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por Orlando Freire SANTANA
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Tres libros
y un contrapunteo |
Adam Smith. |
La historia del pensamiento económico de las tres últimas centurias está signada por sendos libros que marcaron pautas para su época, y que además dejarían hondas huellas sobre generaciones de economistas que les sucedieron. Curiosamente, las tres obras fueron escritas en Inglaterra. Dos de ellas por pensadores nacidos en ese país, mientras que la tercera por un prusiano que halló en Londres un refugio seguro desde donde intentar un asalto contra las concepciones establecidas. De una u otra forma, no hay dudas de que la nación insular europea, sobre todo después de la Revolución Industrial, se iba a colocar en la vanguardia de las investigaciones acerca de esta ciencia.
Con el advenimiento de la Modernidad y la formación de los estados nacionales en varios
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países de Europa fue tomando cuerpo la doctrina mercantilista, la cual propendía a un nacionalismo económico con la existencia de un Estado centralista, empresario y protector de sus industrias nativas. Ser mercantilista era supeditar el individuo a los fines de la colectividad, y sobre todo cerrar los mercados en pos del logro de la autarquía. La máxima de que “siempre es mejor vender mercancías a los demás que comprárselas, pues lo primero otorga ciertas ventajas, mientras que lo segundo acarrea inevitables perjuicios”, bien pudo haber sido una constante para Jean Baptiste Colbert, aquel ministro del monarca francés Luis XIV, y uno de los más conspicuos exponentes de esa doctrina.
Pero la rebelión del interés individual no se hizo esperar, y llegó en 1776 –año de grandes acontecimientos– con La riqueza de las naciones, un libro escrito por Adam Smith, y sobre el cual Thomas Jefferson expresó que era el mejor texto de Economía Política aparecido hasta entonces. A Smith se le considera el padre del liberalismo económico, y por tanto de la tan difundida noción de que el mercado es el regulador idóneo de la economía, y no precisa de interferencias extrañas para brindarnos el pleno empleo y el acceso al equilibrio mediante la relación entre la oferta y la demanda.
Suyas son las siguientes palabras que casi siempre se citan cada vez que sale a relucir la referida obra: “La fuente básica del progreso económico es la aspiración de los individuos a mejorar su posición económica o social. El deseo de mejorar nuestra condición lo traemos con nosotros desde el vientre de nuestras madres y nunca nos abandona hasta la sepultura”. De igual forma Smith abogó por la libertad total de comercio entre las naciones, de manera que sirviera de complemento a la especialización de la producción tomando en cuenta el principio de las ventajas comparativas; un principio que después sería reafirmado por su compatriota David Ricardo. “Nunca producir en casa lo que nos cueste menos traer de afuera”, sería una sentencia habitual en boca de estos partidarios de las corrientes liberales. En consecuencia, los que hoy defienden el libre comercio y la escasa participación del Estado en la economía son herederos de la prédica smithniana; una forma de pensar la Economía que ha sido calificada por muchos autores como “la tradición clásica”.
Tal fue el impacto causado por las ideas de Adam Smith, que en lo adelante, y durante un buen tiempo, el pensamiento económico osciló entre sus seguidores y los que al menos encontraban algún resquicio para distanciarse de la ortodoxia. Entre los primeros descolló el francés Jean Baptiste Say, el cual trasladó a su idioma los escritos de Smith, y argumentó a favor del automatismo del mercado al aseverar que toda oferta generaba su demanda. En cuanto a los segundos cabría exaltar al norteamericano naturalizado Friedrich List, quien describió las ideas económicas no como verdades eternas, sino atendiendo a determinadas circunstancias. Defendió los aranceles proteccionistas cuando se aplicaban en países que luchaban por su desarrollo; todo ello a contrapelo del fundamentalismo librecambista preconizado por el autor de La riqueza de las naciones. Creo que List bien podría ser tomado como bandera por aquellos que en la actualidad, aun apostando por la economía de mercado, desafían las políticas impositivas de importantes centros de poder como la Organización Mundial del Comercio y el Fondo Monetario Internacional.
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Carlos Marx. |
Mas la verdadera ruptura con la tradición clásica sobrevino hacia 1867 cuando vio la luz el primer tomo de El Capital de Carlos Marx. Al igual que hizo con las prédicas de Hegel y Feuerbach para construir su doctrina filosófica, Marx bebió de los postulados de Smith y Ricardo acerca de las concepciones de la ley del valor, pero después se distanció definitivamente de sus mentores ingleses. El desmontaje de la ortodoxia no comenzó con un cuestionamiento del automatismo del mercado ni la conveniencia o no de la participación del Estado en la economía, sino más bien por la génesis de la idea smithniana: el origen de la creación de la riqueza no era la constancia o eficiencia de un productor que laboraba mientras otros yacían en el ocio, sino la apropiación por parte de los capitalistas de una parte del valor creado por la fuerza de trabajo, y que no había sido retribuido a los obreros. Por lo tanto a estos últimos sólo les quedaba la opción de expropiar a sus explotadores para poner fin a tan ignominioso sistema social. |
A la hora de señalar las limitaciones del entramado económico de Marx, es justo deslindar lo que profetizó mal de aquello que fue desacertadamente aplicado por sus seguidores. No hay dudas de que el adalid del socialismo científico erró al considerar el pauperismo progresivo de la clase obrera en las principales naciones del mundo industrializado, así como cuando pronosticó una tendencia decreciente en la tasa de ganancia en todos esos países. Sin embargo, él habló de propiedad colectiva una vez que el proletariado expropiara a los capitalistas; algo parecido a lo que podría ser el cooperativismo. Alejado de la desidia, la corrupción y el escaso sentido de pertenencia en que ancló la propiedad estatal de sus supuestos discípulos.
