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APOSTILLAS

Un sueño,
la Antártida
y el racismo
por Monseñor Carlos M. de Céspedes
GARCÍA-MENOCAL

Ilustraciones Beatriz Alonso
 
Human reality is how it is
And we cannot remove the substantial components
In order to quit them
for the sake of other elements.
(…..)
Nevertheless the radiant brightness
of the light of the sun is sometimes so unbearable

that we prefer to close the eyes,
to walk in a comfortable darkness,
to be lost, to miss the way, to be bewildered
by the Cunning Bewitcher
and his artful deceptions and enchantments.

(Dos estrofas de On Human Race,
5 de Noviembre de 1990).


Inicio mi reflexión de hoy con la cita de dos estrofas de un poema (o prosa semipoética) que escribí –para una publicación norteamericana– en la fecha con que las calzo y cuya traducción, mía también, un poco posterior, les ofrezco. Cuando me decidí a redactar el texto de hoy, espontáneamente me salió al encuentro este texto de ayer. Lo evoqué en toda su extensión. ¿Están conectadas por sutiles convergencias mi reflexión de ayer y la de hoy? Probablemente: La realidad humana es como es/ y no podemos mudar los componentes sustanciales/ con el propósito de renunciar a ellos/ en beneficio de otros elementos (...). Sin embargo el radiante esplendor/ de la luz del sol es, a veces, tan insoportable/ que preferimos cerrar los ojos, / caminar en una confortable oscuridad, / estar perdidos, errar el camino, ser aturdidos/ por el Hechicero Astuto/ y sus engaños y encantamientos ladinos.

Había luces potentes dirigidas hacia el rodillo y líquidos que,
desde frascos de cristal, caían como lubricantes, gota a gota,
sobre el rodillo y la sustancia que cargaba como cubierta.

Había luces potentes dirigidas hacia el rodillo y líquidos que, desde frascos de cristal, caían como lubricantes, gota a gota, ...
Desembarqué en un muelle, solitario y sencillo, sin bullicio alguno, en la costa de la Antártida. Llegué en un barco pequeño, de apariencia frágil, acompañado por tres hombres (¿amigos?) que ahora no soy –ni fui entonces– capaz de identificar. Comenzamos a andar por aquella blancura que desconocía. Blanco sobre blanco y en el centro, blanco, habría dicho nuestro Lezama ante visión análoga. Andando por el sendero, helado y blanco, se descubrían construcciones sencillas, casi totalmente sepultadas por la nieve y el hielo. ¿Habitaciones de las gentes que malvivían, helándose, en tal lugar? Es probable. Así llegamos a lo que, al parecer, era el objetivo de tan enigmático viaje. Era una construcción enorme. Geométrica. Cerrada al exterior. Parecía comunicarse sólo por medio del portón amplio por el que entramos
directamente a una sala interminable. Fría, lisa. Despojada del calorcito necesario y de todo ornamento. Poblada sólo por mesas de trabajo, a uno y otro lado de ese pasillo central y ruidos mecánicos tenues, de motores modernos y de hierros. Hierro contra hierro. Hierro sobre hierro. Resoplidos de vapores. En torno a las mesas hombres y mujeres trabajando con aparatos de laboratorio. No se inmutaron por nuestro ingreso en aquel santuario. Ni conocía a esos hombres y mujeres, ni había visto antes semejantes equipos de investigación y de trabajo científico. Pertenecían a un mundo distinto de aquél en que me muevo. Llegamos a una mesa sin hombres ni mujeres, pero en cuyo centro había un extraño equipo cubierto por algo que me hizo pensar en una campana neumática. A lo lejos, pero siempre dentro de la sala enorme, moles que parecían ser reactores de alguna energía ignota, cuidadosamente protegida por secretos estratégicos y tácticos.

Mis tres acompañantes y yo nos situamos en torno a la mesa. Uno de los que llegaron conmigo descubrió el equipo y me dijo: —“Esto es lo que te queríamos mostrar. Es nuestro trabajo de años, aún sin poder llegar a conclusiones”. En medio de aquel artefacto había un rodillo que giraba lentamente y apresaba una especie de corteza oscura. Había luces potentes dirigidas hacia el rodillo y líquidos que, desde frascos de cristal, al modo de tubos de ensayo, caían como lubricantes, gota a gota, sobre el rodillo y la sustancia que cargaba como cubierta. Se escuchaban discretos chirridos al compás de los giros del rodillo.

