En un mundo de interacciones, la estrategia de asociarse en bloques comerciales ha resultado ser la receta de multitud de pequeños Estados. Pero si a una de estas alianzas, como la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN), se le suma China como socio de preferencia, entonces las magnitudes se amplían: hablamos nada menos que de ¡1 800 millones de personas, en un mundo de 6 000 millones!
¿Cuál es el asunto? Pues la conclusión, en 2010, de la mayor área de libre comercio del planeta en cuanto a población, y la tercera en volumen de intercambios, después de la Unión Europea y el Área de Libre Comercio de América del Norte (Estados Unidos, México y Canadá).
De un lado está China, que comenzó su despertar económico a fines de la década del setenta, bajo el sistema socialista, pero con prácticas de libre mercado y privatizaciones que la han convertido en plaza atrayente para la inversión foránea. Del otro, la ASEAN, integrada por Brunei, Camboya, Indonesia, Laos, Malasia, Myanmar, Filipinas, Singapur, Tailandia y Vietnam.
Entre ambos actores existen ya cifras de consideración, y buenas noticias, como que en 2005 decidieron reducir o eliminar los aranceles a 7 000 productos de intercambio, al tiempo que los países de la ASEAN recibieron el visto bueno de China como destinos turísticos para sus ciudadanos.
Según datos de 2004, el bloque del sudeste asiático es destinatario del 7,2 por ciento de las exportaciones chinas, fundamentalmente constituidas por maquinarias, plásticos, equipos médicos y ópticos, hierro y acero. La ASEAN aparece aquí en el cuarto sitio, después de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón.
Por su parte, el gigantesco vecino recibe de la ASEAN el 11,2 por ciento de sus importaciones, lo que ubica a sus pequeños partners en el tercer puesto, sólo detrás de Japón y la Unión Europea, en rubros como la maquinaria, los productos químicos, el petróleo y otros combustibles minerales, de los que China está tan escasamente dotada.
Los números ilustran, sí, pero no son inamovibles. Y las evidencias señalan que, en el intercambio bilateral, las agujas apuntarán más y más alto.
ABRAZOS EN MUCHOS SECTORES
Un importante paso hacia la integración de China con las economías de sus nuevos socios, lo constituyó la firma, el 14 de enero de este año, del Acuerdo sobre Comercio de Servicios, efectuado en la ciudad filipina de Cebú.
Según la agencia china Xinhua, el convenio supone que Beijing permitirá que las compañías especializadas en el mantenimiento de vehículos de los países de la ASEAN establezcan filiales de capital extranjero en su territorio, así como que estas naciones ubiquen en territorio chino plantas de tratamiento de residuos y compañías responsables de la gestión de las basuras.
En la otra orilla, Singapur y Brunei accederán a abrir el sector de transporte marítimo a las compañías chinas, y otros miembros de la Asociación permitirán que las empresas de Beijing establezcan negocios mixtos en el sector hotelero.
Estos “abrazos económicos” se suman a los intercambios que durante los últimos años han efectuado las partes en el sector de la educación, el transporte, la energía, la cultura y los servicios médicos.
Y por supuesto que no sólo de pan tratamos: un primer taller sobre el mantenimiento de la paz tendrá lugar en la segunda mitad de 2007, con el objetivo anunciado de promover la cooperación en materia de defensa y fortalecer el entendimiento y la confianza mutua entre los militares de China y los países de la ASEAN, según afirmó el primer ministro chino Wen Jiabao en su encuentro de enero con los líderes de la ASEAN, citado por Xinhua.
Con nexos tan estrechos en tanta diversidad de áreas, notables ventajas pueden sacar quienes los tienden. Para China, esta es una oportunidad para afianzar su papel como potencia regional en Asia y restar peso a la influencia norteamericana allí. Para su contraparte, la alianza con un socio que despega a pasos agigantados, que es ya la cuarta economía mundial y cuyos ingresos per cápita ascienden sostenidamente, puede ser beneficioso de cara a su proyectado lanzamiento de la Comunidad Económica de la ASEAN.
Si Europa, tras siglos y siglos de desacuerdos, logró eliminar las fronteras, ¿por qué no habrá de lograrse una aspiración semejante en el Oriente?