Siempre me ha resultado curioso el hecho de que, a la postre y hasta hoy, Marx cayera en el mismo plano que aquellos pensadores socialistas que le precedieron, y que él había calificado como utópicos. Tal como él los expuso, sus puntos de vista no han podido ser llevados a la práctica ni en lo económico ni en lo político. Es posible que ese sesgo de utopía refuerce la atracción que en muchos despierta su doctrina. O para expresarlo con las palabras del catedrático Francois Chatelet: “El marxismo se ha convertido en uno de los grandes equívocos de la era moderna. Ha sido, a la vez, doctrina oficial de Estados totalitarios y estandarte que blanden los pueblos ávidos de libertad. Está vivo como instrumento de lucha, pero no como programa de poder”. 1
Lo cierto fue que ya en los años ochenta de esa centuria, en la propia Alemania, comenzaron a acallarse los ecos de las prédicas de Marx. El gobierno de Bismarck, impaciente como estaba por desterrar la agitación revolucionaria que había sacudido a Europa, implantó una serie de medidas de beneficio popular que sentaron las bases de lo que posteriormente se conocería como el estado de bienestar. Una estrategia que irían a desarrollar los partidos políticos de corte socialdemócrata.
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Entonces el pensamiento económico iba a seguir fluctuando entre la mayor o menor presencia estatal; una disputa en la que la tradición clásica llevaría casi siempre la mejor parte. Pero todo se transformó con el arribo a la gran depresión de 1929. En ese momento quedó claro que el mercado por sí solo era incapaz de conservar el equilibrio económico. El desempleo alcanzó cotas altísimas y se vino abajo la Ley de Say que establecía que toda oferta generaba su demanda, la cual conoció una caída sin precedentes. Inmediatamente procedieron a bajar los tipos de interés bancario con el fin de inyectar dinero en la circulación y activar la economía. Sin embargo, la auténtica terapia llegó en 1936 con el libro La teoría general de la ocupación, el interés y el dinero escrito por John Maynard Keynes.
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John Maynard Keynes. |
Este economista inglés propugnó un incremento de la gestión estatal en la economía mediante el aumento del gasto público, el cual iba a operar de catalizador para la recuperación del empleo. Pronto las ideas de Keynes traspasaron las fronteras de su país y se extendieron por toda Europa, Estados Unidos y Canadá. Y los resultados no demoraron en aparecer: disminuyó el desempleo, se expandió la demanda y la crisis de superproducción fue quedando atrás. Es cierto que la coyuntura ayudó a Keynes, pues la Segunda Guerra Mundial de todas maneras iba a forzar la conducción oficial de la economía en todas las naciones involucradas en el conflicto bélico. No obstante, fue opinión casi unánime que Keynes salvó al sistema capitalista de la debacle general, y tal sería la trascendencia de su obra que en lo adelante iba a ser muy común entre los estudiosos dividir a los economistas entre keynesianos y antikey-nesianos, según fuera la preferencia de ellos por la participación o no del Estado en los asuntos económicos.
Ya en la época de postguerra la preocupación de los economistas de Occidente empezó a ser la inflación y no el desempleo. Comoquiera que las políticas keynesianas propendían a un aumento de las tendencias inflacionarias, ese fue el instante preciso en el que los defensores de la persistente tradición clásica lanzaron una contraofensiva a favor de la desregulación económica por parte del Estado. En esta ocasión los impulsores del predominio del libre mercado fueron los premios Nobel y profesores de la Universidad de Chicago: Friedrich Von Hayek y Milton Friedman. El llamado neoliberalismo se iba a abrir paso principalmente durante los decenios de los ochenta y noventa del pasado siglo.
Los primeros años de la nueva centuria parecen mostrarnos como, en la mayoría de los casos, las consideraciones de los Chicago Boys han pecado por exceso. Al margen de las posiciones extremas entre los que abogan por el fundamentalismo de mercado y aquellos que propugnan el estatismo económico –estos últimos en franca desventaja numérica–, da la impresión de que va ganando terreno un criterio intermedio que defiende la economía de mercado, pero con una presencia adecuada del Estado que garantice las necesidades sociales de los ciudadanos. En ese contexto resaltan las obras de otro premio Nobel: el profesor Joseph Stiglitz,2 quien fuera economista principal del Banco Mundial y jefe de los asesores económicos del ex presidente Bill Clinton. Quizá él o algún otro economista que gire en torno a su manera de pensar, esté gestando el libro que establezca el derrotero para los años por venir.
Notas:
1- Chatelet, Francois. Historia de las ideologías. Zero ZYX. Bilbao, 1978. (2 tomos)
2- Me refiero a los títulos:
Stiglitz, Joseph. El malestar en la globalización. Taurus, Buenos Aires, 2002.
Stiglitz, Joseph. Los felices 90, la semilla de la destrucción. Taurus, Pensamiento, 2003. |
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