Jaime Cardenal Ortega: sabio y prudente

Por: Mario J. Paredes

Cardenal Jaime Ortega
Cardenal Jaime Ortega
Cardenal Jaime Ortega
LA HABANA (CUBA), 20/05/2010.- El Cardenal Jaime Ortega y Alamino, arzobispo de La Habana, se apresta para ofrecer una rueda de prensa, hoy jueves 20 de mayo de 2010, en la capital cubana. Ortega afirmó que la situación de los presos políticos «se está tratando seriamente» en las conversaciones entre la Iglesia Católica de la isla y el Gobierno de Raúl Castro, dentro de un «proceso» que aún no ha concluido. EFE/Alejandro Ernesto

Una antiquísima súplica navideña de los cristianos pide a Dios “la prudencia que hace verdaderos sabios” (Cfr. Gozos de la Novena de Navidad). Prudencia y sabiduría que definen perfectamente el talante, la personalidad, el temperamento, el espíritu y perfil de Jaime Lucas Ortega Alamino, cardenal de Cuba. Prudencia y sabiduría definen, de la mejor y más adecuada manera, el ser y el quehacer de este hombre ilustre, gran cristiano, generoso sacerdote y pastor y eminente cubano.
Gran regalo del Dios de la vida es para cualquier ser humano un gran amigo. Pero mejor regalo es tropezar en la vida con un gran hombre, y un gran amigo, sobre todo si virtudes exquisitas y excepcionales como la prudencia y la sabiduría lo adornan y con ellas procede e ilumina todo a su paso.
Me propongo dejar aquí no un recuento cronológico-biográfico de Jaime Cardenal Ortega, sino un testimonio del regalo y premio que me hizo la vida al permitirme gozar de la amistad de Jaime Ortega, del conocimiento cercano de su ser y misión que el honor de su amistad me permitió y la manera como su cercanía ha acompañado e iluminado mi propio ser y quehacer.
A monseñor Jaime Ortega lo conocí recién nombrado él, arzobispo de La Habana en 1981, año en el que fue invitado por el entonces cardenal Terence Cook, arzobispo de New York, a dirigir las jornadas de reflexión espiritual anual de los sacerdotes hispanos de dicha Arquidiócesis, tarea que realizó monseñor Jaime Ortega bajo el pastoreo de John Cardenal O´Connor de la Iglesia neoyorquina pues, inesperadamente, había muerto para el momento de dichos retiros espirituales anuales del clero hispano el excelentísimo cardenal Terence Cook.
Evoco esta circunstancia, porque –además– dio lugar al nacimiento de una estrecha e importantísima amistad entre los arzobispos O´Connor de Nueva York y Ortega de La Habana, que perduró por muchos años y que produjo enormes beneficios para la vida y misión de la Iglesia en Cuba en medio del régimen que allí ha gobernado ya por seis décadas.
Precisamente aquí radica la grandeza de la vida y obra del cardenal Jaime Ortega: en que por casi cuatro décadas y en el contexto sociopolítico cubano ya mencionado y por todos conocido –con inigualable y rara mezcla de prudencia y sabiduría– sembró evangelio y cosechó esperanzas de un porvenir mejor para su patria, desde su humanidad, su cristianismo y su vocación y ministerio sacerdotal y episcopal. Siembra y cosecha por la que hoy, el cardenal Jaime Ortega resulta y se erige como una figura imprescindible para entender y explicar la vida e historia de la Isla en las últimas décadas y de la Iglesia católica en ella.
Falta tiempo para que el papel protagónico realizado por el pastor Jaime Ortega en Cuba y en la Iglesia católica que peregrina en la Isla sea suficientemente sopesado, valorado y extrañado. Su desempeño pastoral, siempre apegado y fiel a los principios más genuinos del evangelio de Jesucristo –que no a posturas ideológicas o politiqueras– ha sido bien reconocido y aplaudido por unos e incomprendido y malamente criticado por otros, porque es difícil permanecer indiferente ante la vida y obra de este gran pastor.
Porque Jaime Ortega es –primero y sobre todo– un gran pastor de la Iglesia católica. Y como padre, pastor y máximo jerarca de la grey cubana por tantos años, ha servido y ha perdonado, ha anunciado y ha denunciado, ha trabajado por la justicia y por la verdad, ha llamado –a tiempo y a destiempo– a la unidad y a la reconciliación por el perdón de los cubanos dentro y fuera de la Isla, sin olvido de la historia reciente, para que, según sus propias palabras “el odio resulte perdedor”.

