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GLOSAS CUBANAS

Máximo Gómez Báez.

El general de las dos guerras.
El hombre y su familia en los campos de Cuba.

Máximo Gómez Báez

“Soy creyente en una Providencia oculta,
que dirige las acciones humanas, y es así,
que siempre nos queda mucho
fuera de la órbita de donde giramos…”
M.G. (1898)

por Perla Cartaya COTTA

 

Hace mucho tiempo que le debo al humilde dominicano –de quien con razón se ha dicho que tuvo en sus manos, en más de una ocasión, el destino de Cuba–, mi modesto homenaje.

El compromiso data de los días lejanos del bachillerato, en el Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana, cuando la doctora Haydee Betancourt, hija del general matancero Pedro Betancourt, nos estremecía a todos en las clases de Historia de Cuba con las narraciones épicas que escuchara en labios de su padre. Sigo apreciando la luminosidad de su palabra al contarnos el recorrido que había realizado el Generalísimo, desde Las Villas hacia la capital de la Isla, cuando ya era un hecho inobjetable la ocupación militar de Cuba por los norteamericanos.


El 24 de febrero de 1899 sería inolvidable para los habaneros: el estratega de la Campaña de la Reforma, el héroe invencible de tantas batallas –querido por la mayoría de los cubanos–, llegaba erguido sobre un majestuoso alazán dorado, con traje azul, sin insignias, botas altas negras, y una emoción que se hacía evidente, por momentos, en el ligero temblor de sus labios y de sus manos que, incansables, saludaban con el sombrero a la multitud que lo esperaba a lo largo de la Calzada del Cerro, por donde había entrado, hasta el Ayuntamiento (hoy Museo de la Ciudad). El pueblo lo vitoreaba. La enseña nacional se veía por doquier enlazándose a veces con las banderas norteamericanas por capricho del viento, y en la Cabaña dispararon en su honor 21 cañonazos. No llegó solo: un grupo nutrido de las fuerzas mambisas lo acompañaban. Y cuando el Generalísimo apareció en el balcón rugió con fuerza el amor del pueblo que colmaba la calle.

Esa noche hubo banquete de honor en el teatro Tacón y, al cierre de la larga jornada, dicen que el homenajeado se veía alegre; aunque yo presumo que las preocupaciones por el destino inmediato y mediato de Cuba ya le aguijoneaban el alma. Razones no escaseaban.

I

Máximo Gómez y Báez, hijo de don Andrés y doña Clemencia, nació en 1836 en Beni, un pequeño pueblo de Santo Domingo vinculado a la actividad agraria. De su padrino, que era sacerdote, recibió una escasa instrucción escolar; pero ya en la juventud se aferró, como buen lector, a la literatura y a otras fuentes del conocimiento hasta lograr su propósito: adquirir cultura. Parece que fue en esos años que se interesó por saber Historia.

Los cubanos debemos mucho
al guerrero invencible que
vivió junto a nuestro pueblo
la mayor parte de su vida
de adulto.

No todos los patriotas de su época valoraron correctamente
su espontáneo compromiso
con nuestra patria, de la cual
fue hijo por adopción
muy honda.

Las circunstancias históricas variarían el rumbo de su vida: en 1855 se incorpora a las milicias para defender a su patria de la invasión haitiana. El 25 de diciembre tiene lugar su primera experiencia militar: la batalla de Santomé. Se une, más adelante, a los compatriotas que optaron por la anexión a España en busca de una protección económica y militar que propiciara la paz futura. Ese error que tanto llegó a dolerle –y en el cual incurre, según sus reflexiones posteriores, por carecer de un verdadero discernimiento político, obnubilado tal vez–, lo traerá a Cuba.

A fines de julio de 1865 Gómez arriba a La Habana con su familia y se integrará a la colonia de dominicanos radicados en Cuba. La natural hospitalidad del cubano, y el carácter alegre, capaz hasta de bromear sobre las necesidades perentorias cotidianas, deben haber facilitado la comunicación y la confraternidad entre unos y otros. Los emigrantes conocerán las características del gobierno colonial español en Cuba, muchos de ellos sufrirán las humillaciones y la discriminación en sus propias vidas; unos continuaron en las

filas españolas, y otros se unirán al ideal independentista de los cubanos. Hombres como los hermanos Luis, Félix y Francisco Marcano serían fundadores del Ejército Libertador en la región oriental de Cuba.

Máximo Gómez formó parte del ejército regular español durante algunos años, pero en 1867 presentó a sus superiores la solicitud de licencia definitiva del ejército español. Él diría que fue en casa del bayamés Eduardo Bertrot donde tuvo las primeras noticias de los planes conspirativos encaminados a lograr para Cuba la independencia de España. Residía entonces en la jurisdicción de Bayamo dedicado a negocios rurales. Se propuso incorporarse al proyecto independentista y así lo hizo. No podía imaginar que recorrería con los cubanos un largo camino –casi treinta años de lucha revolucionaria–, matizado con victorias, llanto y fiero dolor por la pérdida definitiva de amores sagrados.

