Homilía con ocasión de la Santa Misa en sufragio por el alma del cardenal Jaime Ortega

Por: Cardenal Giovanni Angelo Becciu

Cardenal Giovanni Angelo Becciu
Cardenal Giovanni Angelo Becciu

Excelentísimo Monseñor Juan de la Caridad García Rodríguez,

Arzobispo de La Habana, y dentro de poco Emmo. Cardenal de la Santa Iglesia Romana, mi más profunda felicitación,

Excmo Señor Nuncio Apostólico, Mons. Giorgio Lingua,

Queridos hermanos en el episcopado,

Queridos sacerdotes y consagrados,

Muy ilustres Autoridades civiles y militares,

Miembros del Cuerpo Diplomático,

Queridos hermanos y hermanas:

 

Celebramos en esta iglesia Catedral de La Habana esta eucaristía en sufragio por quien fue su pastor durante treinta y cinco largos años, el Cardenal Jaime Lucas Ortega y Alamino, cuando se cumple poco más de un mes de su fallecimiento.

Mi presencia entre ustedes se debe a una deuda de reconocimiento ante él, por la buena relación de amistad que se creó entre nosotros, cuando servía en este país como Nuncio Apostólico, y que se mantuvo a través del tiempo. Pude ser beneficiario de esos gestos concretos de afecto y cercanía, cuando el año pasado, a pesar de que ya estaba aquejado por la enfermedad, afrontó el largo viaje hasta Roma, para acompañarme en el Consistorio, en el que el Papa Francisco me elevó a la dignidad cardenalicia. Esa fue una muestra más de su temple de persona noble y cercana, de lo que estoy seguro que ustedes son también testigos.

En este día en el que recordamos la querida figura del Cardenal Jaime, podemos ver su vida a la luz de la Palabra de Dios que hemos proclamado y ver qué nos dice hoy a nosotros. Acabamos de escuchar en el Evangelio el conocido relato de los discípulos de Emaús. Ellos se marchaban de Jerusalén decepcionados y llenos de tristeza, después de haber vivido unos días trágicos en los que su Maestro había sido ajusticiado en una cruz. En ese momento de desesperación, el Resucitado les salió a su encuentro, y empezó a caminar con ellos. Él aprovechó ese instante para explicar lo que había acontecido a través de la Palabra de Dios. Ese diálogo fue reparador y esperanzador; sus rostros se fueron transformando y sus corazones se iban llenando de consuelo.

Aquí podemos pensar en nuestro querido Cardenal Ortega, un enamorado de la Palabra de Dios, que leía y meditaba constantemente, y en ella encontraba la vía para entablar el diálogo con su Señor. En ese encuentro asiduo en la oración, recibía la fuerza y la luz necesarias para afrontar todo con una serenidad y alegría que contagiaban. A pesar de las dificultades, incomprensiones, decepciones y sufrimientos de la vida mantuvo siempre esa alegría interior que demostraba con una permanente y serena sonrisa. De esto estamos seguros. No era una sonrisa ficticia o casual para agradar a todos, sino que le salía del interior porque su vida estaba radicada en ese encuentro con Jesús. Su fe y amor a Dios marcó toda su vida y fue el impulso de todo su ministerio sacerdotal y episcopal.

Los animo, como lo hace constantemente el Santo Padre Francisco, a leer y meditar los Evangelios. Es a través de la Escritura que Dios nos habla y podemos recibir el entendimiento para comprender el camino por el que estamos atravesando y surgirá también de nosotros, como la tenía nuestro amigo el Arzobispo Jaime, esa sonrisa que es la vida de Dios en nosotros, la alegría del Evangelio.

Los discípulos de Emaús invitaron a aquel desconocido a quedarse con ellos, pues era tarde (cf. vv. 29-30). Ya sentados alrededor de la mesa, Él tomó el pan y pronunció la bendición, lo partió y lo repartió; entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron (cf. vv. 30-31). ¡Qué hermoso para un sacerdote, un obispo revivir este momento “eucarístico”, de acción de gracias, en los que los fieles reconocen a Jesús y vuelve a ellos la esperanza! La Eucaristía crea comunidad e Iglesia. Esto cautivó al Cardenal Ortega, y para ese servicio fue llamado desde su más tierna infancia. Sintió la vocación para servir y dar su vida. Estaba enamorado de su sacerdocio, que lo concibió desde su juventud como un don y una responsabilidad hacia los demás. Como el Santo Padre ha escrito recientemente a los sacerdotes: «La vocación, más que una elección nuestra, es respuesta a un llamado gratuito del Señor» (Carta, 4 agosto 2019).

El Cardenal Ortega entendió la pasión por el sacerdocio para hacer realidad la Eucaristía en tantos rincones de esta isla, como en otros países. En ese amor se puede afirmar que se desvivió por sus sacerdotes, no con un paternalismo dulzón, sino exigente para que fueran sacerdotes según el corazón de Cristo, entregados a los demás porque habían sido llamados por puro amor. Quiso que fueran sacerdotes en salida, como pide el Papa Francisco, no con visión parcial ni dentro de unos límites, sino abierta al mundo. Sacerdotes entregados a su comunidad, a su iglesia y pueblo cubano.