UNA “UE ASIÁTICA”
La ASEAN nació en 1967 como un foro destinado a acelerar el crecimiento económico y trabajar por la paz y la estabilidad en el sudeste de Asia. Ya en enero de 1992, sus miembros acordaron establecer un área de libre comercio y reducir los impuestos a los productos no agrícolas durante 15 años, una medida que comenzó en 1993 y que previsiblemente se renovará al término del período.
Sin embargo, los horizontes son más ambiciosos. Para el año 2020, el bloque de 500 millones de habitantes aspira a conformar la Comunidad Económica de la ASEAN. Según datos que aparecen en su sitio web, se trataría de una región “estable, próspera y altamente competitiva” en la que se implementará “un libre flujo de bienes, servicios, inversiones, y un más libre flujo de capitales, desarrollo económico equitativo y reducción de la pobreza y las disparidades socioeconómicas”.
Para alcanzar estos objetivos, la ASEAN se propone acelerar la integración regional en los sectores del transporte aéreo y automotor, productos del agro, electrónicos, pesca, cuidados de salud, textiles, turismo, etcétera, además de fortalecer los mecanismos institucionales para la resolución de disputas comerciales.
Tales propósitos deberán ser más que papel y tinta en 2020, ¡cuando el Acuerdo de Libre Comercio con China tenga ya diez años de estar avanzando a todo motor!
SI LA MAREA SUBE
Por supuesto, no todos lanzan dulces miradas al convenio entre Beijing y la ASEAN. Uno de los que ve cómo se queda fuera del pastel es Taipei (Taiwán), la provincia china rebelde que ha ido por su propio camino en los últimos 58 años.
Un reporte del Ministerio de Economía de la isla, reseñaba como “una importante preocupación (…) que el más fácil acceso al mercado chino por parte de los países de la ASEAN socavaría finalmente las ventajas que actualmente disfrutan las compañías taiwanesas” en la China continental. Sí, como lo oye, porque a pesar de las pésimas relaciones políticas, hay negocios, abundantes negocios…
Pero un portazo en las narices de Taiwán, es también, indirectamente, un portazo a su principal valedor: Estados Unidos. Y China no se privará de ese placer.
Además de esto, en Europa, los gobiernos hacen malabares en este mismo instante para arreglárselas con el fenómeno de que muchísimas empresas cierran sus instalaciones en el Viejo Continente para abrirlas en China, donde el salario en las regiones industrializadas puede acercarse a los 70 euros mensuales, todo un sueño para un capitalista, que prefiere plantar el negocio en sitios donde abunda la mano de obra barata y las prerrogativas sociales son mucho menores que en los países europeos.
Una vez concluida el Área de Libre Comercio, es previsible que aumente el flujo de inversiones hacia el sudeste asiático, y muchas de las denominadas “sociedades del bienestar” sentirán los efectos de este escape.
Habría que ver, no obstante, si la distribución de tanta riqueza pronosticada llega a ser tan justa como debería. Con sus prácticas de libre mercado, China ha sacado de la miseria en las últimas dos décadas a 300 millones de personas, fundamentalmente de las industrializadas zonas costeras, pero aún le restan otros cientos de millones de seres humanos a la zaga, que esperan su oportunidad de acceder a mejores niveles de vida y desean que el maná también les llueva cuanto antes.
En la lista de países según el Índice de Desarrollo Humano, elaborada por la ONU en 2006, China aparece en el puesto 81. Los aspectos que se miden para que el país ocupe un lugar en ese registro, son que sus habitantes disfruten de una vida larga y saludable, que reciban educación y que tengan un nivel de vida digno.
Los miembros de la ASEAN también figuran en el informe, desde luego. El que mejor posicionado está es Singapur, en el lugar 25, mientras que Indonesia, Myanmar y Camboya, están relegados a los puestos 108, 129 y 130, respectivamente.
Esa será, previsiblemente, el gran reto de Beijing y sus nuevos compadres: conjugar el impresionante crecimiento económico que se les viene encima con mejores índices de desarrollo social. La teoría de que “si la marea sube, todos los barcos también lo hacen”, no ha demostrado ser una regla infalible en todos los casos.
Ya se verá si, con su filosofía y su laboriosidad milenarias, los asiáticos pueden hacer reflotar a los botes más pequeños.