El 16 de octubre de 1868, desde El Dátil, pueblo donde estaban sus dos hermanas y la madre (que pronto fallecería), se incorpora a los primeros contingentes que se unen a Céspedes, otorgándole el grado de sargento el poeta bayamés José Joaquín Palma... Pocos días después, el presidente Carlos Manuel de Céspedes, en reconocimiento a la valentía que había demostrado, lo asciende por nombramiento a Mayor General, asignándolo a las fuerzas de Donato Mármol. El 28 de octubre tuvieron noticias de que una columna de unos 700 hombres, al mando del general Quirós, se dirigía a Bayamo; desde ese mismo día las tropas de Mármol, dirigidas por Máximo Gómez, inmovilizaron a los españoles en Baire, hostilizándolos continuamente hasta que, el 4 de noviembre, el general Gómez –emboscado con unos cuarenta hombres en el camino real–los sorprendió en Tienda del Pino, cerca de Baire, con la primera carga al machete de la guerra; procedimiento bélico utilizado por los dominicanos en su patria y que en Cuba se combinó con la caballería.

Por solidaridad y entrega sincera al ideal independentista, Gómez puso a disposición de los miembros de la división Cuba, desde los albores de la guerra, su amplia experiencia militar y sus aptitudes relevantes al respecto: Flor Crombet, Guillermo Moncada, Calixto García y los hermanos Maceo, entre otros, se nutrieron de ellas; aunque el más brillante de sus discípulos fue, según dijo, el general Antonio.

El Generalísimo tenía una personalidad imponente; de carácter férreo, particularmente difícil cuando estaban en juego los principios; temibles eran sus arranques de asperezas, pero, a veces, la ternura se le escapaba a pesar de sí mismo; su mirada era limpia, honda, y las manos, grandes y fuertes, reflejarían en la ancianidad la presencia del campesino y del soldado de caballería; hombre justo, discreto, valiente entre los valientes, abnegado, de corazón sencillo y pensamiento sin trastiendas. Basta observar sus objetos personales, su uniforme –expuestos en la Sala de las Banderas del Museo de la Ciudad–, para apreciar la modestia de su persona. Entre sus gustos personales: prefería el arroz blanco con huevos fritos y aguacate, el café, fumar tabaco y, siempre que era posible, beber ron o cerveza.

A pesar de no tener grandes atractivos físicos, parece que fue –como la mayoría de los hombres– un poco picaflor. De acuerdo con la investigación de Antonio Álvarez Pitaluga, tuvo cinco hijos naturales, tres de ellos antes de venir a Cuba: Ignacio, Laito y Francisco, y dos, Antonio y María Teresa, en los años que Martí llamó de reposo turbulento. Fue en nuestros campos que conoce a una joven que le hace pensar en asentarse sentimentalmente: Bernarda del Toro (Manana), que tenía entonces 18 años; aceptado por ella, unen sus vidas para siempre el 4 de julio de 1870 en Charco Redondo (Oriente). Entre 1870 y 1877 nacieron de ese amor: Margarita, Andrés, María Clemencia, Francisco y Maxito. Y aquel guerrero, de maneras tan rudas en el quehacer militar, era tan tierno, cariñoso y solícito con su mujer e hijos, que sorprendía a quienes compartían, por alguna razón, la intimidad de su familia...
El Generalísimo tenía una personalidad imponente; de carácter férreo, particularmente difícil cuando estaban en juego los principios.


Hay testimonios de que Máximo Gómez y Antonio Maceo fueron hombres difíciles, de hablar ríspido ocasionalmente, y es posible que discreparan con frecuencia ¿por qué no?, pero nada ni nadie pudo impedir que por lo general llegaran a entenderse. Fraguó entre ellos una buena amistad. El hecho de que María Cabrales (esposa de Maceo) asistiera a Manana en sus partos, cohesionó a las dos familias; y para sellar aquel fuerte afecto Maceo y su esposa bautizaron a Francisco Gómez Toro.

Al Chino Viejo, que así le llamaban, no le resultó fácil mantenerse en su condición de servidor fiel y disciplinado de la patria cubana: en dos ocasiones fue depuesto de su responsabilidad militar, la primera, por divergencias de criterios con Carlos Manuel de Céspedes; y la segunda, en plena invasión, cuando ya el regionalismo y la desunión tenían fuerza en las filas mambisas; los jefes villareños le pidieron que abandonase la región –¡porque él no era villareño!– y entregase el mando a Carlos Roloff. No quiso el Generalísimo que la brecha se hiciera más honda: presentó la renuncia al Gobierno y, en octubre de 1876, abandonó la zona con su familia y un grupo exiguo de sus compañeros.
Con la firma del Pacto del Zanjón, la familia Gómez del Toro se despidió de Cuba. Pero él sabía que algún día regresaría.

