Cambiar el cambio

Por: Antonio López Sánchez

Cambio
Cambio

La muy vieja, aunque para nada obsoleta, canción El chevy de Alejandro García (Virulo) marcó época en su momento. Quienes lo vivieron recordarán los autos norteamericanos de marca Dodge, Ford Falcon y Chevrolet (los Chevys) que se usaban como taxis a fines de los años setenta y algo de la década de los ochenta. La última estrofa del tema, refiriéndose al taxímetro (objeto este sí, casi extinto, salvo en predios de la moneda fuerte), describía el diálogo final entre taxista y pasajero: “Marca uno cincuenta pero yo no tengo cambio, así que lo mejor es redondear / sumando la propina, me deja cinco pesos, hasta luego, muchas gracias y nada más”. Ya desde entonces el cambio, el vuelto, ese dinero que muchas veces le deben al pagar una compra, era motivo de debate y hasta escarnio.
Hace poco una artista se quejaba en su cuenta de Facebook de las dificultades para poder cambiar el dinero de su sueldo, o usarlo en compras directas. La queja, en general, se dirigía a que algunos establecimientos no aceptan las denominaciones grandes de los billetes o siempre alegan no tener cambio. Esto trae obvias dificultades. Usted tiene plata contante y sonante y no puede satisfacer sus necesidades.
Algunos ofrecían soluciones tales como tener una tarjeta magnética o una cuenta bancaria. Otros sugerían usar el servicio de Telebanca. Un tercero dijo que, en las tiendas donde haya esta posibilidad, se puede pagar a través de esa misma tarjeta magnética desde la cuenta bancaria. Incluso, un par hasta la invitó a simplemente resignarse. En resumen, con algo ya de mal humor, la artista ironizaba que al final, era ella la culpable, por no tener cuenta bancaria, ni tarjeta, y por cobrar en billetes grandes. Analizar el asunto conduce a varias aristas, cada cual más compleja, así que, vamos por partes, tal diría el sempiterno Jack The Ripper.
El Estado cubano emitió hace algún tiempo varias nuevas denominaciones de billetes. Doscientos, quinientos y mil pesos fueron los valores impresos. Desde entonces, recuerda este escriba haber visto colgado en un par de ruteros un papelito que prohibía pagar con tales magnitudes. En áreas de la moneda convertible, y sin nueva emisión alguna, constatamos igual prohibición en algunos sitios, en este caso con los billetes de cien y cincuenta CUC.
Si usted es observador, y tiene buena memoria, recordará que hace algunos años los billetes tenían un texto que afirmaba que el valor de esa moneda estaba garantizado íntegramente con el oro, al cambio extranjero. Además, también decía que esos billetes, válidos para pagar cualquier deuda contraída en el territorio nacional (cuando aquello había una sola moneda) eran una obligación del Estado cubano.
De la paridad con el patrón oro, después de Bretton Woods, no vale la pena hablar, pues resulta un tema áspero y complejo, en Cuba y en todo el mundo. Ahora bien, los billetes en las dos monedas, aunque ya no tienen el letrerito, siguen siendo una obligación del Estado cubano. Por ende, siguen teniendo absoluto valor para cubrir todas las deudas y compromisos que deben pagarse dentro del territorio nacional.
Si bien en terrenos de la lógica diaria pagar cinco pesos, el precio de un rutero, con un billete de quinientos, puede sonar excesivo y poner al chofer en una situación complicada, el asunto tiene otra vertiente. Lo que sucede es que ningún chofer, ni ningún administrador o dueño de algún establecimiento puede prohibir el uso de la moneda legalmente vigente en todo el país, por obra y gracia de su voluntad y por encima de las leyes. En áreas del CUC la prohibición tiene una justificación, absurda por las dos caras, pero que existe. Cuando usted paga con billetes de cien y cincuenta CUC, debe entonces sacar su carnet de identidad, ser registrado en un mamotreto donde se anota el número de serie del billete, su número de identidad, más la firma de la empleada y la suya. Imagine tal proceso un par de veces en una cola ansiosa por adquirir algún producto difícil. Para evitar el trámite, algún administrador o algún dependiente, ducho en ardides como Odiseo, prohibió pagar con ambas denominaciones y ya. De paso, viola olímpicamente las leyes del país y sus derechos como ciudadano, desde aquí hasta Ítaca.
