Con todos y para el bien de todos

Por Seminarista Jordy Santiago Rivero Duarte

Seminaristas ayudan a los damnificados por el tornado

Desde hacía muchos días rezábamos por los afectados por el tornado y por quienes los ayudaban, pero era necesario un paso más. Por noticias escuchábamos cómo la Iglesia y miembros de la sociedad, sobre todo artistas, daban lo mejor de sí para que estas personas no se sintieran abandonadas.

Una semana después del fenómeno, y con la intención de responder al llamado de ayuda que hacían Cáritas y la Pastoral Juvenil en la arquidiócesis de La Habana, decidimos comenzar a recoger ropa, zapatos, aseo y algo de comida. Aunque los seminaristas estábamos en período de exámenes, junto a nuestros formadores llegamos en la tarde del miércoles 6 de febrero a la guardería de las Hermanas del Amor de Dios en Regla.

En el lugar encontramos a un grupo de religiosas y laicos, entre ellos muchos jóvenes que llevaban varios días clasificando donaciones, visitando a los afectados y haciendo lo posible por ayudar a esas personas. Nosotros nos sumamos.

Lo primero fue dividirnos, en lo que unos prepararon bolsas con arroz y azúcar para entregar a los necesitados, otros llevábamos a algunas casas colchones que Mons. Juan García había traído en la mañana de ese día. Aquella fue una labor difícil. En medio del desastre se corre el riesgo de asistir a unos y dejar en el desamparo a otros; pero cuando abunda la miseria, acumulada por años, se intenta, con lo que se tiene, ayudar a quienes más lo necesitan sin herir  otros.

Cumplido lo primero nos unimos todos y fuimos a los barrios más afectados, esos que no están a la vista y siempre quedan para el final. Aunque ya las hermanas habían estado en el lugar, al llegar nos llevamos una gran sorpresa. ¡No estábamos solos! Frente a un edificio, un pequeño grupo de personas que parecía de una cooperativa, repartía alimentos. Ellos tenían sus carretas llenas de plátano y hortalizas, y poco a poco racionaban su ayuda. Vimos también otro carro de la Iglesia con cosas, algún seminarista dijo que eran los escolapios de Guanabacoa.

Nos adentramos por un largo pasillo y encontramos todo un barrio devastado. Junto a la destrucción estaban las personas que cargaban con el dolor inmenso  de quien lo ha perdido todo, pero en sus manos ya tenían algunas donaciones que otros les habían dejado. Rápido comenzamos a repartir módulos con aseo y alimentos. Junto a nosotros otras personas entregaban bolsas con ropa y tal vez algo más. Cuando pregunté me dijeron que eran artistas. Al parecer ellos también habían visitado la zona con anterioridad porque llevaban la ayuda a los lugares específicos.

Al terminar allí fuimos hasta un barrio cercano donde algunas personas reconstruían sus viviendas. Intentamos ir casa por casa, pero muchas estaban cerradas.

En el último barrio visitado encontramos la misma situación, un padre que en la espera de su próximo hijo ayudaba a su mujer a lavar los pañales del pequeño; unos hermanos, ya ancianos, que reconstruían un cuartico para que su hermana pudiera vivir mientras se cumpliera la promesa del Gobierno de ayudarle a construir un mejor lugar, entre otras muchas historias.

Lo último que hicimos esa tarde, luego de abastecernos, fue volver a los barrios para repartir algo de ropa. Al regreso encontrarnos extranjeros que en carros alquilados entregaban ayuda humanitaria.

¡Qué hermoso ver que cuando un grupo sufre todos podemos consolar! Ayudar, asistir, construir es responsabilidad de los gobiernos, pero es también derecho de todo un pueblo. Esa tarde nos enseñó que Cuba es la casa donde todos podemos y debemos aportar. Una nación que excluye a su gente está llamada a desaparecer, una Cuba que se “abre al mundo”, que cuenta con todos, está llamada a crecer. Ojalá estos signos sean los destellos de un sueño que se hace realidad: “Con todos y para el bien de todos”.

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