— “Y esto, ¿qué es?”, pregunté. Atónito, escuché la respuesta: —“Es un trozo de piel de un hombre africano, de un negro. Los hombres y mujeres de ese Continente son los más resistentes a los cambios físicos del entorno. Son fuertes. En condiciones no excesivamente adversas durarían más que los de cualquier otra raza. Sin embargo, suelen morir primero debido, no a su propia identidad, sino a sus inconvenientes condiciones de vida. Su cerebro es el mejor dotado naturalmente, pero no se distinguen por los grandes resultados que, en principio, podrían obtener. Su sensibilidad, la más exquisita del género humano. Y así, en todo. Recuerde que en África surgió la especie humana. La primera pareja de antropoides que pudieron ser calificados como personas aparecieron en el cuerno africano. Eso no fue un fruto de la casualidad. La casualidad no existe. De ellos descendemos todos, de la Eva y del Adán original; costilla y Madre de los vivientes y Hombre formado del polvo de la Tierra. Tocados por una energía superior, que no podemos identificar en ningún laboratorio, llegaron a ser humanos. África continúa siendo el reservorio de esa energía que, desde allí, debería expandirse entre los humanos. Todos estamos emparentados a partir de ellos. Pero ellos continúan siendo los seres superiores...Eso ya hemos logrado comprobarlo en este Centro de Investigaciones. Si
de hecho en la Tierra que conocemos no parecería que fuera así, esto se debe a que desde hace muchos, muchísimos siglos, los africanos y sus descendientes más cercanos, los que continúan la negritud, se han visto obligados a vivir, casi siempre, en pésimas condiciones, inferiores a
las que enfrentan hoy,también desde hace siglos, los hombres y mujeres de las otras razas. De los hombres y mujeres deteriorados que han perdido hasta el color oscuro, cálido, acercándose cada día más, en su aspecto exterior, al color de la muerte. A su palidez fría. Lo que no hemos logrado obtener es el medio para que su superioridad, que depende de lo orgánico, de lo físico y psíquico, pueda ser compartido y traspasado a las otras razas...También a nosotros los blancos, debilitados como estamos. No queremos prolongar esta involución que parece conducirnos al estado de batracios.
El árbol viejo, de raíz larga,
penetrante y serpentaria,
tronco grueso, nudoso
–más oscuro con el pasar de los años–,
y de copa frondosa y amplia,
no renuncia a sus nutrientes.
¡Es tan viejo y ha visto tantas cosas!


Conversamos. Hice preguntas y no siempre fui capaz de entender las respuestas, de un nivel científico demasiado elevado para mi entendimiento, mal formado en tales disciplinas. Manifesté dudas, no sobre la necesidad de “resolver la cuestión racial” por medios aceptables, ni sobre la necesidad de que todas las razas vivieran en condiciones adecuadas, homologables, para que cada quien pudiera dar lo mejor de sí y alcanzar las mayores estaturas humanas, sino sobre su proyecto, que me parecía una utopía científica discutible en grado sumo. De obtener resultados exitosos, me parecía y así lo dije, que podrían llevarnos a consecuencias que, como boomerangs, “se volverían contra todos”.

En esos intercambios estábamos cuando se acercó a nuestra mesa un grupo de personas distintas. Mujeres adultas, simpáticas, transparentes, que nos recordaron que ya había llegado la hora del almuerzo y nos invitaban a seguirlas a su mesa en el comedor. Inmenso comedor; tan frío y solitario como la sala de trabajo, a pesar de que todos los puestos estaban ocupados por un ejército de investigadores científicos. Comían sin hablar apenas entre ellos. El menú de ese día estaba constituido por un arroz incoloro e insípido, por un pescado sin nombre, tieso e igualmente carente de sabor diferenciado, y por algo que supuse postre, pero en el que no percibí el dulzor. Se me hizo evidente, enseguida, que las mujeres amables, conversadoras cálidas, no pertenecían a ese mundo del edificio geométrico y helado. Resultaron ser religiosas españolas de no sé qué congregación pues no llevaban hábito. Habían venido a la Antártida desde hacía cierto tiempo, animadas por propósitos evangelizadores, pero estaban al punto de desesperar en sus intentos. No percibían el menor resultado de su inaudita entrega. ¡Aquellos hombres y mujeres vivían de tal modo consagrados a sus investigaciones sin término que las religiosas no veían la posibilidad del contacto humano imprescindible para que pudiesen captar de algún modo los latidos del Espíritu! Eran tan fríos como el blanco sobre blanco de la nieve y el hielo ambientales...

Escuchándolas y sin haber comenzado a interrogar y manifestarme... desperté, sin haber tomado el buque de regreso que me traería de nuevo a la Tierra de los hombres. Mi regreso fue el despertar de ese sueño que, de veras, tuve hace muy pocos días. Y no se me ha borrado. Me inquieta la entraña.