Resolver estos problemas, como siempre, descansa sobre la lógica y, sobre todo, sobre el esfuerzo. ¿Es tan difícil capacitar a quienes trabajan con dinero para detectar las muchas marcas de seguridad que tiene cualquier billete moderno e impedir recibir un billete falso? ¿Es tan difícil que un dependiente de cualquier sitio tenga, como se debe, un fondo suficientemente amplio para dar el cambio? Por otro lado, si usted recibe, en un cajero, en la Cadeca, o en su sueldo mensual (más ahora que fue aumentado) una cantidad en billetes de alta denominación ¿qué se hace? ¿Renuncia a ir al mercado? ¿Es su culpa?
Las soluciones que los foristas aportaban en el diálogo antes citado en Facebook tampoco son las idóneas. No son pocas las veces que los sistemas de comunicación electrónica que operan en tiendas y bancos están fuera de servicio. Eso hace inoperantes las tarjetas, las cuentas bancarias y los servicios de Telebanca. Por cierto, ninguno de estos sistemas sirve para comprar en el agro, y en otros muchos sitios, pues no he visto ninguno con comunicación electrónica ni cajas automatizadas. La informatización avanza, pero tampoco es para tanto. ¿Qué hacer si usted vive solo, no tiene cuenta bancaria ni tarjeta, carga un billete de quinientos y no necesita más de dos o tres libras de malanga para esta semana? Por otro lado, tampoco el aumento de sueldo significa ahora el bandazo que cauce la desaparición de los billetes de menor valor. Por supuesto, siguen siendo válidos.
La moneda de baja denominación, medios, pesetas, centavos, debe circular también. Sin hacer un gran esfuerzo de memoria, podríamos decir que ahora mismo quizás no hay ningún producto que valga ni un quilo, ni cinco centavos de la moneda nacional. También son pocos, pues nunca hay vuelto en ningún lado, los que valen un precio y fracción en menudo. El pasaje del ómnibus, cuarenta centavos, es lo más barato que recuerdo. Algunas personas, sobre todo ancianos, se toman el trabajo de ir al banco, cambiar dinero en pesetas y en las paradas, ante la entrega de un peso, devuelven ochenta centavos. Por cada peso cambiado ganan veinte centavos por su servicio.
Desconozco si es un trabajo por cuenta propia, o si pagan impuestos. Debiera ser legalizado plenamente, porque es algo muy útil y que, no solo nos ayuda a no pagar un peso en cada guagua del día (con cobrador o sin ellos, nadie lo cambia ya) y a ahorrar nuestro peculio, sino que además pone a circular las monedas. Algún economista podrá explicar mejor por qué es necesario para el buen andar de un país que todas sus denominaciones monetarias, grandes y chicas, estén activas.
Quizás los agromercados, los shoppings y los establecimientos por cuenta propia podrían establecer una gestión de este tipo. Se supone que debe haber siempre un fondo para encarar el cambio de sus ventas. Se supone que esa es tarea de alguien que cobra un sueldo (puede que malo y todo, pero lo cobra) por hacerlo. Pero ya sabemos que, por ineptitud, o porque el compañero de la llave no ha llegado, o porque se retrasaron las mareas nocturnas en Borneo, no se hace como debiera hacerse. Entonces, ¿no podrían contratar a una persona que cumpla la labor de cambiar todos los días el dinero suficiente, como para que nadie tenga que maldecirse, y maldecir, por tener un inútil billete de quinientos pesos? Parece una solución algo absurda, pero es un magnífico antídoto para el mal carácter, y las manos vacías, de todo el que llegue a comprar algo y no pueda, aun teniendo dinero. Incluso, genera un nuevo empleo. A un absurdo, otro, pero que al menos sirva.
Como siempre, ilógicas aparte, resolver tales trabas reposa en eliminar la desidia, en usar la cabeza y el corazón, para erradicar la desgana, los no se puede, el quehacer irracional, por demás siempre improductivo, que irrita y atrasa. El presidente Miguel Díaz-Canel ha llamado a los cubanos y cubanas a pensar como país. Esto, amén de muchos otros significados, quiere decir que los mecanismos de funcionamiento, los actos, razones y métodos de cada día deben ser pensados, sobre todo, en función del prójimo, del bienestar del otro, que al final redunda en el nuestro, en el de todos.
La otra solución, ya en predios del más isleño surrealismo, sería que nos lleváramos la malanga y todos exhibiéramos, como en aquel cuento de Mark Twain del billete del millón, nuestras monedas inútiles, como prueba de que podremos pagar algún día. Cuando aparezca el cambio, y, ojalá, sin tener que redondear. Ω

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