El Cardenal se entregó gratuitamente al pueblo que le fue confiado sin reservar fuerzas; amó sus raíces, a su pueblo natal Jagüey Grande, a su provincia de Matanzas, a su primera diócesis como Obispo, Pinar del Río, y a la iglesia de La Habana, que Dios le dio, por último, como esposa. Por eso, ¡qué hermoso ese testimonio que nos dejó de su madre Adela! Ella lo esperaba hasta que regresara de sus visitas pastorales, a veces hasta bien entrada la noche. El hijo le decía que no lo hiciera y ella le respondió: “Siempre te esperaré hasta la hora que sea y después te esperaré en el cielo”. Este es el corazón de las madres, el corazón de la madre de un sacerdote. El sacerdote, el obispo no viven para sí, sino para Dios en los demás. Así lo entendieron sus fieles que se acercaban para manifestarle su apoyo y que rezaban por él, también durante el tiempo de su enfermedad. En esos fieles, que son ustedes, podemos ver a la Madre Iglesia que no lo dejaba, sino que lo acompañaba y sostenía. Un pastor de este calado, como lo fue el Cardenal Ortega, deja una impronta en sus sacerdotes y fieles. Ahora ustedes tienen, según su deseo, la responsabilidad de seguir viviendo su vocación con la entereza y fidelidad para que todos crean.

Los invito a seguir rezando por esta Iglesia de Cuba que tanto amó, por sus sacerdotes, por los seminaristas, por las vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada, para que el testimonio de hombres y mujeres entregados a Dios y a los demás, pueda ser aliciente para que este pueblo siga profundizando su fe y seguros de que Cristo vive.

Aquellos discípulos de Emaús ya con el corazón enardecido por la Palabra de Dios (cf. Lc 24,32) y con el consuelo revelador de la fracción del pan, no se quedaron parados, sino que deshicieron el camino. Regresaron con renovada esperanza a la comunidad que estaba encerrada y atemorizada.

Cuando se tiene la certeza de que Cristo ha resucitado surge la necesidad misionera. El Cardenal Ortega nos deja con su vida pruebas evidentes de ese ardor para llevar a otros la alegría de la salvación. Cuando se está lleno de Dios se puede entablar el camino de encuentro con otras culturas, con otras confesiones religiosas, con los hermanos alejados; se logra extender puentes de amistad, creando una sociedad cada vez más justa y solidaria. Grande era su celo por estrechar lazos de amistad con otros, por muy diferentes que fueran, y por entablar un diálogo constructivo con las autoridades de gobierno y con los países vecinos. Sólo mencionar su rol en las negociaciones para acercar Cuba y Estados Unidos de América. Su entrega y amor por su pueblo, su capacidad de diálogo y clarividencia, lo colocó en un lugar clave para que las tensiones se fueran desvaneciendo y los nudos soltando.

Si miramos a la reciente historia cubana, como también a tantas historias personales, de personas sencillas, están marcadas por el paso del Card. Ortega. Nadie ha quedado indiferente ante su palabra y sus obras. Como sacerdote y obispo, intentó vivir el espíritu de los discípulos de Emaús. Fue un misionero entusiasta y entregado, buscó a Dios para darlo a los demás con palabras y gestos concretos, especialmente a los necesitados y descartados de la sociedad, creando lugares de acogida y de caridad para que su dignidad fuera respetada y valorada.

Somos conscientes de que amó a esta tierra cubana, tierra que lo vio nacer, crecer, madurar y también morir. Amó a su gente y la llevaba en su corazón. Trabajó sin descanso para hacer realidad aquellas palabras que marcaron un antes y un después: «Que Cuba se abra al mundo y que el mundo se abra a Cuba»; palabras de san Juan Pablo II, el primer Pontífice que visitó vuestra bella isla, ya en el lejano mil novecientos noventa y ocho (Ceremonia de bienvenida, 21 enero).  Posteriormente el Papa Benedicto y el Papa Francisco también han venido a esta amada tierra como signo de esa comunión de la Iglesia de Roma con esta iglesia particular cubana, y como expresión de las relaciones recíprocas entre la Santa Sede con el Gobierno de esta nación. De esta hermosa historia reciente tenemos que reconocer con gratitud el rol que jugó el Arzobispo habanero, Jaime Ortega, apoyado por los consejos sinceros y constructivos de sus hermanos Obispos. Siempre creyó en el diálogo, como potente arma para construir puentes de amistad y fraternidad; porque con el diálogo nada se pierde, sin él, se pierde todo.

El apóstol Pablo en la lectura que hemos proclamado: «No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve; en efecto, lo que se ve es transitorio; lo que no se ve es eterno» (2 Co 4,17), nos invita a tener una mirada que vaya más allá de las realidades aparentes.

Queridos hermanos al final de la vida no nos examinarán si acertamos en las decisiones y si los proyectos llegaron a buen término, no; seremos interrogados por el amor puesto en cada una de nuestras acciones y palabras; un amor que a simple vista quizás no ha podido ser considerado o valorado, pero Dios lo ve todo y sabe lo que guarda cada corazón.

Como ya les he anunciado, en esta celebración queremos darle también la despedida a S. E. Mons. Giorgio Lingua, Nuncio Apostólico entre ustedes por 4 años y que ha sido nombrado por el Santo Padre como su Representante en la República de Croacia, en Europa. Unir la oración de sufragio por el querido Card. Jaime Lucas Ortega y Alamino a la oración de Acción de Gracias al Señor por la obra generosa desarrollada por el Nuncio en Cuba, me parece que es algo que alegrará a nuestro Cardenal desde el cielo, porque juntos en estos últimos años han colaborado por la edificación de la Iglesia y por el progreso de este país. Que el Señor  muestre misericordia al que fue vuestro amado Pastor y lo acoja en su Reino y que acompañe con su gracia al querido Mons. Lingua en su nueva misión confiada a él por el Papa Francisco!

 

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