Realismo surrealista

Por: Antonio López Sánchez

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Realismo surrealismo

Por predios intelectuales rueda el chiste de que si André Breton hubiera nacido en Cuba, fuera un escritor costumbrista. De hecho, el director cubano Arturo Sotto filmó hace algunos años una película documental cuyo título es Breton es un bebé. La cinta reflejaba diversos sucesos nacionales que hubieran dejado con la boca abierta del asombro al mismísimo fundador del surrealismo. El español Joaquín Sabina ha expresado en algunas ocasiones que, si viviera en Cuba, tendría que hacer un par de canciones diarias.
Quizás no un par de canciones o un manifiesto surrealista, pero quien vive la Cuba diaria, de a pie, al final del día tiene al menos un cuento poco común, que alegra o irrita (¿más lo segundo que lo primero y sin viceversa?), para narrar cuando regresa a casa. Si además es periodista, una fuente inagotable lo rodea. Porque la cotidiana manifestación de sucesos asombrosos, cuando menos, o de hechos absurdos e inexplicables, las más, se sucede con nutrida frecuencia.
Nada como una cola esperando una guagua, o esperando cualquier cosa, para que florezca ese diálogo colectivo donde vive la verdad. En una de esas esperas, en un céntrico parque habanero donde terminan y comienzan su viaje varias rutas de los P, fue testigo este escriba de un insólito episodio. Los futuros pasajeros, sin la presión del horario pico, a media mañana y en cantidad aceptable como para no entrar en pánico, ven llegar a la esquina un ómnibus articulado. Este debía vaciar sus tripas, recuperar un poco el aliento y llegar a la primera parada para engullir a los que esperaban. Pero entonces otro ómnibus, de esos sin número de ruta y que operan como refuerzos bajo designios inescrutables y cuasi divinos, apareció de pronto y se colocó en la parada. Como estaba vacío, lo más natural fue que varios pasajeros lo abordaron.
El otro chofer, como si le hubieran ofendido el linaje materno, adelantó su articulado, lo puso en paralelo con el recién llegado (con lo que, de paso, bloqueó la calle por completo) y se bajó airado. Su pregunta, en decibeles semejantes a los de los duelos del lejano oeste, era que quién había mandado esa guagua para allí. El otro conductor, sin mucho entusiasmo, le respondió algo sobre un inspector equis en un punto a equis kilómetros, ubicado recorrido arriba. Para concluir el chaparrón, el recién llegado aceleró y se marchó a velocidades lumínicas (con lo que, de paso, por poco extermina a un par de futuros viajeros, incluido este periodista). El del articulado, sin mover su carro del medio de la calle concluyó la diatriba con palabras antológicas, dirigidas en regaño a los pasajeros que quedaban en tierra todavía. “Y ustedes, que me ven allí en la esquina, no me esperan y se van con el primero que aparece”. Sin comentarios.
¿Por qué un chofer se molesta porque los pasajeros puedan transportarse si no es en su vehículo? La única razón que pudimos barruntar los que, disciplinadamente, nos quedamos y abordamos la guagua articulada y reglamentaria, tiene que ver con las recaudaciones. En algunas terminales, no sabemos si en todas, se cobran los salarios según la recaudación. Entonces, si algún día insólito los ómnibus tuvieran la cantidad y frecuencia necesarias en esta ciudad de dos millones de habitantes, y no hubiera que viajar en ellos como sardinas enlatadas; si pasaran menos llenos y, por tanto, se recaudara menos, entonces ¿los choferes, mecánicos y demás también ganarían menos? Si el buen salario de este personal depende de que las guaguas sigan llenas, lo que equivale por lógica a una recaudación mayor, ¿habrá alguna vez guaguas, no digamos vacías, pero al menos confortables? El análisis de todas las posibles connotaciones de ese asunto, con moneda única y sueldo futuro solvente incluido, requiere de cerebros a la altura de Albert Einstein.