Ese día, horas antes de acostarme, había discutido con jóvenes que aprecio mucho y en los que me pareció descubrir atisbos de racismo sutil; de minusvaloración del componente negro de nuestra cultura nacional y de los mismos negros como personas. No narro la discusión, ni mis argumentos tendientes a comprender las razones últimas de las manifestaciones, personales y culturales, de la negritud contemporánea, en Cuba y en todas partes, que pueden resultar chocantes al hombre blanco también contemporáneo. No es el lugar. Además es fácil imaginar por dónde discurría el tiroteo de ida y vuelta. Me basta subrayar –mis amigos lo saben– que el racismo es uno de los temas que me llegan a sacar de quicio y me conducen a perder los estribos. Siempre, pero de manera más contundente, cuando creo percibirlo en hombres y mujeres que se confiesan cristianos. Como los jóvenes de mi anécdota.

En medio de mis ocupaciones del resto del día, como sombra entre las sombras, como sombra de las sombras, una y otra vez, volvía la cuestión. El entendimiento y el corazón –ojos del alma humana–, ancianos ya de padecer por lo que creo es una de las mayores incongruencias del ser, llegaron así al duermevela de ese día. Y quedaron finalmente embebecidos en la contemplación de un mundo de hombres y mujeres distintos, no separados por los “ismos” que hemos levantado a lo largo de la Historia. Ni por el racismo, sea ostentoso o sutil, ni por los demás “ismos”. Al fin y al cabo, todos se emparientan y llegan a imbricarse y confundirse. En ese estado de ánimo, me quedé dormido, rosario en mano y rezando, como es mi costumbre. En algún momento de la noche, me sobrevino el sueño narrado.

¿Acaso no hay camino para las esperanzas humildes que guardamos en nuestros corazones? ¿Es inevitable que la mayoría de los hombres y mujeres cierren los ojos ante las luces más brillantes y continúen andando, en su confortable oscuridad, aturdidos y errando el sendero? ¿Acaso es el grito la única opción? ¿Habrá otras posibilidades? “Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé”, escribiría César Vallejo, para concluir –concluir?– que el día de su nacimiento “estuvo Dios enfermo”.

Los investigadores, coprotagonistas de mi sueño –pesadilla más bien–, no queriendo paralizarse en esta afirmación del poeta peruano, buscaban y rebuscaban en el frío de la nieve, en los bullentes tubos de ensayo y en el rechinar de los rodillos de las maquinarias. Pero no: parece que no es ese el espacio, no es la situación que podría espesar la luz en el trigal, reverdecer la espiga de la ternura y fabricar los pedacitos de pan fresco; despertar el perfume de la azucena ilesa y evitar la ruptura del poquito de candor que todavía nos alienta.

Aquellas buenas religiosas españolas de mi sueño –inverosímil, pero no absurdo, con su parcela de verdad en el científico fracaso presentado– sí sabían de estas cosas. Sabían de amores verdaderos, de flores inocentes y de los cocuyitos del campo, las mejores
Andando, aunque sea a tientas,
podremos llegar al día en el que caerán por tierra las
máscaras y los demás engaños del teatro del mundo.

...podremos llegar al día en el que caerán por tierra las máscaras y los demás engaños del teatro del mundo.

estrellas. Y por eso, andariegas, no habían dudado en viajar hasta la Antártida, a la estepa, al frío y a las nieves. ¿Permanecerán allí hasta lograr que las corazas dejen de ser impermeables y que los que las llevan hoy se encaminen luego a las regiones más altas?

Algún otro día, rosario en mano, tendré que tenderme de nuevo sobre mi cama vieja, ya centenaria, e invocar que me regrese el sueño... Quizás me revele que esos duermevelas y sueños no son espejismos del desierto. Andando, andando, aunque sea a tientas, podremos llegar al día en el que caerán por tierra las máscaras y los demás engaños del teatro del mundo. Los disfraces se harán jirones y se abrirán las compuertas del viento para que puedan emprender el vuelo las palomas de alas rotas y las inasibles mariposas. Esperanza.

El árbol viejo, de raíz larga, penetrante y serpentaria, tronco grueso, nudoso –más oscuro con el pasar de los años–, y de copa frondosa y amplia, no renuncia a sus nutrientes. ¡Es tan viejo y ha visto tantas cosas! En la inmensa pradera que parecería estéril –pero el árbol sabe que no lo es–, sus contornos recios se recortan sobre el azul añil del cielo infinito.

La Habana, 30 de Marzo de 2007.


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