Mi relación con Jaime Ortega

Texto y fotos monseñor Antonio Rodríguez (padre Tony)

Cardenal Ortega y monseñor Antonio Rodríguez
Cardenal Ortega y monseñor Antonio Rodríguez
Cardenal Ortega
Cardenal Ortega

Hace tres años pedí a Palabra Nueva que me concediera la oportunidad de escribir un artículo de despedida a quien, hasta ese momento, había sido arzobispo de La Habana. Lo titulé Elogio a Jaime Ortega. Me movió la razón de que el cardenal cubano era un hombre público y así, como había personas que alababan su gestión, también existían otras, no pocas, que la criticaban. Como dejé dicho en el artículo mencionado, fui de los que discrepé con él en algunas situaciones. Sin embargo, olvidé afirmar que muchos de sus pensamientos y acciones concordaban con los míos. Terminaba calificando de positivos sus más de treinta años habaneros. Mencioné, además, que no se podía escribir la historia de la Iglesia en Cuba sin hablar de sus muchas obras positivas para la institución eclesiástica y pueblo cubanos.
Conocí al padre Jaime Ortega hace cuarenta y siete años. Entonces, desde Matanzas, asistía los miércoles al Seminario San Carlos y San Ambrosio para explicar la asignatura de Teología Moral Especial. En el curso 1975-1976 lo tuve como profesor.
Me encontraba en Pinar del Río, y ya todo estaba listo para mi ordenación diaconal y presbiteral, cuando el padre Jaime fue nombrado obispo de esa diócesis. La noticia, aunque me asombró, me produjo satisfacción. Recuerdo aquella hermosa tarde del 21 de enero de 1979 cuando tomó posesión de la diócesis en la catedral vueltabajera. Joven y con permanente sonrisa, entró vestido con hábito coral y caminó por el pasillo central del templo aspergiendo a la multitud pinareña y matancera que le aplaudía. Posteriormente, comenzó la celebración de la santa misa. Con él concelebraba el arzobispo de La Habana, Mons. Francisco Oves; el obispo de Matanzas, Mons. José Domínguez; el obispo de Cienfuegos-Santa Clara, Mons. Fernando Prego y el saliente pro nuncio apostólico, Mons. Mario Tagliaferri. Una semana antes había sido ordenado obispo en la catedral de su natal Matanzas. Las ovaciones se sucedieron en la celebración. Con rapidez, el 1ro. de abril del mismo año, fui su primer diácono ordenado y dieciocho días más tarde, celebró mi ordenación sacerdotal, también la primera.
Durante sus casi tres años pinareños, Mons. Jaime se echó en un bolsillo a los fieles de la diócesis. Estaban como niños con juguete nuevo. Sus homilías deslumbraban y su renovada actividad pastoral estimulaba grandemente a los laicos. Recuerdo las visitas pastorales que realizó por aquellos años: Consolación del Sur, San Juan y Martínez, Artemisa y San Luis. Ejerció funciones de suplencia parroquial en varios pueblos. No olvido la semana de la visita a San Juan y Martínez, desde el 4 de febrero de 1980. Residió en mi casa durante todos esos días. Caminó por las calles, visitó enfermos y ofició en las cuatro capillas que en ese momento yo atendía. Subió en un maltratado safari hasta la más elevada de las lomas de Las Cuevas para celebrar la misa a una muy disminuida concurrencia de seis personas, ya que el resto de la antes considerable población de ese lugar se había trasladado al cercano pueblo de Sábalo. En julio del año siguiente realizamos similar acción, pero por solo tres días en la parroquia de San Luis y sus dos capillas.
Durante su acción pastoral en Pinar del Río, Mons. Jaime elevó la autoestima de la Iglesia en esa provincia. Recuerdo su intervención ante autoridades del Partido y ante el Dr. Felipe Carneado en el Comité Central del PCC a fin de defender derechos violados de católicos pinareños. Siempre guardaremos un recuerdo agradecido para aquel obispo que, posteriormente, fue trasladado a la Arquidiócesis de La Habana.
Aunque he permanecido en Pinar del Río, siempre estuvo cercano a mi persona, tanto en mis enfermedades como cuando fui a estudiar a España.