Cardenal Jaime Ortega
Cardenal Jaime Ortega

A Jaime Ortega le correspondió ser cabeza de la Iglesia católica y protagonista de la vida de una sociedad y nación convertida en centro de atención para el mundo por su proceso político social de la llamada “revolución cubana castrista” y en el contexto mundial de la llamada “guerra fría” entre las dos potencias mundiales de entonces. En este contexto siempre convulso y nada fácil hemos de leer el texto de la vida del cardenal Ortega: el texto que es su vida y su obra, un texto siempre diáfano y siempre franco, siempre honesto y siempre sincero, siempre austero y siempre brillante, siempre prudente y siempre sabio, siempre generoso y siempre dispuesto al sacrificio y al servicio a todos por el Evangelio, y, sobre todo, siempre sin claudicar…
En dicho contexto, Jaime Cardenal Ortega fue siempre una figura indispensable en las relaciones Iglesia-Estado, ya sea en la lucha por reabrir y reconquistar espacios perdidos para el quehacer de la Iglesia en Cuba o ya trabajando por la liberación de presos políticos; viajando por el mundo como voz de los cubanos sin voz o reconstruyendo la diezmada y deprimida estructura de la Iglesia en la Isla –Iglesia, en su momento, postrada, empequeñecida y aislada internacionalmente y sin recursos ni personal–; animando y forjando la esperanza de los cubanos en general y de los cristianos católicos en particular e invitando al diálogo del Gobierno con los obispos católicos de la Isla; recibiendo a toda importante perso-nalidad y representantes de orga-nismos internacionales que visitan la Isla y que piden siempre un encuentro con el arzobispo de La Habana o mediando, forjando e interviniendo en acuerdos migratorios entre el Gobierno cubano y el Gobierno de los Estados Unidos.
Durante su largo ministerio episcopal consagró obispos, ordenó sacerdotes, reconstruyó templos, reconquistó propiedades de la Igle-sia que ya se daban por perdidas; encontró espacios de diálogo y abrió nuevos para los católicos en la Isla con un nuevo impulso eclesial y misionero. En el ejercicio de su pastoreo, y gracias siempre a su prestigiosa intermediación, visitaron Cuba los últimos tres Papas: Juan Pablo II (1998), Benedicto XVI (2012) y Francisco (2015).
Su distinguida y arrolladora personalidad, su prudencia y sabi-duría, su autoridad y mediación, fueron logrando espacios de diálogo y credibilidad en Cuba y en el resto de América Latina; en Roma y en el Gobierno cubano, que en los primeros tiempos, por desconfianza, lo mar-ginó; espacios y credibilidad con el Gobierno y con la Iglesia católica en los Estados Unidos. Prueba de ello son las ayudas logradas por el cardenal Ortega para la Iglesia en Cuba, especialmente para la acción pastoral y social con los más desfavorecidos y empobrecidos de la sociedad cubana.
Fiel al lema de su pontificado que reza en su escudo: “Te basta mi gracia” (la gracia de Dios), mi amigo, el cardenal Jaime Ortega sirvió fielmente a la Iglesia y al evangelio navegando entre aplausos y vituperios, entre incomprensiones y reconocimientos, entre la gloria de servirle a Dios y el sacrificio por la coherencia y adhesión a la cruz de Cristo.
Jaime Ortega: un hombre de letras, intelectual y conocedor de varias lenguas, con gusto por el arte clásico y sencillo y afable en el trato cercano vivió una vida de ochenta y dos años que a todos nos edifica y que, como ya lo dije, no nos deja indiferentes.
La vida y obra de Jaime Ortega queda para la posteridad. Seguro estoy que el juicio histórico lo encontrará como lo que fue: un gran ser humano, un amigo sin tacha, un cristiano ejemplar y un pastor entregado a las mejores causas por el bien de todos, especialmente de aquellos a él encomendados.
Esta es la impronta que el cardenal Jaime Ortega deja en mí y –de seguro– en la vida de todos los que tuvimos la suerte de cruzarnos por su camino de ochenta y dos años de fructífera e inigualable existencia. Que Dios a todos nos conceda, como a él, “la prudencia que hace verdaderos sabios”.
¡Siervo bueno, prudente, sabio y fiel, pasa al Banquete de tu Señor!

Mario Paredes, presidente ejecutivo Somos Community Care.

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