué: “¡Eminencia! ¡Felicidades!”. Me dio las gracias, me dijo que era el primero en felicitarlo tras el anuncio, y poco después se dispuso el repique de las campanas de La Habana. De inmediato llamé también a mi esposa para darle la noticia, y ese día pudo ir con nuestros hijos a la Catedral para participar en la misa oficial del anuncio. Confieso aquí que mi esposa me había predicho más de una vez: “Jaime será el próximo cardenal de Cuba”.
Tras concluir mi periplo africano de un mes, regresé a Roma. Días antes se había celebrado el Consistorio y los cubanos que le acompañaron comenzaban el regreso a casa, pero pude encontrarlo, junto a Adela, en la residencia donde se hospedó en Roma. Él viajó antes a Madrid y unos días después nos volvimos a encontrar en aquella ciudad y para mi sorpresa, mi boleto de regreso a La Habana, comprado dos meses antes en Iberia, coincidía con el suyo. Viajamos juntos el 9 de diciembre. Cuando el avión tocó la pista del aeropuerto y pudimos ver las personas que saludaban desde el balcón de la Terminal 1, decidió vestir la sotana roja y alguien que le acompañaba le preguntó si consideraba tal decisión prudente. Él le respondió que ahí estaban para recibirlo sus sacerdotes, sus religiosas, sus laicos, su Iglesia: “Me visto de rojo”, concluyó. Uno de los viajeros de aquel vuelo era Gabriel García Márquez, quien al verlo antes de salir de la nave lo felicitó y le dijo con una sonrisa: “Le sienta bien el rojo”. Me quedaban solo dos oportunidades en el rollo fotográfico y bajé antes que él, así pude tomarle esa foto en la puerta del avión mientras saludaba y bendecía a quienes habían logrado ocupar el balcón del aeropuerto. Como nunca le faltaron los críticos, años después una persona me preguntó si él creía que era el Papa al tomar esa pose, le respondí lo mejor que pude. Si Jaime Ortega hubiera caminado sobre el agua, sus críticos habrían dicho que no sabía nadar.
El otro acontecimiento tuvo lugar unos años después, el 2 de noviembre de 1999. En esos momentos yo fungía también como vocero de la Conferencia de Obispos, y ese día, poco después de llegar temprano a mi oficina del Arzobispado de La Habana, me llamó a su habitación. Se preparaba para presidir la misa de los Fieles Difuntos en la capilla del Cementerio Colón, y me preguntó si sabía lo que había dicho Fidel Castro la noche anterior en la Televisión Nacional sobre monseñor Pedro Meurice, donde de modo inexplicable le acusaba de complotar para sabotear la Cumbre Iberoamericana que tendría lugar días después en La Habana. Le dije que lo había grabado. Transcribí a mano en un papel las palabras de Fidel Castro y se las entregué ya en la puerta de su carro cuando salía. Al regresar, cerca del mediodía, me llamó a su habitación nuevamente. Por la otra cara del mismo papel que le entregué había escrito a mano un texto que solo él podía descifrar y me lo dictó para difundirlo a la prensa de inmediato. Era su “nota aclaratoria” a la acusación del comandante contra el obispo, y su contundencia no dejaba dudas:

“Las palabras, homilías o declaraciones públicas del arzobispo de Santiago de Cuba, en cualquier ocasión, no han sido el fruto de ninguna manipulación, y esto me consta de modo muy personal, sino que han sido dictadas por su conciencia de Pastor solícito, que ha sentido como algo muy propio de su deber pastoral, expresar cuál es su pensamiento sobre los temas que preocupan a la Iglesia y al pueblo cubano. La unidad de criterios, de acción y de afecto colegial entre los obispos cubanos y con el Santo Padre, es un don precioso que Jesucristo, Buen Pastor, ha dado a la Iglesia de Cuba, y los obispos cubanos seremos capaces de defenderla al precio que sea”.

Unas horas después, subí a la oficina de Nioves, su secretaria entonces, y mientras conversábamos, la máquina de enviar y recibir fax se activó y el rollo de papel fue cediendo ante el envío. Nioves lo recogió y se dispuso a guardarlo, pero antes decidió mostrármelo. Sobraba espacio en aquel pliego para las pocas palabras que contenía. Desde Madrid, donde se encontraba entonces, monseñor Meurice escribió a mano un mensaje al cardenal que, confiado en mi memoria, transcribo aquí: “Jaime, gracias. Pocas veces he sentido la Iglesia más cerca. Tu hermano, Pedro”. No hubo contrarréplica. Recordé que desde antes, mucho antes, ya Juan Pablo II se refería a Jaime Ortega como “el otro comandante”.
La última vez que vi al cardenal Jaime Ortega, también lo hice junto a Nory, mi esposa. Fue semanas antes de su muerte. Hablamos brevemente. Rezamos juntos el Padrenuestro y nos dio su bendición, extensiva a nuestros hijos. Después nos despedimos. Todo había sido dicho.
Ahora me doy cuenta cuán decisiva ha sido en su vida la lapidaria frase que escogió como lema para identificar su episcopado, porque fue reconocido y premiado, elegido para misiones únicas y aplaudido, también fue atacado, despreciado y padeció terrible enfermedad al fin de sus días, y es con su muerte que todo cobra significado. Porque al final, cuando el momento del aguijón había pasado, quedó Jaime, el hombre de vida consagrada, solo, como el Apóstol, ante la respuesta de Dios: “Te basta mi gracia”. Ω

1 Comment

  1. Gracias orlandito por este escrito tan real y maravilloso, mi persona necesitaba q alguien despues de su fallecimiento lo hiciera con tanta claridad y justeza muy agradecido Jorge Enrique mtzas

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