En 1993 fui nombrado por la Conferencia Episcopal rector del Seminario. Le pedí trabajar pastoralmente en alguna actividad y me nombró asesor del Consejo de Laicos. Aceptaba mis decisiones en el colegio para seminaristas. Algunos sábados en la mañana, en la sede del arzobispado, conversábamos amenamente. El amanecer del domingo 30 de octubre de 1994 nos sorprendió con la noticia de que san Juan Pablo II lo había hecho cardenal. Fue un júbilo de triunfalismo exagerado por parte de los católicos cubanos. El tiempo se encargó de que las aguas tomasen su nivel.
Al terminar mi función rectoral, volví a la parroquia de Artemisa, en la diócesis pinareña, y allí me visitó en dos ocasiones. Siempre estuvo atento a mi persona. Nunca podré olvidar que, al morir mi madre, se estaba celebrando un simposio sobre la persona de Jesucristo, convocado por el cardenal Ortega, en la Basílica Menor de San Francisco de Asís. Me sorprendió comprobar que sacó tiempo del horario de almuerzo para ir hasta Güira de Melena al velorio de mi mamá y transmitirme su condolencia. Lo acompañaban Mons. Salvador Riverón y dos sacerdotes. Viviré eternamente agradecido de este gesto.
Nuevamente fui sorprendido por el cardenal Jaime en la mañana del 9 de junio de 2008. Me llamó telefónicamente y me dijo que enviaría su automóvil para que viniese al arzobispado, me esperaban junto a él Mons. Enrique Serpa, Mons. Juan García y Mons. Juan de Dios Hernández. No sabía a lo que iba. En esa ocasión me nombró rector del Seminario. En esta etapa hubo sus complicaciones entre el arzobispo y yo. Teníamos ideas divergentes acerca de lo que debería ser el Seminario. El 10 de junio de 2010 solicitó al luminoso Papa Benedicto XVI honorificencias para seis sacerdotes en ocasión de finalizar el Año Sacerdotal. Así, el Papa emérito me nombró capellán suyo y añadieron a mi nombre el título de monseñor.
Me consta que descubrí en el cardenal arzobispo de La Habana un sacerdote de oración, de misa diaria, de confesión asidua. La austeridad no fue el estilo de su vida, pero siempre se ocupó de los pobres. La bondad de su corazón sacerdotal se expresó abundantemente en la misericordia con los pecadores y sufridos. Los casi treinta y cinco años al frente del gobierno episcopal de La Habana, unido al peso cardenalicio hicieron que su gestión estuviese muy centrada en su persona. Los que me conocen, saben que mis pensamientos no han coincidido varias veces con los del hombre Jaime Ortega. En situaciones puntuales no he estado de acuerdo con los métodos y alcances de su relación con el Gobierno. La obediencia eclesial no es para el católico sinónimo de sumisión y adulación, sino la que le posibilita su auténtica libertad.
Hace algunos meses he reflexionado en algo que aprendí en mis clases de Historia Universal en el Seminario. El profesor era el sacerdote amigo y ejemplar cristiano, Dr. Julio Morales Gómez. En cierta ocasión se refirió a la muerte de Luis XIV, el Rey Sol, quien gobernó Francia durante setenta y dos años. A su época se le denomina el siglo de Luis XIV. Le llamaban Luis el Grande, y él se lo creía. Pero como a todos los humanos, un día le llegó la muerte. El funeral se celebró en la Catedral de Notre Dame de París. El sermón fúnebre lo pronunció uno de los oradores sagrados más grande de la Iglesia, el padre Masillón. Desde el púlpito catedralicio hizo un gesto para indicar las telas que colgaban de las columnas, las cuales tenían grabadas dos letras grandes: LG (El Grande). Todo esto ocurrió sin decir palabra. Después señaló el féretro con el cadáver del rey y dijo: “Solo grande es Dios”. Luego desarrolló su pieza oratoria. Por mi cuenta, añado: los hombres por mucho bien que hayamos hecho en la vida, si acaso somos polvo en la historia. Grande solo es Dios.

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