Por cierto, a propósito de los rubros del transporte, otra vez haciendo aguas mientras se redactan estas líneas (vísperas de experimentos e implementaciones de nuevas disposiciones estatales), hay que aplaudir un reciente programa del espacio televisivo Libre Acceso. Mientras los funcionarios entrevistados in situ, y los presentes en el programa, se refieren triunfantes a horarios cumplidos, carros recuperados, logros y halagüeñas perspectivas de guaguas por llegar al país, hay otra cara de la moneda. A propósito, dichos funcionarios, cuando hablan de las indisciplinas (en ese estilo medio indefinido, con cierta timidez gremio protectora), pocas veces aclaran cuándo esta es de la población y cuándo de su propio personal. Es obvio que es de ambas partes.
Por el otro lado, los entrevistados, a pie, bajo horas de espera en la calle, colgados de los estribos o comprimidos en el interior de un pasillo de ómnibus, dicen todo lo contrario, denuncian, desmienten, emplazan a los funcionarios, los ponen en airada y pública picota, como debe ser. Ese es el periodismo que se requiere en estos momentos en Cuba, el espacio donde las personas digan sus crudas verdades a ras de la calle, para que los funcionarios, más que hacerse tímidos harakiris televisivos y reconocer deficiencias, las resuelvan y funcionen. Ah y, un detalle al margen, entérese, y sorpréndase como nos sorprendimos nosotros: la música, cualquier música a cualquier volumen, y los copilotos cobradores (salvo en tres terminales específicas y debidamente uniformados e identificados) están prohibidos en todos los ómnibus.
No puede este escriba dejar de coincidir con la opinión de un anciano entrevistado cuando pidió a los responsables del transporte urbano que “al menos una vez al mes, cojan guaguas. Que lo pongan en su agenda como plan de trabajo, para que se sensibilicen con nosotros y nos entiendan mejor”. De hecho, más allá del transporte, creemos que todo responsable de algún servicio a la población, debería alguna vez, aunque sea una vez al mes, y sin carnet ni beneficio de empleado, ser usuario de a pie de ese mismo servicio. Todavía se dice, derrumbes socialistas aparte, que la praxis es el criterio de la verdad. Un poco de praxis en la acera, en la gestión frente a un buró, un mostrador o una ventanilla, no les vendría nada mal.
El otro absurdo fue reflejado desde un espacio de ficción, aunque es un caso harto mencionado y todos tenemos algún ejemplo conocido. En un serial de la televisión cubana, hay un joven científico que debe abandonar su importante labor (trabaja en proyectos para vacunas y otros renglones de alto nivel) para dedicarse a ser parqueador. Las razones son el próximo nacimiento de su hijo y la incapacidad económica de mantener a una familia con su sueldo profesional.
El detalle más terrible (el más veraz) es que, mientras recibía su sueldo como científico (una labor de la que el personaje afirma que es su vida), le resulta imposible adquirir un libro de bioquímica que vende un señor en la calle. Al final del capítulo, el parqueador, sin ejecutoria científica pero ahora con sueldo decente, desembolsa sin pesar una cifra equivalente a diez CUC para pagar el anhelado tomo. Ese científico, si pudiera vivir decentemente de ella, de seguro regresaría a su labor. Debe haber muchos así.
Ya se sabe hasta la saciedad que desde los años noventa emigraron, emigran hoy todavía, cifras temibles de profesionales a otros empeños mejor remunerados, cuando no a otras costas. Pero, ¿se ha hecho algo por revertir esa situación más que repetir que es a causa de la crisis económica y el bloqueo? ¿Casi treinta años no han sido suficientes para que alguna solución al menos se intente, incluso a pesar del bloqueo? No podemos ser un país de camareros y parqueadores; ni tener a los profesionales, formados aquí (con recursos gastados aquí) dispersos (sin dar sus aportes aquí) por los cinco continentes, en el