II


El tiempo y la distancia no impidieron que siguieran latiendo en el pecho del Generalísimo los ideales de libertad, justicia e independencia para Cuba y su pueblo. No claudica: en 1884 concibe y redacta, secundado por Antonio Maceo, en la ciudad de San Pedro Sula (Honduras), un programa revolucionario para reiniciar la guerra en Cuba. Van a Nueva York, y es allí que tiene lugar para tratar sobre ese proyecto, el primer encuentro con José Martí; pero entonces no pudieron entenderse. El proyecto fracasa y, debido al mismo, Gómez sufre prisión por varios meses en su propia patria. Más adelante, llegará a comprender y admirar el esfuerzo del Apóstol para unir a la emigración cubana. Querrá a Martí como él merecía ser querido. Cariño recíproco que se extiende a la esposa e hijos de Gómez; quienes también lo querrán. Y el Apóstol escribirá en Patria (26 de agosto de 1893), a propósito de la visita que les hiciera en Montecristi unas palabras de Gómez –que tal vez sean la clave para entender la compenetración natural que surgió entre ellos, tan buenos y diferentes–, refiriéndose al gentío descalzo que se apiñaba a la ventana: “(…) Para éstos trabajo yo”. (O.C.t.4)

Junto a Martí estará en la fundación del Partido Revolucionario Cubano (1892) y en todo lo que fue oportuno hacer para organizar la guerra necesaria. El 25 de marzo de 1895 los dos firman el Manifiesto de Montecristi, documento programático de la revolución concebida por Martí. Juntos enfrentarían las traiciones y los peligros del azaroso viaje hacia las costas de Cuba y así desembarcaron por Playitas de Cajobabo: “Como Colón una vez, me tiré y besé el suelo de Cuba”, evocaría más adelante el Generalísimo. Por él y por Martí, ausente físicamente, combatió sin tregua haciendo realidad, con su amigo el general Antonio, la invasión a Occidente. Guerra aquella que se extendería hasta la ocupación militar norteamericana (1899-1902), tras la firma del tratado de París entre España y los Estados Unidos.
Heroísmo tremendo el de aquella familia. Gómez y Manana pasaron durante la guerra grande por el dolor de perder a la hija mayor, Margarita (1870-1871), y al año siguiente a Andrés; en esta etapa de nuestra gesta independentista les faltaría para siempre Panchito, que cayó en combate en 1896 junto a otro héroe de las dos guerras, el general Antonio Maceo. Manana le dio a su esposo un total de once hijos –dos nacieron y fallecieron en el período entreguerras–, de ellos sólo seis accedieron al siglo xx.


EPÍLOGO

Me encuentro entre quienes piensan que los cubanos debemos mucho al guerrero invencible que vivió junto a nuestro pueblo la mayor parte de su vida de adulto. Creo que tuvo dos grandes compromisos en su vida: el que concertó por voluntad propia con Cuba, y el que contrajo con Manana al constituir familia, compromiso que en no pocas ocasiones, con la comprensión y apoyo de su esposa, subordinó al primero. Me parece que no todos los patriotas de su época valoraron correctamente su espontáneo compromiso con nuestra patria, de la cual fue hijo por adopción muy honda. Pienso, además, que lo hirieron más de la cuenta en las guerras y en la pretendida paz, cuando era más necesario que nunca la unidad de los cubanos para que el parto de la república resultara feliz.

El Generalísimo, indudablemente, como cualquier hombre, cometió errores a lo largo de su trayectoria, pero la deslealtad y la traición nunca se encontraron entre ellos. Pienso que en el capítulo lamentable de las relaciones entre la Asamblea del Cerro y él, predominaron los errores de ambas partes; y si es cierto que a Gómez le faltó la necesaria luz larga al desconocer la autoridad de la Asamblea, tampoco la tuvo Manuel Sanguily, respaldado por Juan Gualberto Gómez, al presentar una moción para la supresión del cargo de General en Jefe del Ejército por “innecesaria y perjudicial”. El 12 de marzo de 1899, la Asamblea aprobó la moción destituyéndolo de su alto cargo: era la tercera vez que esto le ocurría en su larga historia de servicios a Cuba. Es obvio que ambas partes, inconscientemente, actuaron a favor de los intereses norteamericanos al dar motivo para el desmoronamiento de la imprescindible unidad revolucionaria. Y al faltar entre estos próceres el necesario diálogo, dejando atrás rencillas del pasado, perdió Cuba.

Al Generalísimo nunca le faltó el respaldo de nuestro pueblo; respaldo que, de hecho, fue como el tiro de gracia para la Asamblea que decidió disolverse el 4 de abril de 1899.

Máximo Gómez enfermó de una lesión en una mano, por donde penetró una infección que minó todo su cuerpo. Su prolongada enfermedad no le impidió persistir en su intento de siempre: lograr la unidad de los cubanos. Falleció el 17 de junio de 19 05 en su casa de la calle Quinta y D en el Vedado. La Patria lo despidió con el llanto de sus hijos y los honores que nadie le podía regatear.


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