Homenaje al querido monseñor Jaime, quien me ayudó a valorar la fe

Por: Sergio Lázaro Cabarrouy Fernández-Fontecha

Cardenal Jaime ortega
Cardenal Jaime ortega
Cardenal Jaime Ortega
Cardenal Jaime Ortega

–Mami, ¿no podemos hablar con monseñor Jaime para que cambie la hora de la misa? Nunca puedo ver los muñequitos.
Recuerdo la sonrisa picarona de mi padre y la rápida salida de mi madre: “Pídeselo tú mismo”.
El sábado, el obispo de Pinar del Río llegó unos minutos tarde a la misa para siete feligreses en San Diego de los Baños: “Estaba crecida la presa y tuvimos que dar la vuelta. Comencemos la celebración”.
Al terminar, como era costumbre, la pequeña comunidad se reunía con el obispo-párroco a conversar y tomar un jugo, que a Mons. Jaime siempre le parecía muy dulce. Ese día, ni corto ni perezoso le espeté mi “razonable” solicitud. A lo que él, en tono solemne y mirándome directo a los ojos, respondió: “Es bueno que tengas que renunciar a los muñequitos por venir a misa. Tendrás que renunciar a cosas más importantes que esa en tu vida por la causa de Jesucristo”.
Me quedé como de piedra y durante meses volví sobre aquellas palabras, no estaba muy convencido, hasta que, al ser nombrado Mons. Jaime como arzobispo de La Habana, fui a la revancha con el próximo párroco, que era también el obispo, y recibí la misma respuesta.
La vida me demostró con creces la validez de las palabras de esos hombres de Dios, y le di gracias al Altísimo de haberme dado lucidez y fuerza para renunciar a los dibujos animados (mi padre nunca hubiese permitido que fuera a misa obligado), porque ciertamente, el seguimiento de Jesucristo supuso pruebas mayores, y aquel fue un primer entrenamiento.
Recuerdo cómo las homilías de Mons. Jaime lograron arrancar el miedo a más de un sandieguero, que primero se sentaban en el parque mirando hacia el templo, luego en la puerta, luego en el último banco, y finalmente, en el segundo o el tercero. Recuerdo también cómo trataba de dialogar con maestros y directivos de mi escuela primaria que se empeñaban en que yo abandonara mis “prácticas oscurantistas, lacras del pasado”.
La vida del cardenal Jaime Ortega ha sido la de un pastor solícito, que ha optado por el diálogo con los de todas las orillas, y ha intentado la difícil tarea de servir de puente, el cual, en sus propias palabras, está hecho con los mismos materiales que un muro, pero sirve para unir riberas separadas, en lugar de levantarse para separar realidades. El puente está hecho para que lo pisen, en contraste con el muro, que se yergue por encima de la gente. Es la única dinámica que te permite, años después de aquellas “luchas” de los años setenta, acercarme a la misma maestra, cuya hija estaba en la misma sala de maternidad que mi esposa y decirle: “He rezado por Yuly y la bebé”, y descubrir con alegría que te dice: “¡Cuánto te lo agradezco!, lo ha necesitado”.
Un obispo cubano contaba que nunca había visto a su hermano el cardenal tan feliz como en los días que estuvo en su diócesis rural, poco antes de su retiro, y lo acompañó a las comunidades recientemente fundadas en lugares recónditos y de tradicional desatención. “¡Para eso nació Jaime!”, decía, “para estar sencillamente entre los fieles, contarles historias, y predicar. ¡Estaba feliz como un niño!”.
Ha sido un sacerdote cercano, hombre de diálogo, cultivador de la unidad de la Iglesia, y cubano ferviente empeñado en brindar el aporte de la fe cristiana a la sociedad. En todo esto cometió errores, para algunos, casi tan grandes como sus logros, pero nunca se detu-vo, como quien persevera en navegar “mar adentro” (Lc 5.4).
La audacia lo llevó a cosas impensables en su momento, como fundar publicaciones periódicas al inicio del “Período especial”, mediar en el áspero dife-rendo Cuba-Estados Unidos para restablecer relaciones diplomáticas, o fundar un Centro de Estudios Superio-res para dar continuidad a la obra educativa que fundó el padre Varela en el mismo edificio.
El Señor, en su infinita Misericordia, recibe ahora al matancero que nació en Jagüey Grande, el 18 de octubre de 1936, hijo de Adela y Arsenio, que respondió a la llamada de Dios para ser sacerdote, a quien le fueron encargadas altas responsabilidades, y para las cuales, sabiéndose insuficiente en última instancia, escogió como lema: “Te basta mi gracia” (2 Cor 12.9).

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