mejor de los casos, o por diez mil oficios cuyos aportes entonces (por lo general en monedad dura) ya se sabe que no son para todos. Ese absurdo, se ha enmohecido en la lista de espera de los pendientes al pairo y no parece tener tierra a la vista. De hecho, hace poco un funcionario declaró que algunos choferes afiliados a modalidades estatales, ganan sueldos dignos, así los calificó, entre dos mil y cinco mil pesos mensuales. Eso está muy bien. ¿Cuándo llegarán los sueldos dignos a los olvidados profesionales que sostienen sobre sus hombros la pesada base de la archimentada pirámide invertida y que a duras penas no rebasan las cuatro o cinco centenas en sus sueldos, sin “búsquedas”? ¿Se enderezará alguna vez la pirámide?
En el viaje de marras en el ómnibus articulado (que hasta la parada de este escriba fue más o menos cómodo, por lo que el chofer habrá ganado poco esa mañana), por supuesto que se suscitó el diálogo sobre “la cosa”. Un tembón corpulento, uno de esos cubanos de vozarrón extrovertido y vida contada a los cuatro vientos, hizo para todos, una narración cuyos tintes harían palidecer a Franz Kafka.
El hombre, almacenero de una institución de salud por más señas, debe conservar una serie de tarjetas y papeles con diversos registros de operaciones del almacén (documentos oficiales, dijo que se llamaban según el argot) durante unos años. En el espacio de su depósito no cuenta con un sitio adecuado para hacerlo y sus superiores, su institución, no tienen recursos para remediar el problema. Un estante metálico, recogido de la basura (dato importante en esta historia) y más o menos en un estado reparable, apareció como solución. Un soldador amigo, una cabilla y un par de remiendos devolvieron el estante a una sobrevida útil. El hombre compró unos tornillos (“¡seis tornillos a caña cada uno, mi hermano!”, recalcó, dando a entender con el acento que eran cañas de a veinticuatro cañitas cada una) para fijar su estante a la pared y lo pintó, “con una latica de pintura que me quedaba por ahí en la casa”, concluyó. Ahí empezó la Odisea, pero sin viaje.
Una auditoría, par de meses más tarde, estuvo a punto de sancionarlo pues el estante (recogido en la basura), no estaba registrado como medio básico del lugar y no tenía asiento en los inventarios del departamento económico. La misma institución que no tenía cómo resolver un lugar para conservar los benditos documentos oficiales, casi castigaba la iniciativa que de alguna manera resolvió el problema. “¡La próxima vez, dejo que se pierdan to´esos papeles! ¡Por poco me parten el cerebro!”, arguyó el narrador.
Un excelente chiste de un espectáculo humorístico me regresó a la mente al escuchar la historia. Un personaje se ha robado una camilla de un hospital y al no poder venderla decide regresarla a su sitio. Ahí fue el caos y se ejecutaron miles de revisiones e investigaciones ante la misteriosa aparición de una camilla. Porque, decía el humorista, cuando las cosas se pierden no hay problemas, ¡pero cuando aparecen, ahí sí hay líos! La oscura aparición de un estante, en un país donde el “faltante” es pan nuestro de cada día, parece que no está programada en las rígidas normativas y metodologías de control. Más bien, en los mecánicos entendimientos y neuronas de quienes los ejecutan de modo robótico.
Al bajar de la guagua, mientras camino rumbo a mi destino, me llevo un par de lecciones bien aprendidas. Además de no subir a un ómnibus que aparezca sorpresivamente vacío en mi parada, más si el reglamentario está a la vista, tendré en lo adelante mucho cuidado con la basura. Por mucha que haya, por tiempo que pase desbordada y sin recoger en los depósitos, no me atreveré a tomar nada de ella, especialmente un estante. No sea que a Kafka, o a Breton, les dé por hacerme una auditoría. Y, por si acaso, ya estoy estudiando los parqueos cerca de mi casa. Ω

7 Comments

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