El cardenal Jaime y un diseñador

Por: Iván Batista

Cardenal Jaime Ortega en la iglesia de Capdevila que se inauguraba por esos días
Cardenal Jaime Ortega en la iglesia de Capdevila que se inauguraba por esos días

La primera vez que vi personalmente al cardenal Jaime fue en diciembre de 2012 cuando el almuerzo de Navidad que el Arzobispado de La Habana hace a sus trabajadores; recién empezaba como diseñador de la revista Palabra Nueva. Conocía de su cultura, su profundidad de pensamiento, nobleza, entereza y firmeza, tenerlo tan cerca con aquella proyección familiar me resultaba sobrecogedor.
A partir de entonces, en cada encuentro casual que tenía con él en la majestuosa casona del Arzobispado me saludaba con una efusiva palabra: “¡Diseñador!”.

Postal de la Navidad del año 2013 entregado por el Cardenal Jaime Ortega
Postal de Navidad del año 2013 entregada por el Cardenal Jaime Ortega

No pasó mucho tiempo cuando me llamó para realizar la postal de Navidad que enviaría en el 2013; me sorprendió su precisión al solicitarme lo que quería, a la vez que me preguntaba mi opinión profesional sobre su boceto imaginario. Su idea llevaba un montaje fotográfico y me dijo: “Diseñador, venga con una buena cámara para que la imagen tenga excelente resolución, que el fotomontaje quede proporcional al entorno y tráigame como mínimo dos variantes”. Aquello me dejó estupefacto: un cardenal precisándome con lenguaje técnico los requerimientos de una buena foto y pidiéndome, en un ejercicio creativo, variantes para escoger. Cuando tuvo en sus manos la postal definitiva, revisó minuciosamente la tipografía, los colores, la cartulina, hasta que se sintió satisfecho del resultado.
En una segunda oportunidad solicitó mis servicios para que lo acompañara a una visita a la iglesia de Capdevila que se inauguraba por esos días. En el viaje de ida y vuelta de casi una hora, conversamos sobre la importancia de mi actividad en las acciones de comunicación de la Iglesia, conocía la existencia del Instituto Superior de Diseño y me comentó lo vital que resultaba actualizar visualmente la propaganda que la Arquidiócesis ofrecía a sus fieles en todos los medios de comunicación. Llegamos a Capdevila y revisó conmigo todos y cada uno de los detalles estéticos que acompañaban la obra constructiva, dio orientaciones del estilo que debían llevar el mobiliario, las luminarias y otros elementos, al mismo tiempo que me consultaba como especialista si sus valoraciones eran acertadas. Criticó fuertemente las lámparas que no tenían nada que ver con la sencillez del templo y las calificó como farolas de carnaval. Mi impresión fue la de un hombre de una sensibilidad extraordinaria, que defendía lo elegante y lo bello a partir de criterios sólidos y no de vacuas apreciaciones sin fundamento. Era, como dice un amigo mío, un hombre de linaje.
Quizás en su partida, muchos hablarán de su vocación de servicio, de su excepcionalidad como sacerdote, de su calibre intelectual y político, de su magisterio como guía de una Iglesia que tuvo que enfrentar muchas veces los más feroces embates. Yo solo puedo hablar de mi escaso contacto personal y profesional, con una figura de dimensión extraordinaria que apreciaba el diseño como un instrumento eficaz de creación y fuerza comunicativa.
Guardaré con especial cariño el libro sobre el acercamiento entre Cuba y Estados Unidos que contiene su texto gentil y afectuoso con que me lo dedicó. Guardaré para siempre en mi recuerdo su expresión jovial cuando nos cruzábamos en algún lugar: “¡Diseñador! ¿En qué proyecto andas metido?”.
Hace unos días conversando en la calle con alguien muy cercano a él, le pedí que le diera un abrazo con el corazón de parte del diseñador, solo eso. Aquella persona me aseguró que sí, que le daría aquel abrazo mío…
Descanse en paz, padre Jaime. Ω

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